Tres cuadros para una improvisación-ruido

I

A) 30, 31… 55, 56… finalmente, al 1’24” J comenta una foto que acabo de subir a Facebook: “Ruiditos?”. La acotación se ha vuelto una broma entre nosotros, el pretexto para tomar cerveza, pero el mensaje no deja de tener sus implicaciones, porque en realidad es algo que quienes no están acostumbrados a ciertas músicas, diferentes, se preguntan.

Dos minutos después o menos, M le comenta a J: “Ruidotes”.

Aunque M no está presente, conoce a Le Trash Can, proyecto de noise de Manu Armida quien, a dos metros de distancia, ha comenzado su set en No Somos Nada Distro Café. Para un neófito esto no tiene visos de música, sin embargo, algo que ha caracterizado a Le Trash Can y otros de sus colegas es una vocación por romper barreras, esquemas, dogmas, convencionalismos y hoy, en apenas quince minutos, manipula sus gadgets y conforme avanza el tiempo se observa cómo el sonido entra lentamente en su cuerpo; porque sus movimientos primero son pausados, pero conforme avanza su performance, éstos se tornan más rápidos y violentos, sin llegar al frenesí, y su voz que antes emitía ligeros gruñidos se vuelve otra herramienta sonora, se integra a esa masa que, amorfa al principio, toma un camino difícil de describir.

Fotografía: cortesía del autor
Fotografía: cortesía del autor

Finalmente, no se trata de entender, sino de sentir y Le Trash Can nos toma de la solapa, nos agita y nos revuelca. Su pared sonora lastima, lacera. En ocasiones, deja breves espacios de remanso, pero es una música hecha para provocar, un revulsivo constante. Ha rato que está poseído por el sonido y a uno sólo le queda ver cómo acciona un botón en su mezcladora y el sonido se vuelve más agudo; ora aprieta un control y la disonancia es mayor, mientras con ese micrófono pegado al cuello crea gruñidos, exclamaciones, palabras sin sentido, quejidos, lamentos, en una abigarrada narrativa en la cual es difícil determinar qué la conforma.

Lo cierto es que cuando Le Trash Can termina su set, quienes estamos allí nos miramos y nos sabemos imantados por una energía nueva. No es necesario decir mucho. La primera parte de la noche ha sido megaintensa.

B) Cuando subo una segunda tanda de fotos, J se abstiene de comentar, aunque bien podría escuchar otro de sus argumentos: “Es que usan la experimentación para esconder su falta de talento”. Cuando dice eso, regularmente callo. Es una puya, pero detrás de ella hay mucho de ignorancia porque desconoce la historia de quienes están detrás de eso que critica arteramente.

Hace unos minutos, Juan Pantoja tiró una tremenda línea con su sax alto que fue como una declaración de que no dejarían nada en pie. A su lado Alain Cano, en el barítono, aguarda, no su turno sino el momento de participar, de colaborar en ese edificio que ahora empiezan a cimentar detrás de ellos Itzam Cano (contrabajo) y Gabriel Lauber (batería).

Es un inicio, lo menos, electrizante. Cuando Alain entra, lo hace primero sutilmente, sin encimarse y comienza a “platicar” con Pantoja, mientras la sección rítmica se prodiga, los acompaña, rodea, les exige. Son ellos, Gabriel e Itzam, quienes les marcan el tiempo, aunque parece lo contrario y esa demanda lleva a los saxofones a sublimarse.

G se acerca y me dice: “No sé si eso es un duelo o una conversación, pero está poca madre”. Sólo asiento, ¿cómo contradecirla cuando eso, efectivamente, sucede a unos metros de nosotros? Q y G1 tampoco hablan, a veces chocamos nuestros vasos, pero vamos siguiendo la música; por momentos me concentro en Lauber, uno de mis bateristas preferidos de la escena quien hoy ha optado por estar un poco más “controlado”, aunque varios de los allí reunidos sabemos de la energía y furia que es capaz de desatar.

Luego de una hora, el cuarteto finalmente calla y cuando se arman los corrillos, la opinión es la misma: gran noche de improvisación. Hay que seguir a este cuarteto.

