Estaba distraído cuando llegó el mensaje por Whats. “Ya estamos afuera de tu casa”, decía. Tomé gorra, sudadera, celular, cartera y salí, aunque olvidé cuál era la razón para ir al Vive Latino. Seguro hay muchas, todas ellas igual de plausibles, pero al llegar al carro en el interior todo era fiesta y luego de los saludos alguien me extendió una cerveza y salimos rumbo al Foro Sol.
En el trayecto, además de la charla insulsa, trazamos un itinerario básico en el cual había coincidencias, aunque eran más las diferencias. El punto de reunión al interior del foro lo definiríamos una vez dentro, cuando conociéramos la disposición de los escenarios, a sabiendas de que se trata de un festival ya longevo y poco se ha transformado.
Sin embargo, mi sorpresa fue grande. Hacía cinco años –cuatro por trabajo y uno más de pandemia– que no iba al festival y efectivamente todo era igual… y al mismo tiempo diferente.
Siempre hay más gente que el año anterior, no importa cuál sea el cartel y cuánto se refunfuñe de él; siempre hay más gente. Y sí, allí están los escenarios habituales. El principal que en las primeras horas del día se antoja inmenso para los grupos abridores; la Carpa Intolerante, en donde el flujo de asistentes es variable y donde no faltan las sorpresas, aunque su toque experimental se haya diluido.
No obstante, en esta ocasión tuve la sensación que esa nación llamada Vive Latino, aparentemente minúscula, era como una representación de la CDMX, del país. Se me presentó tan ricamente diversa en cuanto a la fauna que no dejaba de maravillarme. Claro, allí desfilan, como en los primeros años, las diferentes tribus; pero ahora no desean establecer la distinción.

Hubo un tiempo cuando los escenarios estaban más “enfocados” a ciertas tendencias; hoy todo eso se ha resquebrajado por el eclecticismo imperante o al menos eso parece, porque en realidad los públicos de las diferentes agrupaciones guardarán semejanzas, pero hay más divergencias aunque no se presenten con notoriedad.
Llama la atención ese flujo invisible de circulante y se ha remarcado constantemente la diferencia económica y social de quienes asisten al VL y de quienes lo hacen al Corona Capital. Evidentemente hay una brecha, pero no me parece abismal, porque los “pobres” también gastan lo suyo, no hay modo de no hacerlo con esos precios. ¿Por cierto, quién determina fijar el costo de algo en cien pesos cuando afuera del Foro cuesta veinte? Pura curiosidad.
Son de las cosas imperecederas. Quejarse de los precios ya no tiene sentido, pues no hay indicio alguno de que éstos puedan bajar. El Vive goza de autonomía, la Profeco no puede entrar allí. Así que, lector, calcule usted lo que debe invertir un fan que viene de cualquier ciudad de la república para vivir una experiencia rockera durante dos días.

¿Experiencia rockera? Claro, hay grupos de hip hop, aquellos que le pegan a la cumbia con entusiasmo, otros como C. Tangana para quienes las etiquetas se antojan insuficientes o como Los Cogelones, empeñados en “hacer música mexica experimental”, cuando su único experimento ha sido subir una banda de guerra porque les cuesta trabajo reconocer que hacen rock sicodélico con instrumentos prehispánicos.
También hay espacio y mucho para la nostalgia. Ya vimos como Los Fabulosos Cadillacs –La salvación de Solo y Juan (2016) no cuenta, porque ya ni ellos se acuerdan de él– y La Maldita Vecindad atascaron el lugar y eso que hace años que han olvidado lo que es hacer nuevas canciones, ya no originales, sino por lo menos algo fresco, de hace cinco años al menos (¡vaya frescura!). O los Auténticos Decadentes… Bueno, ellos hicieron un disco nuevo, pero es de puras versiones, así que igual los podemos ubicar junto a los anteriores.
Momento… ¿y Fangoria? Tal vez debemos flexibilizar el rasero de la nostalgia para permitir que aquello que nos gusta más no reciba las mismas puyas. Aquí sí les va a fallar, porque Alaska y Nacho Canut sí le han laburado con más constancia y además no vienen a tocar cada año.

Entre las cosas que parecen no cambiar está la sordera de algunos ingenieros, quienes se convierten en el peor enemigo de sus empleadores. Pregúntenle a La Gusana Ciega, banda sonorizada pobremente y cuyo show merecía más. No, no era el equipo, horas después, en ese mismo escenario, Gary Clark Jr. rendía a sus pies a unos cuantos asistentes y lo mismo hizo antes Mogwai, aunque en un escenario cercano. All Them Witches, a quienes pude ver brevemente, me dejaron boquiabierto. Tres propuestas, hay que decirlo con tristeza, cuyas actuaciones tuvieron una asistencia pobre.
Eso lleva a pensar que allí no ha cambiado nada, los gustos de la gente siguen concentrados en aquello que los reta menos, en canciones poco demandantes, en apuestas seguras. Sí, así ha sido en 2004, 2010 o 2022, porque en esto de los festivales, el relevo generacional resulta impresionante. Los que levantaron este changarro ha rato fueron expulsados del paraíso de la haraganería y del reventón; ahora, la mayoría camina por su colonia cual walking dead, denostando los gustos de sus hijos, sobrinos o conocidos y rumiando que lo suyo, lo de sus tiempos, sí era música y no las mamarrachadas de ahora.
Ya les tocará en diez años o menos a algunos de los que ahora se regodean con The Marías verse expulsados de ese paraíso para que el círculo prosiga. Todo es igual, todo ha cambiado, porque muchas de las formas musicales que este año desfilaron por el Foro Sol suenan a algo realizado hace años, nada más que son pocos quienes mencionan ese detalle.
Íbamos ya por los diez kilómetros recorridos en el lugar, cuando salió La Maldita a tocar y dijimos, ahora es el momento de la fuga. Para escuchar lo mismo que hace dos, tres, diez, quince años –Circular colectivo, su más reciente placa (je), tiene trece años–, bien podemos hacerlo en casa. Nada cambia, siempre incluyen a la Maldita al final para que la gente empiece a emigrar y se desahogue un poco el Foro Sol. Al menos esa creía era la estrategia; pero no, a la gente le sigue gustando escuchar lo mismo. Creo que ya ni el set list modifican y hasta usan el mismo para no gastar.
Cruzábamos el puente sobre Churubusco, cuando uno de mis acompañantes me preguntó, por enésima vez en su vida, a cuántos VL había asistido. Iba a contestarle que a diecisiete y en ese momento recordé que el día había acabado y que por más atención que puse, no vi el cadáver del rock por ningún lado. ¿Será porque ya me acostumbré al tufo? Nah.
Simplemente ese cadáver no existe. Cierto, algunas agrupaciones han aprendido a vegetar con la complacencia del respetable y no tengo nada contra Limp Bizkit, que conste, pero hay otras que, como dicen los millenials, le están echando ganitas. Por esos fui al Vive Latino.
Sí, nada ha cambiado y todo es diferente.