Kóryma en la Casa del Lago

No es un concierto común, aunque tampoco hay indicio alguno de lo contrario. Sin embargo, conforme los lugares se ocupan y uno se entretiene viendo los instrumentos sobre el escenario o a la fauna que allí habita, la sensación es de inminencia, algo está por suceder.

Y eso, llegada la hora marcada en el programa, es Kóryma (vocablo que significa “trabajo en común para el bien de todos”), el ensamble que Ana Ruiz ha formado para esta presentación en la Casa del Lago. En la retaguardia, Rodo Ocampo y Carlos Icaza (en baterías, percusiones), la parte central es ocupada por Carlos Greco (sax), Misha Marks (bombardino) y Max Manzano (trompeta). A su izquierda, Adriana Camacho (contrabajo) y a la derecha Alina Maldonado (violín). Los extremos los ocupan Ana Ruiz y Naima Karlsson con sus pianos. El ensamble se completa con Arturo Cipriano en flauta y voz, quien de inicio se pone al lado derecho de Ruiz.

Fotografía: David Cortés
Fotografía: David Cortés

En realidad, la disposición instrumental no tendría nada que ver, pero incide en la arquitectura sonora y ello es advertible cuando Greco, Marks y Manzano  toman el liderazgo y crean pasajes vigorosos o sensuales, pero siempre de gran belleza; o cuando el pulso inicial es marcado por Adriana quien, al considerarlo pertinente, voltea a mirar a Ruiz para decirle algo con los ojos; o cuando ésta comienza un ataque que en el otro extremo habrá de contestar Karlsson; o cuando Icaza abandona su sillín y deja a Ocampo la responsabilidad de marcar el ritmo, mientras él se concentra en sus percusiones; o cuando Cipriano se traslada al centro para dirigir al ensamble.

Fotografía: David Cortés
Fotografía: David Cortés

La tarde fluye entre improvisaciones y composiciones escritas. Las primeras se caracterizan por ser abrasivas, arranques intempestivos en los que el ímpetu estalla volcánicamente; pero lejos de convertirse en un maremágnum incontrolable, se torna una fuerza dirigida las más de las veces por la pianista y es ahí que kóryma, la esencia, aflora.

Fotografía: David Cortés
Fotografía: David Cortés

Se advierte la interacción de un ensamble, porque a lo largo de todo el trayecto no hay espacio para el virtuosismo gratuito. Cada intervención, si bien no calculada, habla de un diálogo permanente, de la capacidad de establecer una comunicación multipartita en la que lejos de “encimar” las voces, se logra que, cuando es conveniente, alguna de ellas se eleve, ya sea para liderar por un momento o para brillar cual si fuera una estrella más potente en medio de este pletórico firmamento.

El dueto entre Ruiz y Karlsson es hermoso, una muestra de cómo la comunicación entre las dos pianistas se ha vuelto más fluida, espiritual, telepática incluso. Sí, porque también en esta tarde, además de la música, por el lugar fluye un aura cósmica, esa comunicación que se establece entre la música y una deidad superior y paulatinamente advertible por el tono ritual que adquiere la celebración y toma cuerpo en esas composiciones en las cuales la tierra aflora y comienza en “Turkish”, una original de Don Cherry, y continua en “Desireless”, otra del trompetista a quien Ana guarda mucho cariño y que “he tocado muchas veces y seguiré tocando”.

(De esa especial amistad comenzada en los años setenta, cuenta la pianista: “Cuando conocí a Don, yo tenía 25 años y ya improvisaba desde los 19. Para mí su visión de las melodías y cómo transformarlas, el manejo del ritmo y las armonías fue algo nuevo. Recuerdo cuando me puso un ejercicio en el que la mano derecha hacía un ritmo y notas muy diferentes a la izquierda y después de varias horas de estudiarla, sentí cómo mis hemisferios se separaron y lo logré. Tocábamos todo el día. Mientras cocinábamos, cantaba e inventaba una nueva canción”.)

“Balam”, un tema del trompetista Max Manzano, comienza con un aparente “caos” y es el contrabajo de Adriana el que pone orden y marca la entrada para el despliegue suave, delicado cual terciopelo, de los alientos que transpiran ecos de la música de Oaxaca y en donde Ana Ruiz, el propio Manzano y Alina Maldonado descuelgan bellos solos. En “Nahuini”, melodía inspirada en las velas de la región de Juchitán, encontramos el retrato de varias mujeres que gráciles, con mucho garbo y elegancia, bailan y tejen una complicada y sublime coreografía en la que sus hermosas vestimentas y colguijes las vuelven esplendorosas.

El cierre –para entonces, el invitado Roberto Tercero en el sax ya lleva algunos minutos con el ensamble– llega con un reprise de “Turkish” que a estas alturas se ha vuelto infaltable, el caballito de batalla de cualquier presentación de Ana Ruiz, y es cuando el gozo y la alegría de los músicos llevan a varios de ellos a bajar del escenario y tocar entre el público, mientras éste, mientras nosotros, nos dejamos inundar por tanto disfrute, sabedores de que hoy fuimos testigos de algo especial, muy especial.

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Publicado en: Crónica