Sergio Sánchez lleva diecisiete años de hacer eso a lo que en el mundo de los sonidos se ha llamado atinadamente noise. Es un pionero del movimiento. En 2004, comenzó con el blog Ruido horrible, en donde hacía reseñas y entrevistas de la escena experimental (http://ruidohorrible.wordpress.com). Ese año también, con Ramsés Guevara (hoy baterista en Deimusaranea y Muuk), Sinuhé Guevara y Omar Zamudio formó Amniosis, cuya primera grabación, un doble epónimo, es un trabajo infravalorado de la escena experimental de este país. Ese disco se convirtió también en la primera referencia del sello Ruido Horrible que a la fecha ha realizado aproximadamente ochenta lanzamientos, siempre con tiraje limitado pero con mucho cuidado en la presentación.
Amniosis continuó hasta 2009-2010 y se transformó en Miasma, con la adición de Christian Galarreta, “pero después, cuando nos dimos cuenta de que muchas bandas se llamaban así, le pusimos Maldolor”. Sin embargo fue antes, en 2007, cuando Sergio Sánchez fundó el proyecto que se ha convertido en su nombre de guerra: Heraldos Negros. Eso no le ha impedido generar otros proyectos y colaboraciones, aunque es en su faceta solitaria como mejor se le conoce.
Acordes y desacordes charló con Sergio Sánchez y esto fue lo que nos platicó.

Te has concentrado en Heraldos Negros, pero también trabajaste y lo haces actualmente en otros proyectos.
Ha habido varios, algunos más relevantes que otros. Hice uno con Boneki, con Chino, con Mote (Rodrigo Ambriz), que tiene un nombre terrible: Verga de Pájaro. Con ganas de que nadie hablara de eso. Pero era un buen grupo, tenía una buena dinámica y conexión, aunque duró muy poquito. Fueron como dos o tres meses. Grabamos unas cosas, pero no quedaron bien grabadas. Luego hice uno que quiero retomar, con Álvaro Hernández; ese lo habré hecho como por 2019-2020 creo, fue antes de la pandemia. Con Álvaro Hernández de pianista y con Eduardo Meléndez, un tipazo, que estaba en el mood de los noventa, en el ruido, en la experimentación y es un solista muy cabrón. Se llamaba Unos Dataístas y con Albania tengo este grupo que se llama Parvada. Ahora, vienen en puerta algunas colaboraciones con el baterista Jorge Berumen.
Hay quienes demeritan el trabajo de una escena como la del noise porque, dicen, de esa manera esconden su ausencia de talento. Así que, ¿estudiaste música?
El campo de la experimentación es muy abierto, porque es un campo de dominio musical, pero también es un campo de electrónica, de dominio de circuitos. Si ves a alguien que ya lleva mucho tiempo tocando, como Juanjo [Rivas], ya hay una cuestión de comprensión del entorno acústico, del sonido. Va más allá de saber tocar una guitarra. Es un campo más complejo que meramente lo musical. Ahora, para responder a la pregunta: toco guitarra acústica desde que tenía trece años, a veces toco mejor y otras peor, depende de qué tanto practique.
¿En qué momento empiezas a hacer noise, llegas gradualmente o se da de manera intempestiva?
A mi amigo Iván Martínez le gustaba experimentar con el sonido y con las grabadoras. Tú sabes que las grabadoras son una cosa bien rara, loquísima. Poníamos una en play, poníamos enfrente otra, empezábamos a grabar y le sumábamos los sonidos, era una locura. Luego llegó a sus manos una cosa que se llamaba Od [La condenación de Fausto, Opción Sónica, 1992]. Nos inspiró a muchas locuras. Yo no sabía que era un grupo mexicano. Te estoy hablando de principios de los noventa y me quedé mucho con esa onda de empezar a grabarme y de ahí para el real.
Hubo varias cosas que escuché, algo de Sonic Youth, pero lo que me rompió totalmente la cabeza fue ver a Einsturzende Neubauten en 1999, cuando vinieron a tocar al Salón 2i. Que no utilizaran guitarras en todas las rolas, que hubiera una predominancia del bajo, la forma en que Blixa hacía sus gritos, fue como decir sí, es otra cosa y sí, era otra cosa, fue como una especie de epifanía, algo loquísimo. De ahí para adelante dejé un rato la música, pero en el 2000 empecé a buscar cosas. Finalmente pedí un par de discos. Yo realmente no tenía nada de dinero, me tardaba meses en ahorrar para comprar uno y creo que los primeros dos discos que compré fueron de noise, el Music for Bondage Performance, de Merzbow, los dos volúmenes (Extreme, 1991 y 1996, respectivamente), y descargaba cosas. Eran como constelaciones, no había forma de conectarlas: una estrella por aquí, otra por allá, escuchado una rola de esto y una de aquello; pero no fue fácil conectarlas, porque no había mucha información.
