Tres maneras de hacer jazz

Abrumadora es la producción de música que se vive en la actualidad y, no obstante, el jazz mexicano todavía batalla para la edición de sus discos, aunque el predominio de lo digital comienza a favorecer la salida de nuevas grabaciones. Aquí damos un somero acercamiento a cuatro obras (todas disponibles en las plataformas de costumbre) aparecidas este año.

Pilla, Resilencia, (Edición de autor, 2022)
Pilla, Free (Edición de autor, 2022)

Resilencia es un EP de cuatro temas, con escasos ocho minutos de duración, escrito para la video danza Espacios aparentes, interpretada en su mayoría por mujeres con una dotación de violín, cello, guitarra, batería, coros y Pilla en piano y sintetizadores. Música de aires contemporáneos, clásicos, impresionistas, tristes, que toma aires evocativos (“Resilencia”), profundos, meditativos, pero también dotados de energía (“Tortura cotidiana I”), experimentales y semiambientales (“Momentos silenciados”, construida a partir del paisaje sonoro de una oficina) y que cierra con un tema de tintes fuertes y dramáticos (“Tortura cotidiana II”).

Pilla. Imagen: cortesía David Cortés
Pilla. Imagen: cortesía David Cortés

En Free, la pianista se hace acompañar por Roberto Tercero (sax), Gustavo Nandayapa (batería), Luis “Chino” Ortega (contrabajo) y Xavier Frausto (trombón) para entregar otro EP en el que sus inquietudes por el free jazz y la música contemporánea se empalman. “Act I 5” tiene en su comienzo ese aire incierto de poner sobre la mesa una idea que proponen el piano y el contrabajo y en la que el sax de Tercero intercala alguna pequeña frase; cuando se llega más allá de los dos minutos y medio, el ensamble toca en pleno con una intensidad que crece paulatinamente y en la que por momentos el sax se erige como la voz líder, junto con el trombón de Frausto, aunque en realidad en estas instancias el todo se ha convertido en una vorágine sonora.

En “Act II 6” se añade el sax de Germán Bringas y de entrada éste marca el derrotero de la composición que en sus más de doce minutos se decanta por el free jazz y la improvisación. Es un track fuerte y poderoso en el cual el combo literalmente estalla, disminuye la furia un poco al llegar al primer tercio, pero es sólo un respiro (hará otro al llegar al segundo tercio), porque cuando nos damos cuenta, el torbellino ha recuperado fuerza y se vuelve devastador, la clase de embate que lleva a quienes no están familiarizados con estas expresiones a pensar que se trata de ruido, cuando en realidad en esa lucha se gesta la música.

“Act III 6” repite la alineación y extiende el maremágnum durante siete minutos más. Si se cree que la energía desplegada en el corte anterior era mucha, aquí se redobla y redondea una obra que no sólo habla de la vitalidad de una escena; es también el retrato de una pianista que ha apostado por la libertad y en ella ha descubierto su voz y la mejor manera de expresarla.

David Contreras, Mundano (Edición de autor, 2022)

Saxofonista, compositor e improvisador, David Contreras estudió en el DIM y lo que debía aprender acerca de su instrumento y la música lo recibió, entre otros, de Remi Álvarez, Juan Alzate, Adrián Escamilla, Joe D’etienne e Israel Cupich. En sus comienzos se le podía encontrar con La Orquesta Vulgar o en la banda de afrobeat Punta Diamante.

Actualmente, además de dirigir el cuarteto de saxofones Antisax, es integrante de Brasstards y Turbochango (curiosos, dense una vuelta por bandcamp y encontrarán grabaciones de ambas agrupaciones). Sin embargo, nos ocupa en esta ocasión Mundano, su debut con el David Contreras Trío (Adriana Camacho, contrabajo; Rodo Ocampo, batería y él al sax alto), más el invitado Xristian Espinoza, disco de nueve cortes que inicia arriesgadamente con “Impro 1” y sí, adivinaron, se trata de música creada in situ, pero una adecuada puerta de entrada al universo sonoro de este músico que, nos dice de inmediato, está interesado en un jazz alejado de convencionalismos.

David Contreras. Fotografía: cortesía David Cortés
David Contreras. Fotografía: cortesía David Cortés

El corte funciona porque él lleva un rato tocando con Camacho y Ocampo y entabla una adecuada dinámica con Espinoza, quien se hace cargo del sax tenor. Sus dotes como compositor se advierten en “Gualaja Shit”, track en el que se presenta el tema y después se da pie a una sección improvisada, sin caer en lo predecible de los solos, pero en el que tambien se escucha la solidez de su banda; tanto Camacho al contrabajo, como Ocampo en los tambores generan momentos de gran musicalidad.

