Para Piro Pendás, un punk psicodélico y tropical
Mi primer contacto con la psicodelia se dio cuando escuché en Radio Éxitos la canción “Incense & Peppermints” de Strawberry Alarm Clock. Corría el año de 1967, yo tenía escasos doce años y cursaba el primer año de secundaria. No pertenezco, pues, a la generación psicodélica primigenia, conformada básicamente por mujeres y hombres nacidos en los años cuarenta de la centuria pasada.

Para mí, psicodelia era “In-A-Gadda-Da-Vida” de Iron Butterfly o las luces estroboscópicas que formaban caprichosas formas en las paredes o los pantalones acampanados o el cabello largo de los hombres o las minifaldas de las mujeres o la inefable revista Pop con su logo “psicodélico”. Cuestiones como el LSD, el peyote, los hongos alucinógenos y demás estupefacientes químicos o naturales me eran por completo ajenos en aquella adolescencia mía que si bien gustaba del rock, no tenía el menor contacto con las drogas (fresa que era y que siempre he sido).
Gracias a mi hermano, cineasta y uno de los fundadores del movimiento de cine en Super 8 en México, Sergio García, pude conocer personalmente a amigos suyos como los escritores José Agustín y Parménides García Saldaña, quienes a todas luces sabían y conocían en carne propia lo que eran las experiencias psicodélicas. Mi propio hermano las conocía y experimentaba también, tal como sus primeras películas (El Fin, de 1970, o ¡Ah, verdá!, de 1973) lo mostraban.
La psicodelia me llegó, pues, literalmente de oídas (es decir, por medio de la música: el álbum doble Ummagumma, de Pink Floyd, me transportaba a lejanas dimensiones, sin necesidad de meterme cosa alguna) y de leídas (en especial por la lectura de las primeras novelas de Agustín –La tumba, De perfil, Se está haciendo tarde / Final en laguna–; Parménides –Pasto verde– y Gustavo Sainz –Gazapo, Extraños días circulares), pero jamás por experiencias propias (acabo de cumplir 67 años y –no sé si confesarlo me prestigie o me desprestigie– nunca he probado los ácidos, los hongos y demás sustancias parapsicodélicas).
Quizá por eso, buena parte del llamado rock psicodélico de los sesenta no fue tan de mi interés. Agrupaciones de estrambóticos nombres como The Ultimate Spinach, The Beacon Street Union, Front Page Review o el propio Strawberry Alarm Clock nunca estuvieron entre mis favoritas. Claro, estoy hablando de grupos psicodélicos puros. Sin embargo, el uso de elementos psicodélicos en el rock clásico resultaba mucho más interesante. Los Beatles, los Rolling Stones, Jimi Hendrix y hasta los Monkees (lo juro) los emplearon y grabaron temas esplendorosos. Lo mismo hicieron Quicksilver Messenger Service (con su larguísima versión de “Who Do You Love”), Ford Theatre (con su impresionante álbum Trilogy for the Masses) o The Corporation (y su recreación en concierto de “India” de John Coltrane”). Frank Zappa también experimentó con su propia versión de la psicodelia, aunque en todos los grupos que llegó a encabezar estaban estrictamente prohibidas las drogas.
En el caso de bandas como Cream o Grateful Dead, más que musicalmente psicodélicas, eran agrupaciones que incursionaban en larguísimos jams instrumentales en los cuales el público, en su mayoría hasta la madre de ácido lisérgico y otras sustancias non sanctas, se extraviaba en mágicos y misteriosos viajes, esos sí, plenamente psicodélicos.
Si me preguntan (y si no, también) cuál es mi disco psicodélico favorito, no tendría dudas en responder que The Twelve Dreams of Dr. Sardonicus de Spirit, grabado en 1970. Creo que en su magnífica música, representa una colorida travesía llena de brillantez, inteligencia, fantasía y humor. En esencia, se trata de un álbum de rock pop, un larga duración de canciones que no sobrepasan los cinco minutos (es decir, no hay jams viajados) y que, sin embargo, posee todo lo que la psicodelia sesentera representaba.
Si desean disfrutar de una fascinante experiencia psicodélica, con un conjunto de piezas de finísima factura, no duden en escuchar esta obra maestra de Spirit (y la pueden complementar con el disco Last Exit de Traffic (aparecido en 1969, con un lado B, en concierto, absolutamente alucinante), otra joyita del rock pop psicodélico más fino).