Por allá de 1964, surgió en México un septeto vocal al que quizá podríamos considerar como la agrupación musical más fresa y convencional de la historia (en su imprescindible libro Guaraches de ante azul, Federico Arana lo define como “más cursi que una quinceañera en carroza de plástico”). El grupo se hacía llamar Los Dominics y fue el clásico one hit wonder, es decir, aquel conjunto que únicamente consigue un éxito a lo largo de su existencia y que sólo es recordado por el mismo.

La canción que interpretaban Los Dominics se llamaba “Dominique” y consiguió una gran difusión radiofónica y televisiva (el septeto solía aparecer en aquel programa legendario de la televisión mexicana en blanco y negro que fue Premier Orfeón A Go Go). La letra del tema hablaba sobre un monje llamado precisamente Dominique, quien —decía la letra— “pobremente por ahí, va él cantando amor y lo alegre de su canto solamente habla de Dios, de la palabra de Dios”. Para una sociedad tan conservadora y mojigata como lo era la mexicana de principios de los sesenta, la canción de marras cayó como anillo al dedo, sobre todo porque había muchos jóvenes a quienes se consideraba como “rebeldes sin causa” (¿sin causa?) y que —¡horror!— habían abrazado la bandera de ese ritmo infernal conocido como rocanrol.
Un himno del conservadurismo
Sin embargo, no era sólo la sociedad mexicana la que mostraba ese conservadurismo a ultranza. De hecho, en todo Occidente reinaba esa rancia tendencia, como un inútil esfuerzo por contener los cambios que comenzarían en apenas un par de años más y que marcarían a los años sesenta como la década más revolucionaria (para bien y para mal) del siglo veinte.
Lo anterior explica que “Dominique” no sólo fuera un éxito en nuestro país, sino también en el mundo entero. Letra y música habían sido escritas por una oscura monja de origen belga, a quien los medios dieron a conocer como Sor Sonrisa (Soeur Sourire, en francés; en inglés se le conoció como The Singing Nun, “La monja cantadora”). La publicidad la mostraba como una religiosa amable y pacífica, dulce y tierna, generosa y llena de bondad. Fue algo así como el antecedente directo de la madre Teresa de Calcuta en versión musical.
Sor Sonrisa, pues, parecía un producto perfectamente inocuo y en esos momentos nadie imaginaba que en el futuro se convertiría en una mujer con un destino inicuo. Armada con su guitarra de palo y ataviada como lo que era, una monja, su alba figura fue pronto conocida en el orbe entero y su canción “Dominique” se convirtió en un verdadero himno consagrado por el mismísimo Vaticano.
¿Quién era Sor Sonrisa?
El nombre mundano de esta singular mujer era Jeanine Deckers. Había nacido en Bruselas, en 1933, y tomó los hábitos como monja dominica en 1959. Antes había trabajado como maestra de arte en una escuela secundaria de su ciudad natal y estuvo a punto de contraer matrimonio, aunque finalmente desistió de casarse. Algo había en los varones que no era de su agrado.
Al entrar al convento (con el nombre de hermana Luc Gabriel), ya sabía tocar la guitarra y tenía varias canciones escritas. Fue dentro del recinto religioso donde compuso la melodía que habría de hacerla mundialmente famosa. Al principio la tomó como una cancioncita más de su anónimo repertorio, pero al escucharla, varias de sus compañeras y superioras la animaron a presentarla públicamente e incluso a grabarla. Así lo hizo, aunque a regañadientes, y no tardó en convertirse en una celebridad.
La primera grabación de “Dominique” fue realizada en 1962, en un pequeño estudio, y financiada con los escasos ahorros de la propia hermana Luc Gabriel. Nada hacía suponer que pasaría algo con ella, pero una copia llegó a manos de un ejecutivo de la disquera Phillips, quien descubrió su tremendo potencial comercial (mismo que tal vez hoy día resultaría impensable) y de inmediato ofreció un contrato a la talentosa monjita. Ésta no pareció muy convencida de entrar a la industria del disco, su modestia le aconsejaba que no lo hiciera, pero otra vez sus compañeras dominicas la empujaron y terminó por firmar con la compañía trasnacional. Fue en la Phillips donde la bautizaron como Sor Sonrisa.
La vuelta al mundo en millones de discos
Para 1963, “Dominique” era primer lugar de popularidad en diversos puntos del planeta. El éxito cruzó el océano Atlántico y la monja tuvo que dejar su tranquila existencia conventual y empezar a vivir como una pop star. En 1964 apareció en El Show de Ed Sullivan (el Raúl Velasco gringo) y en 1966, Hollywood produjo una película sobre la vida de la religiosa (The Singing Nun), interpretada por la actriz Debbie Reynolds. Sor Luc Gabriel siempre negó la veracidad de la historia que se contaba en el filme. Poco después, la actriz Sally Field se volvería famosa con La monja voladora, una variante de La Monja Cantadora convertida en serie de televisión y con una religiosa que literalmente podía volar por los aires.
El ritmo de trabajo, las giras y presentaciones, las entrevistas periodísticas, en fin, el trajín de ser una inesperada estrella de la música popular resultó demasiado para ella y a tres años de haber surgido a la celebridad, la monja cantadora decidió que no podía más y que se dedicaría de lleno a las labores propias de su vocación religiosa. Haría el intento de retirarse, pero le resultaría imposible.