“¿Qué haría Tarzán”? es una composición lenta, sin llegar a los tintes de la balada. En él, Contreras marca la pauta y Espinoza intercala frases, mientras la sección rítmica los flanquea. Ella, con sobriedad; él por momentos con un interesante trabajo en los platillos. El trabajo de la sección rítmica brilla en “Songolic” y sirve de marco al diálogo que establecen Contreras y Espinoza, quienes por momentos “hablan” a la par, pero se hacen escuchar con claridad al manejarse en planos diferentes. “Impro 2” pone a los cuatro a explorar sus instrumentos: Ocampo trabaja con las percusiones, Camacho toma el arco para hacer hablar a su contrabajo y Contreras dirige desde el alto, mientras Espinoza se concentra en la flauta. Los cuatro forjan un tema cuyo vigor crece conforme avanza la improvisación y que cuando se acerca el final logra su punto climático.

Mundano es un buen debut de David Contreras y compañía, trabajo en el cual se asienta su potencial y en el que ese tono claro y controlado de su sax alto nos deja ver a un músico en desarrollo que también es apasionado y lo hace bien cuando así lo demanda la composición (“Ya!”, “Mundano”, las únicas en las cuales no aparece el invitado Espinoza y él y su trío se escuchan muy asentados). En esta primera placa, Contreras deja escuchar su voz, aunque ésta todavía tiene mucho que buscar y dar. Sin embargo, su trabajo suma a ese libro que es el jazz mexicano en su vena orientada a la vanguardia, misma que presenta gran vitalidad.

Elliott Levin y Hernán Hecht, A Word by Any Other Name (HHstudio, 2022)

Es este un trabajo en el cual se conjuga la poesía con el jazz, una combinación que, señalábamos semanas atrás, no es frecuente en nuestro país. En el corte que da título al álbum, luego de un poema, Levin nos da la bienvenida con su sax y Hecht comienza a tejer un ritmo y se ensarzan en un diálogo con mucho swing, aunque creo que el término no es el más adecuado para describir lo que allí acontece; pero eso sí, esa conversación de inicio tranquila, conforme avanza se troca en una acalorada discusión instrumental.

Hernán Hecht no conocía a Elliott Levin. Cuenta: “Me escribió porque estaba de gira en México y me dijo que le contaron que teníamos que hacer algo juntos. Quedamos en una cita en mi estudio, pusimos REC y grabamos tres canciones, ahí paramos a tomar un té y luego seguimos grabando el resto, terminamos y se fue”.

El resultado es esta placa de seis temas que nace de la improvisación, sin considerar referente alguno, sin una plática acerca de lo que se iba a tocar (“nunca en música libre se tiene una charla sobre la música”, dice el baterista), pero en la que la voz de Levin, en una suerte de spoken word, también crea en el momento esos textos en los que hay observaciones acerca de la realidad, como en “A Trip of the Tongue” que, efectivamente, es un viaje.

Elliott Levin y Hernán Hecht. Fotografía: cortesía David Cortés
Elliott Levin y Hernán Hecht. Fotografía: cortesía David Cortés

¿Spoken word, poesía? Levin es un improvisador nato y en su voz también hay musicalidad y la explota con estos fragmentos construidos a partir de una colección de textos con los que juega en el momento y sobre los cuales luego tiende el sonido de su flauta (“Artist for a Free World”), instrumento que también despliega en “Lost Labor of Love” tema en el que ambos platican por momentos cálidamente, cual si bailaran al son de ritmos latinos.

“Night Sweat” comienza como una enérgica diatriba de Levin en la voz, mientras Hecht lo apuntala con su batería, para después desencadenar esa comunicación entre ambos instrumentistas “completamente parada en el mundo subjetivo”, como señala Hecht. El final es “And… Howl”, guiño a Allen Ginsberg en el que Levin, de la mano de Hecht, abre con su sax y otra vez, junto con el baterista, crea una melodía andarina que gana en fuerza e intensidad conforme avanza el tema para luego caer en ese aparente remanso que es la voz de Levin, quien brevemente transmite una sensación de disgusto con su elocución para luego recuperar la intensidad anterior y cerrar el intercambio de voces con contundencia.

Dos músicos veteranos (uno más que el otro) y con amplia experiencia a cuestas (“Me parece un músico interesante, con un mundo propio bastante definido. Eso me gusta de los músicos. Cuando toco con alguien que toca muy bien pero no tiene un mundo propio, generalmente me aburro o me percibo prestándole atención a otras cosas”, comenta Hecht) que reunidos  dieron nacimiento a una muy buena placa que debe estar en cualquier colección.

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Publicado en: Discos