Elvis: el fuego y las cenizas

Tal vez no hay una figura del siglo XX sobre la cual se hayan escrito tantas cosas como la de Elvis Presley. Mitos, parafernelia, imágenes, anécdotas, homenajes, memorias, libros, reportajes periodísticos, tributos, museos se acumulan al lado de las decenas de canciones grabadas y las no pocas películas filmadas por The King.   Su vida breve e intensa contribuyó a la edificación de su leyenda e influencia sobre el rock y en general sobre la música popular de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, a 45 años de su muerte (ocurrida en 1977), los ecos de la voz y la figura del llamado Rey del rocanrol aún provocan los fuegos artificiales de nostalgias falsas y verdaderas que impulsan el oficio de sus imitadores (más o menos caricaturescos) en Las Vegas, Nueva York o Memphis y extienden las sombras de su fama sobre territorios culturales que van mucho más allá del estilo kitsch de la casa de Graceland en Memphis (Tennessee) o de su natal Tupelo (Mississippi).

La trayectoria vital de Presley inspiró una película reciente (Elvis), dirigida por  Baz Luhrmannn y  protagonizada por Austin Butler (en el papel de Elvis) y Tom Hanks (representando al coronel Tom Parker). Con más de dos horas y cuarenta minutos de duración, la cinta proyecta la imagen de un muchacho incendiado por la fama y el talento, crecido en el ambiente rural sureño, hechizado desde niño por la influencia cotidiana del gospel y el blues que se tocaba en las comunidades negras del lugar. Pero la cinta también muestra las hechuras canónicas del modelo de negocios en que se convirtió el rock mediante la intervención de empresarios astutos y ambiciosos como el propio coronel Parker, un personaje oscuro, con un pasado sin historia, un impostor de circo que dirigió los hilos de la vida de Presley desde su descubrimiento hasta su muerte.

La perspectiva de la cinta se concentra en la invención de la fórmula que hizo del rock una industria cultural, una máquina de comercalización del talento en la época del baby-boom de la segunda posguerra. El poder de las compañías de grabación de discos, la influencia expansiva de la industria cinematográfica, los intereses consolidados de la prensa y las estaciones de radio y el naciente poder de la televisión configuraron los circuitos del consumo cultural, forjados en la década de los cincuenta en los Estados Unidos y en buena parte del mundo occidental y que colocaron a Presley en el centro de una potente ola de juvenilización de la cultura popular.

La película de Luhrmann tiene el acierto de proponer una mirada bifronte sobre la vida de Elvis. Una acentúa el talento y la pasión sobre la música, la otra se enfoca en la dictadura de los intereses comerciales que están detrás de la construcción del “mejor espectáculo del mundo”, como denominaba el coronel Parker a su proyecto sobre Elvis Presley. Ambas pistas permiten apreciar la compleja relación que se estableció entre el hombre y el personaje, entre la fama y la fortuna, entre la magia de la pasión de Elvis por el rock and roll, el blues y el godspell, con la presión constante de los contratos, las giras y las múltiples y agotadoras presentaciones del cantante en los Estados Unidos de los años sesenta y parte de los setenta.

La música, el plástico y las lentejuelas dominan el espectáculo de un solo hombre, abrumado por los compromisos y devorado velozmente por el personaje. La ética y la estética del mundillo de la música son hechuras de esa complicada combinación entre imposturas y realidades, cuya factura mayor la pagó a final de cuentas el propio Elvis y después de él muchos más que recorrieron el mismo camino bajo diferentes circunstancias (Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse). Pero la creatividad y el talento de Presley son inexplicables sin la influencia de la sonoridad negra del Mississippi, de B. B. King, Robert Johnson, Muddy Waters, Little Richard, la música country de Hank Williams, la profundidad y potencia vocal de Memphis Minnie, Bessie Smith, Ma Rainie o Ella Fitzgerald.

Elvis narra una historia triste. Es el auge y caída de un talento consumido por los impulsos vitales, los contratos y los compromisos familiares y comerciales. Es la imagen del fuego y las cenizas de un cantante extraordinario que terminó atrapado en la cárcel de un lujoso hotel de Las Vegas, condenado a representar cada noche, durante muchos años, el mismo papel y las mismas rutinas. Es una historia en la cual entraron en colisión los espíritus rurales, conservadores y puritanos de la América profunda con las voces y los ecos de la cultura bastarda, urbana y moderna que nació con el rock. Es el retrato de un cantante que hizo un pacto con el diablo.

Para muchos de los nacidos en la década de los cuarenta y hasta los sesenta del siglo pasado, Presley fue un héroe de la cultura pop, el alquimista mayor de un estilo y una forma de expresión desafiante y envolvente. Para los nacidos después de su muerte (de los años ochenta hasta el final del siglo), Presley representa la arqueología del rock, la personificación irremplazable de una época de rebeldía ingenua, dorada y feliz. Para los nacidos en las primeras décadas del siglo XXI, Elvis es un fantasma, una leyenda urbana, un oximorón (un famoso desconocido). Pero para todos, sospecho, Elvis es una gigantesca interrogante, una triste, oscura y a la vez luminosa figura surgida entre las cimas y abismos de la virtud y la fortuna de una era extraña, un hombre que terminó consumido por la fuerza autónoma de su propio personaje. 

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Publicado en: Noticias