Amor Muere vive en el Centro Cultural España

Una atmósfera extraña, generada por Concepción Huerta, marca una marea de ruido ligero, al cual se superponen el violín de Gibrana Cervantes y el cello de Mabe Fratti. La voz de Camille Mandoki comienza como un susurro y va entrando lentamente. La música se comienza a entretejer, edifica un aura de tonos oníricos que se refuerza cuando la voz de Mabe aparece y la urdimbre sonora crea un velo que da al aquí y al ahora un toque surrealista, una sensación a la que Concepción Huerta, con sus atmósferas generadas a partir de samplers, cintas de cassette y sintes modulares, le pone énfasis.

Ellas son Amor Muere y hoy están en la Terraza del Centro Cultural España. Detrás de ellas, los muros de la parte trasera de la Catedral Metropolitana escuchan impávidamente, aunque una imaginación delirante bien podría convertirlos en una pantalla sobre la cual comenzaran a trazarse líneas y manchas de colores y cambiantes formas.

Fotografía: cortesía de David Cortés
Fotografía: cortesía de David Cortés

De pronto, Concepción aprovecha el silencio relativo de sus compañeras para marcar la transición hacia una nueva composición-improvisación. ¿Cuánto hay de improvisado, cuánto previamente escrito en la música en vivo de Amor Muere? Camille, desde su sintetizador, inserta un ritmo fracturado, semirápido, agresivo sin alcanzar lo hiriente, sin llegar a ser urgente; Mabe toca sobre las cuerdas y el ritmo gana poco a poco consistencia, permite la entrada de la voz de Camille que, si bien cálida y prístina, no deja de crear ese murmullo inquietante que por instantes aparece en la música de las cuatro. Gibrana se suma con su violín y lo que comienza como una ensoñación adquiere tonos obsesivos que empiezan a tomar aires de música contemporánea con las cuerdas de cello y violín, una melodía cantarina que Camille y Concepción perturban con sus artilugios electrónicos.

De fondo, la Catedral juega lo suyo. Sí, es mudo espectador, pero sus bloques de piedra parecen oscilar, bailan esa danza que se detiene un microsegundo y deja que regresen Gibrana y Mabe; la última se hace cargo ahora de la voz, las nubes se detienen, las estrellas titilan, Camille comienza a juguetear con su instrumento vocal y el cielo se ilumina con las notas de su garganta y de su teclado que en sus manos es sumamente maleable, mientras Concepción apuntala esa aura extraña, pero muy tersa y cálida, que secunda Gibrana.

Fotografía: cortesía de David Cortés
Fotografía: cortesía de David Cortés

Camille “ataca” nuevamente con su voz de ruiseñor y tintes clásicos que imprimen una sublime hermosura, a la cual Mabe secunda con el cello y las cuatro generan un intenso pasaje que debería ser roto por los aplausos, pero en vez de ello, ese silencio apenas perceptible le permite a Mabe entrar otra vez con su voz. Concepción retoma aquello que bordaba hace unos minutos y Camille deja escapar una que otra inflexión de su voz, mientras manipula teclas y botones que forman un fondo abigarrado.

Mabe y Gibrana se arman un dueto, su charla gana en intensidad conforme transcurre el tiempo, sin llegar al crescendo total, Concepción manipula samplers y teclados, Camille la secunda o viceversa. El espectro sonoro que surge de las bocinas ha rato dejó de tener un nombre definido, una etiqueta para volverse la imagen, los estertores de un amor que, efectivamente, languidece, pero de manera paradójica sigue con los últimos hálitos de vida, gracias a las olas de sonido que cada una crea.

Las pausas, cuando se dan, las establece Concepción y sus atmósferas que llaman al misterio, a una danza lenta de espectros. Entonces el cello de Mabe comienza a escucharse con un tono de lamento y nos transmite una gran tristeza y congoja que se instala en alguna parte del cuerpo de los asistentes. Concepción crea un sonido que va y viene, en oleadas, y da pie a la entrada de Camille que habla desde ese lugar donde viven los ángeles y bien podría ser una caricia, cuando en realidad es una mano gélida que avisa del dolor, la separación y la desesperanza.

Electrónica, música contemporánea, dream pop de vanguardia, las etiquetas son manoseadas constantemente durante el set de Amor Muere, aunque el amor no se extingue. Se llaga, decae, flaquea, pero resurge, parecen decirnos estas cuatro mujeres que han encontrado la forma de sumar voluntades, saberes y talentos para engendrar algo único, tan bello y hermoso como una noche clara.

 

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Publicado en: Crónica