La hermana Luc Gabriel sentía una gran simpatía por las nuevas ideas progresistas que surgían por doquier, algo que chocaba de lleno con el conservadurismo a ultranza de la Iglesia Católica. Incluso llegó a afirmar su acuerdo público con aquella famosa declaración de John Lennon acerca de que los Beatles se habían vuelto más populares que Jesucristo. Pronto, la superiora de su convento comenzó a reconvenirla y la tensión dentro del recinto terminó por hacerse insoportable. En 1967, Sor Sonrisa abandonó los hábitos y dejó el convento para abrazar la vida civil y dedicarse de lleno a la música con su nombre verdadero.
Jeanine y Annie
Jeanine Deckers se fue a vivir a la casa de su mejor amiga de adolescencia, Annie Pécher. En realidad eran más que amigas. Siempre se habían profesado un gran cariño y ahora que estaban juntas y sin limitaciones, no tardaron en volverse amantes.
En ese mismo 1967, con el sobrenombre artístico de Luc Dominique (la orden de las Dominicas le prohibió terminantemente seguir usando el mote de Sor Sonrisa y pidió que se retirara del mercado el primer disco, grabado bajo ese seudónimo), la peculiar cantautora realizó su segundo álbum, I Am Not a Star in Heaven, pero resultó un rotundo fracaso, aun cuando algunos de los cortes del mismo produjeron cierta controversia. Uno de ellos se llamaba “La Pilule d’Or” (La píldora de oro) y hablaba de las ventajas de las pastillas anticonceptivas (“Gloria a Dios por la píldora de oro”), mientras que otra pieza decía en su letra “Sor Sonrisa ha muerto, Dios es la única estrella”).
Convertida en una auténtica cantante de protesta, la autora de la ingenua “Dominique” emprendió una gira por Canadá y los Estados Unidos, con canciones contra la guerra, el establishment… y la Iglesia Católica. Pero el periplo también culminó en fracaso, lo mismo que su libro “inspiracional” Vivre sa verité (Vivir su verdad).
Cansada y llena de frustración, Jeanine decidió dejar todo aquello por la paz y con su inseparable compañera Annie, abrió una escuela para niños autistas. Parecía que al fin la pareja encontraría la ansiada tranquilidad, pero no fue así. El gobierno belga le exigió el pago de ochenta mil dólares en impuestos por las regalías de la canción “Dominique” y el álbum debut The Singing Nun. La ex monja alegó que todo ese dinero había quedado en manos de las dominicas, pero las autoridades no aceptaron sus argumentos y le abrieron un juicio que se prolongó durante largos años, hasta 1982.
Las presiones eran tales que Jeanine empezó a consumir drogas y alcohol, como una forma de paliar la situación. Esto la llevó a sufrir de depresión y tuvo constantes crisis nerviosas. Trataba de conseguir dinero extra mediante clases de guitarra para niños, pero lo que ganaba era insuficiente para cubrir la enorme deuda. Incluso quiso regresar como Sor Sonrisa y grabar un nuevo disco a principios de los ochenta. Produjo entonces un EP y hasta sacó un video, pero no tuvo el menor efecto económico a su favor.
Jeanine Deckers perdió el juicio contra el gobierno belga. Su escuela fue embargada y ella quedó en la más completa ruina. Lo único que conservaba era el amor de la siempre fiel Annie Pécher. Juntas trataron de salir adelante. No lo consiguieron. El 29 de marzo de 1985, hicieron un pacto suicida y tomaron una sobredosis de pastillas y alcohol. Fueron halladas muertas en su pequeño apartamento de la ciudad de Wavre, en Bélgica. Les quedó el póstumo consuelo de que fueron sepultadas una al lado de la otra.
“Dominique” sigue siendo una canción que muchos recuerdan, dado su fácil estribillo y la pegajosa melodía del coro. Muy pocos conocen, sin embargo, la trágica historia de Sor Sonrisa, la monja cantarina que la compuso para que en nuestro país un efímero y dudoso quinteto vocal consiguiera sus warholianos quince minutos de fama. ¿Alguien sabe qué fue de Los Dominics?
El epitafio de Sor Sonrisa
“¿Soy una fracasada? Trato de permanecer honesta conmigo misma, busco la verdad y hago el intento de cuestionar todo en mi vida… Hace diez años, habría dicho que soy una perdedora. Hoy día no pienso en términos de perder o ganar. La vida es un continuum. Estás constantemente en camino. Un día me siento bien y al siguiente me siento mal. Todo es soportable. ¿Volvería a hacer las cosas iguales otra vez? Esa no es una buena pregunta. No podría. Tú no puedes hacerlo todo igual de nueva cuenta. Voila”.
—Jeanine Deckers
El epitafio de Annie Pécher
“Jeanine padece una depresión constante y sólo vive para mí. Yo vivo para ella. Esto no puede seguir. Ambas sufrimos demasiado. Ya no tenemos lugar en esta vida, no tenemos un ideal aparte de Dios, pero no podemos comer de eso. Nos vamos en paz hacia la Eternidad. Confiamos en que Dios sabrá perdonarnos. Él nos vio sufrir y no nos abandonará. A Jeanine no le gustaría morir para el mundo. Ella padeció una dura existencia en la Tierra. Merece vivir en la mente de la gente”.
—Annie Pécher