II

XVI años. Generación Espontánea en el X Teresa celebra un aniversario más. Rodeados por la audiencia –hay una gran entrada–, pero separados a una distancia considerable entre ellos, crean pequeñas células, grupos de instrumentistas que comienzan a pulsar su herramienta. Pulsar es un decir. Lo que vemos y escuchamos es a una pandilla de irreverentes (Wilfrido Terrazas, Ramón del Buey, Amanda Irarrázabal, Fernando Vigueras, Carlos Alegre, Misha Marks, Darío Bernal) que echa mano de técnicas extendidas para tocar sus instrumentos, aunque lo que de ellos se extrae son sonidos atípicos.

Es una noche de improvisación-experimentación muy conceptual, tal vez incluso intelectual, aunque se puede advertir paulatinamente como ellos también se sueltan. Si el comienzo de cada improvisación parece cauto, conforme se desarrolla se libera la tensión y en medio de esas agudas intervenciones de la flauta de Terrazas, Irarrázabal toma su contrabajo y también vocaliza; no dice nada, pero su voz, cual si fuera una breve mantra, ayuda a crear una atmósfera.

Fotografía: cortesía del autor
Fotografía: cortesía del autor

A veces, Misha Marks toma la guitarra y entrega lo más cercano a un sonido convencional, a un solo, pero mientras eso sucede, Alegre voltea su violín y lo frota con algo semejante a una manguera de plástico; mientras, Vigueras echa mano de algunos de sus dispositivos, pone de manera vertical un arco de violín y lo frota con otro, cual si quisiera hacer fuego, pero produce una cauda sonora extraña; luego echa andar otra de sus creaciones y esto suena como un pequeño tambor. Uno olvida pronto que es un guitarrista.

En ocasiones, Ramón del Buey toma su clarinete bajo y dialoga con Terrazas, pero son instantes, breves pasajes, y en el fondo, ver a Bernal detrás de sus percusiones es difícil por la cantidad de gente que hay y lo suyo no son los arrebatos de furia.

Un abejorro haría más escándalo por momentos, pero eso no es lo de la Generación Espontánea; lo suyo es la experimentación, la búsqueda del sonido y en esa búsqueda lo arrastran a uno.

Cierto, uno de sus performances se degusta de manera especial y si no eres de quienes prefieren los sabores fuertes no le encontrarás sentido, aunque, ¿quién dijo que todo debería tenerlo? Eso no significa que sea una tontería, pero acercarse a esto requiere de otras herramientas y de una buena disposición para el asombro. Hoy, unos cien asistentes llegaron así, listos para ser sorprendidos… y se fueron satisfechos.

III

Centro Cultural El Rule. Adriana Camacho, acompañada de la poeta Zazil Collins, presenta Loope, su primera producción solista, disco en el que recupera la poesía como parte integral del jazz, práctica vieja en otras latitudes, aquí no tan socorrida.

JQ bromeaba y decía que a estos conciertos suelen venir diez gatos; hoy hay un poco más, cerca de 20 personas, mismas que en un momento de la noche participarán en la sesión.

No es una presentación cualquiera, porque Adriana tomará partes del disco y las intervendrá junto con Collins y Anne Waldman, la otra poeta con quien también pergeñó el álbum y quien aparece virtualmente. Camacho crea un sonido y lo procesa con loops; al poco rato ya tenemos una masa sonora robusta sobre la cual Collins soltará uno de sus poemas, para luego combinarse con la voz de Waldman.

Fotografía: cortesía del autor
Fotografía: cortesía del autor

Hay atmósferas sombrías, cósmicas (poco tiempo), reforzadas por los visuales que se proyectan detrás de ellas. A los loops del bajo se añaden otros instrumentos como tormenta, un tambor unido por un cable con otro similar y que efectivamente crea sonidos de ese fenómeno natural y un ambiente especial, no sólo por el sonido en sí, sino también por lo que añade visualmente.

El ritmo logrado se rompe cuando Adriana, luego de haber colocado letreros con palabras sueltas pegados en la pared, invita a los presentes a leer e improvisar sobre el vocablo; poco a poco, la contrabajista irá procesando esas palabras, combinándolas, fondeándolas o improvisando sobre ellas y recuperará el buen curso de la noche.

¿Música, ruido? Como buena improvisadora, Camacho aprovecha la paleta sonora disponible, pero también sabe de la importancia del azar, de cómo éste puede incidir, para bien o para mal, al momento de crear in situ. Ese es su terreno, algo que ha hecho de años a la fecha, y hoy dio una muestra de ello.

No hay que perderla del radar.

 

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Publicado en: Crónica