¿Qué es lo que sientes sobre un escenario? Lo que haces, por momentos, realmente es poco confortable al oído.
Bueno, ahora me siento un poco distante, me hace falta un poco de trabajo, pero en el momento en que más me siento conectado, integrado con mis máquinas, depende del encuadre, porque hay unos que son más formales. Tocar con otras personas puede ser muy agradable cuando la comunicación se prende y se desarrolla bien; otras veces puede ser frustrante; también depende del grado de improvisación. Yo siento que soy un improvisador muy reducido, a diferencia de otra gente que también se mueve en la electrónica, pero lo hacen de un modo más libre. Cuando toco solo, me gusta mucho jugar con el espacio del lugar. Si es un espacio grande, intento aprovechar sus cualidades, encontrar el máximo. Si toco noise, porque hay veces que no quiero tocarlo, sí quiero que sea algo que se sienta, me gusta más tocar al nivel del público. Si puedo tocar entre el público, mejor para mí; porque creo que es muy aburrido ver a alguien que nada más está viendo como trocitos de lejos. En cambio, cuando la gente puede ver cómo y qué estás haciendo, les da curiosidad, se meten, quieren integrarse. Me gusta estar ahí, entre el público, porque también me gusta escuchar lo que ellos escuchan, no me gusta monitorearme. Me gusta estar frente al audio para que, si es algo fuerte y dañino, también me dañe y para que, si es algo como transverso y fuerte, vea el grado en el que puede ser. Me gusta que cuando toque sea una experiencia fuerte, intensa, a veces dolorosa, pero más que buscar dolor me gusta la cuestión de la sensación, de qué la frecuencia se meta a tu cuerpo y te haga sentir no solamente con los oídos, sentir con el cuerpo, sentir las vibraciones y sentir esa sensación de incomodidad, como de temblor, molestia, malestar. Me gusta eso y también, por qué no, me gusta ese lado más hipnótico, más introspectivo a veces. Me gusta mucho ese tipo de experimentalismos no tan caóticos, más controlados, porque lo que hago, aunque parezca que no, es controlado. Controlo mucho lo que hago, más melódico y tímbrico, más fácil de aproximarse a que sea algo que todo el tiempo esté atacándote y también hay gente que lo hace muy bien en el rollo de la música y de la improvisación. Me llama mucho la atención el manejo del espacio, de la acústica, la preocupación por sonar bien cuando al público no le importa tanto o no lo considera, porque en realidad uno se mueve en dos ámbitos: el creador y el escucha y, como bien lo dijiste, a veces es muy interesante estar escuchando, pero también viendo cómo se mueven, aunque en ocasiones el sonido es muy avasallador. Cuando llegué a esto me fue muy difícil salir, se me hizo adictivo. Me siento bien cuando estoy en un lugar pequeño, eso es algo que va muy de la mano con el noise, entonces creo que también hay un público especializado. Yo soy parte de ese público. No sólo me considero alguien que hace cosas, también me considero alguien que va por gusto y escucha, que le mama escuchar cosas nuevas.
Hablamos del 2007 más o menos, hasta el 2022. ¿Sientes que has atravesado por diferentes etapas en este proceso?
Creo que sí. La primera etapa, la de Amniosis, fue una etapa muy grupal, muy de comunicación, de camaraderia, hermandad; todo era nuevo y pues realmente no tocamos para públicos muy grandes, no tocamos tantas veces, pero los poquitos resultados que tuvimos eran muy nutritivos. Siento que me fue muy bien en sentido de resolución, tenía buena retroalimentación de la gente, fue un momento bueno para mí, una reafirmación de que estaba bien lo que estaba haciendo y que debía persistir. Del 2012 al 2018 fue cuando alcancé mis momentos más aterrizados, cuando ya realmente estaba expresando a mayor grado lo que yo quería. Acá en México, el 2011 o 2013 fue el momento mágico de esta escena, fue cuando estaban tocando un montón de personas al borde del noise y que lo estaban haciendo increíble, Monogatari, Monosodic, La Patente Pendiente, Piscis, .RR, Bonequi [Julián], estaba Sosa [Rogelio], Juanjo [Rivas] y todos estaban tocando brutal, fue una escena retroalimentativa en la que alguien tocaba durísimo, salías a tocar y decías híjole entonces tengo que echarle todo si no nadie se va a acordar de mí o voy a quedar a la mitad. Era una escena muy de carnales. Fue una etapa bien fuerte, bien energética. Luego hice una gira por Europa en 2012- 2013, no me acuerdo muy bien, fue enfrentarme a otro nivel, a otros auditorios, a otros sistemas de sonido, a otros escenarios, fue tocar en salitas, con bocinas super chiquititas, para tres gatos que estaban molestos, a tocar en salas, ver que había una continuidad en la escena, que no sólo había una escena en México en integración, sino que también había una escena mundial, en Cracovia, en los lugares menos imaginables, fue padrísimo, difícil, pero regresé con muchas enseñanzas.

