En 1998, Taylor Hawkins fue el baterista de gira de la cantautora Alanis Morrisette, aquella que cantaba “Ironic” y que el escritor David Foster Wallace veneraba porque la consideraba una persona normal, humana, ya que “se la podía imaginar”. Hawkins dijo alguna vez, en entrevista para BBC Radio, que Alanis tenía un estilo más de banda de rock que de grupo de pop; sin embargo, el productor de la canadiense no estaba muy de acuerdo con el baterista. Al final, Morrisette hizo lo que ella quería con su sonido y lanzó el álbum a su gusto. Fue precisamente en esos días que Taylor Hawkins conoció a Dave Grohl, líder de los Foo Fighters, una agrupación que había acuñado su nombre por la manera como la Fuerza Aérea estadounidense llamaba a los OVNIS durante la Segunda Guerra Mundial (la palabra foo deriva del francés feu, fuego).

A mediados de los años noventa del siglo pasado, Hawkins era un punk rocker. Conoció de primera mano el primer disco homónimo de los Foo Fighters (1995), el cual fue grabado en su totalidad por Grohl. El ex integrante de Nirvana le pareció un tipo eléctrico, lo sorprendió su energía y vitalidad. Había una frescura en la forma en la que Dave cantaba y gritaba muy fuerte. “Yo no soy cool, nunca lo fui, pero él era muy amable conmigo”, dijo Taylor alguna vez. En ese momento, Foo Fighters tenía como baterista a William Goldsmith, así que Hawkins jamás pensó en estar dentro del grupo. Cuando Alanis Morrisette le preguntaba: “¿qué harás cuando Dave Grohl te pida que te unas a Foo Fighters?”, el baterista contestaba: “eso nunca va a ocurrir; yo nunca te dejaría sola”.
Esta fidelidad a lo esencial sitúa a Taylor Hawkins más allá de su batería, más allá de su existencia, en los platillos y los tambores del universo, y ahí todo tempo tiene su lugar, como lo tenía también su técnica. La percusión que emanaba de Hawkins se encontraba en un plano de comunicación sobrenatural, en el que toda relación sensorial queda suspendida. Era un transfundirse en otra existencia, la de la perfección del ritmo que sana. Taylor era el verdadero foo fighter, auscultaba resonancias que nosotros desconocemos. Ver para adentro y canalizar los sonidos de afuera era el secreto de su batería. Se trataba de alcanzar el sonido absoluto, luego de saltar sobre el yo aparente (con psicotrópicos o sin ellos).
Allí, en canciones como “Best of You”, “Everlong”, “The Pretender” o “My Hero”, queda la grandeza y la excelencia de su arte. Lo suyo aparece ahí, en forma tan evidente como emotiva, una visión proveniente no ya de la emoción personal sino de esos atributos excepcionales conferidos al alma del músico en su trance de participación activa en la presencia del espíritu. Esta transformación de la voluntad en música, gozo y contemplación muestra la acción de la voluntad divina, cuando el ritmo del corazón todo lo gobierna y enajena. Es también el predominio de una vocación mágica –que Alanis Morrisette y Dave Grohl pudieron percibir– sobre toda forma de inspiración natural.
El segundo álbum de Foo Figthers (The Colour and the Shape, 1997) fue determinante para el futuro de la banda y el baterista William Goldsmith no pudo manejar la presión. Así que un desfachatado Taylor Hawkins –más parecido a un Cristo jipi que a un baterista– le llamó a Dave Grohl y le expresó: “yo soy tu nuevo baterista”. Alanis era un acto en solitario, un monólogo del interior de una chica enfurecida, entre el dolor y la piedad, y Foo Fighters era un conjunto de músicos. A Taylor le encantaba ese nuevo sonido y quería tocar hard rock, hacer el mayor ruido posible en todo el planeta.
El resto es una historia que todo mediano conocedor del género se sabe de memoria: Taylor Hawkins se unió a Foo Fighters en 1997, y se convirtió en una parte fundamental de la agrupación por más de veinte años.
El luctuoso viernes 25 de marzo de 2022, se informó que el baterista Taylor Hawkins había muerto por sobredosis de opio, marihuana y antidepresivos. Aquella noche, el grupo anunció la cancelación de su concierto en el Festival Estéreo Picnic, en Bogotá, Colombia. Según los medios locales, el baterista de 50 años de edad fue encontrado inconsciente, tirado en el piso de su habitación de hotel.
La Fiscalía de Colombia reveló que tras una prueba toxicológica de orina en el cuerpo de Hawkins, se le encontraron preliminarmente diez sustancias. Su muerte volvió a poner en discusión la relación entre el rock and roll y las drogas, ya que esta mancuerna le ha costado al mundo artistas como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Amy Winehouse y Prince, quienes también fallecieron por el consumo de estupefacientes.
La existencia es una presencia, un “estar en el mundo”, una situación por la que atraviesa el ser humano temporalmente, sin llegar a ser con todo la existencia misma. La existencia es, por tanto, una posibilidad de los seres vivos que se describe como una preocupación por “llegar a ser” o “poder ser”. Por este tamiz pasó la adicción de Taylor Hawkins.
Pero Hawkins le confirió existencia única al valor de un destino por medio de la batería, alcanzó una realización extática, llegó a constreñirse a una atemporalidad originaria gracias a Foo Fighters, por medio de un eterno retorno a la vida. Por eso seguirá renaciendo una y otra vez en la letra de una canción: “Ahí va mi héroe, míralo mientras se va, ahí va mi héroe, ¿no se desangran los mejores de ellos?”.