Es jueves santo, pero en el Centro Histórico parece un día normal. Hay mucha gente; incluso en aquellos lugares en donde normalmente escasea, hoy brota de las alcantarillas. El Sótano de Vacas Verdes no es la excepción y eso refleja una paradoja, porque quienes suelen acercarse a la experimentación-improvisación-música libre se saben pocos y desearían incrementar las huestes, pero cuando llegan los no habituales causa cierta sospecha.
Sin embargo, al arribar el lugar está desierto. Vamos, hasta el escenario está vacío. No es raro, a diferencia del rock que demanda más infraestructura y prolongadas pruebas de audio, los jazzistas llegan al momento, casi a la hora de iniciar y suben a tocar. Ello también ocasiona ciertas desventajas, ya que no siempre empiezan de acuerdo a lo programado y a veces se debe huir antes del final para alcanzar el subterráneo.

La tanda la abre El Hombre Nuclear, un cuarteto integrado por Feike De Jong en el sax alto, Julián Huerta en los teclados y objetos, Fernando Caridi en el bajo y electrónica y Hernán Muleiro en la batería. El comienzo no es afortunado. Batería y bajo hacen un inicio pausado y el teclado se une; sin embargo, la atmósfera aún no ha terminado de formarse cuando el sax habla. No lo hace de manera violenta, pero interrumpe aquello que apenas se insinuaba y si bien todavía no tomaba forma, se encontraba en ese punto crucial que orientaría el desarrollo del set.
Desafortunadamente, la mayor parte de la sesión de El Hombre Nuclear transcurre de manera trompicada, aunque también hay momentos en los que la conversación entre los cuatro se desarrolla con fluidez. La sensación es la de estar frente a una banda de rock y no de fusión, un cuarteto que por instantes crea momentos hipnóticos, pasajes rítmicos muy cercanos al krautrock (cortesía de la batería de Muleiro), salpicados por un teclado sicodélico y un bajista parco en su hablar, aunque siempre haciéndolo en el momento justo, a veces con una sola nota, pero aplicada en el instante preciso. Esos pasajes, breves en su mayoría, acercan al trance, ralentizan el tiempo, sumergen a los presentes en acolchadas burbujas, apacibles, suaves, espaciales que, inevitablemente, se rompen y los devuelven a la tierra. Pero no fue la noche de El Hombre Nuclear.
Al llegar al intermedio, el lugar se ha poblado paulatinamente, al grado de tornarse irreconocible. Vacas Verdes es un antro con ángel, un tanto indescriptible, pero se siente algo especial allí. Sí, es como cualquier tugurio de noche: lúgubre, pero al mismo tiempo misterioso y seductor.

La pausa termina y allá arriba, sobre el escenario, Nicolás Vander batalla porque su instrumento no se escucha, así que los minutos transcurren y ahora ya sabemos, quien esto escribe y sus acompañantes, que no podremos quedarnos a la totalidad del acto porque si lo hacemos no alcanzaremos el metro y es una lástima, porque cuando El Abominable Hombre de las Nieves comienza, la música surge grácil, ligera, con la liviandad de una pluma y la majestuosidad de una vestal.
En la trompeta Slim Zwerling y Juan Pantoja en el sax alto abren un diálogo y les sirve para ganar confianza; a veces hablan al mismo tiempo, otras se intercalan, pero tienen el oído presto a escuchar lo que en la otra ala del escenario se desarrolla. En el centro, la batería de Luis Del Valle hace el balance y a su izquierda Luis “Chino” Ortega en contrabajo y Nicolás Vander en la guitarra toman el liderazgo.
La guitarra de Vander ríe, conversa entrecortadamente, a veces es un discurso rápido, una andanada de notas que parecen encimarse y dislocar el sentido, pero siempre crean un significado en el todo. Sólo Diego Cárcamo (voz y electrónica) permanece mudo, por alguna razón apenas y se escucha y, para su mala fortuna, se le extraña poco.
No recuerdo cuántas piezas llegué a escuchar, pero en una de ellas los cinco construyeron un crescendo que subía, subía, subía… y a una seña de Ortega se cortaba abruptamente para reiniciar el ascenso. Otra vez arriba, arriba y de nuevo la señal esperada. El efecto fue igual o más cautivante.
Entonces volteé a ver a mis acompañantes y supe que en el interior de sus cabezas bailaban y que, como yo, sentían y veían (porque esto de la improvisación-experimentación-música libre no es sólo un asunto de escuchar; también es muy importante ver. Ver las señales entre ellos, ver cómo se produce eso que estás escuchando ahora y que, en este contexto preciso, suena tan distinto).

No, nada se desgarraba en mi interior, esa sensación de que algo baja y sube por mi sistema circulatorio era la señal de que quienes estaban frente a mí ha rato habían establecido un discurso y ora lo embellecían-transformaban-acariciaban y yo allí, recibiendo esos feroces ataques de saxofón, esas melodías tibias de la trompeta, los rasgueos contenidos de la guitarra, un baterista con la suficiente habilidad para matizar mientras el bajista amenazaba romper una de las cuerdas de su contrabajo para luego atacarlo-sobarlo con el arco.
Hora de irse. Nos levantamos inopinadamente en medio de una pieza y en fila abandonamos el lugar, le damos la espalda a esa musa hermosa, pero no volteamos porque sabemos que no hay reversa, esa fémina no es de aquellas a las que puede convencerse de quedarse para siempre; no, ésta es absolutamente libre y se ha entregado momentáneamente a nosotros. Tampoco importa llevarme algo de esta noche grabado en el celular, porque servirá para el recuerdo. Al final, El Abominable Hombre de las Nieves tal vez no era tan abominable, pero sí resultó impresionante.
(Nota de la redacción: dado que no existe material audiovisual de las actuaciones aquí reseñadas, incluimos algunos videos de los músicos que participaron en ambas).