¿Por qué se vino abajo esta escena? ¿Fue la consecuencia lógica de una vida o hubo otros factores que incidieron para su decline?
Hay muchos factores. La gente se cansa y las circunstancias personales de muchos de los grupos los orillaron a moverse, cada quien empezó a jalar para su lado. Luego hubo un momento muy importante que tuvo consecuencias muy positivas en cierto sentido, pero que también funcionó como articulador. Fue un momento en el cual hubo un auge tecnológico, se empezó a trabajar más con sintetizadores modulares, para mí inasequibles, y también se empezó a trabajar con programación. Hubo todo este rollo de algoritmos, los raves de algoritmos, gente como Meléndez, Malitzin, Iván Abreu; luego, también super importante, ese rollo de las chicas, se pusieron a hacer cosas. Hubo un momento importante con la gente del Espectro Electromagnético [un colectivo de artistas], que ya se metió mucho más a la onda de la improvisación y siento que hubo una escisión muy profunda cuyo resultado fueron muchas microescenas, cada una con agenda distinta. La agenda de las chicas sí era sonora, pero también política, feminista, separatista de repente; la agenda de los algoraves era tecnológica; la de los improvisadores libres era cerrada y estaba concentrada en ciertos espacios: Jazzorca, el 69. Así nos fuimos desmembrando. Se hicieron microcélulas en donde todos nos conocíamos y todos nos cotorreábamos, pero ya no interactuamos tanto y luego esas microescenas se expandieron y creo que lo que pasa cuando hay una expansión tan grande es un desacomodo, un periodo de caos en el que desafortunadamente se quiebran las jerarquías y lo que reina es la proposición; es algo muy burbujeante, brotan cosas de todos lados y lo que pasa muchas veces es que llega gente a ver si puede experimentar y no lo pueden hacer. Ahí se perdió fuerza. Esa escena que venía muy fuerte, perdió fuerza. Antes yo podía decirte toda la gente que tocaba en México, ahora no tengo ni la más remota idea, ¡es una cosa tan enorme! Entonces la pregunta sería qué fue mejor: ¿diez gatos tocando siempre en los mismos conciertos o tener toda esta variedad de gente que está haciendo cosas muy sorprendentes? En lo personal, me quedo con la segunda.
¿Ha habido avance en esta escena del noise? Aunque tú ya no te consideras del todo en esa corriente.
Pensaba que se iba a quedar con los tres gatos que hacíamos noise. La mayor parte de las bandas que veníamos de esa generación o proyectos, como Marcos Hassan, La Patente Pendiente y varias personas más. se alejaron. Quizás Arturo Ortega de Piscis, RR, éramos los únicos que un rato estuvimos tocando noise. De repente, de la nada pasamos de tener cinco o diez grupos de noise en todo el país, a tener una multiplicidad enorme y está bien padre. Tienen los problemas de siempre. Digamos que el noise es un nicho muy reducido. A la gente de los lugares le gustan los conciertos de noise donde hay otro tipo de cosas, pero un concierto únicamente de noise los saca un poco de quicio. Lo que a mí me parece que falta son artistas con propuestas sólidas, porque otro rollo que se tiene es esa cuestión aislacionista, sólo su propia meta y no van más allá. Eso es lo que hacen los proyectos de noise grandes. Por ejemplo, cuando Macronympha se empieza a cuestionar las cosas y comienza a cortar cintas y a pegar, surge otra cosa; cuando Skullflower nota que lo suyo son las guitarras, con esa onda de música psicodélica pero orientada al ruido y el feedback, pasa otra cosa. Sickness, Incapacitants, Merzbow, todos estos referentes tienen momentos paradigmáticos. Lo que me molestaría es que después de un tiempo esa escena que es tan brillante, tan llena de espíritu y energía, se conformase con hacer lo mismo que ya se ha hecho o con lo mismo de hace cinco o diez años. Tiene que haber un momento en el cual nos cuestionemos como artistas qué es lo que estamos haciendo, si sólo queremos incorporarnos a un género, formar parte de eso, o si realmente somos experimentadores sonoros y queremos llegar un poquito más allá, si queremos transgredir sus límites. Me falta ver eso. He visto destellos en la fuerza y el poder de Prisionero 13, Le Trash Can, Nacatero. Hay grandes figuras que están a un alto nivel, pero me hace falta ver eso, esa cuestión tangencial, que alguien diga ahí les va, salirnos de la seguridad del confort del noise, ir a otros campos a ver qué pasa. Llevo diecisiete años en esto oficialmente. En ese tiempo ha crecido la escena, lo está haciendo más cada vez, pero con todo, es muy poco para esos diecisiete años que yo he visto. Me gustaría ver discos de agrupaciones mexicanas en disqueras de Estados Unidos o Europa, ver a esos mismos exponentes del noise tocar en festivales.