El cronista Carlos Villasana nació en Ciudad de México en la década de los sesenta. Creció en el sur de la urbe, en Coyoacán. Entre sus primeros recuerdos como habitante de la metrópoli están las recurrentes visitas a las salas cinematográficas, con sus papás o con los amigos de la colonia, con quienes se iba, por ejemplo, a las matinés del cine “Pedro Armendáriz”. Otro de los lugares favoritos de sus padres eran los tianguis tipo mercado de pulgas, en particular La Lagunilla, pues eran grandes aficionados a coleccionar antigüedades. Desde esa época, inició el interés de Villasana por el coleccionismo.
En particular, le atraía todo lo que tuviera que ver con la historia de la Ciudad de México por medio de imágenes: gráficos, tarjetas postales, negativos, folletos, fotografías antiguas, libros, facturas de comercios del centro y revistas. Gracias a su labor incansable y a su afán por hurgar aquí y allá a lo largo de cerca de 30 años, hoy la colección de Villasana se conforma –sin temor a exagerar– de cientos de miles de imágenes en distintos formatos.

Después de vivir un tiempo en Los Angeles, volvió a la Ciudad de México y entró a la agencia de noticias Notimex. Después trabajó un tiempo en la embajada de Filipinas y más tarde se unió a El Universal. Desde entonces, se ha dedicado de lleno al periodismo y a la investigación iconográfica.
Luego de pasar algunos años pensando en una forma sencilla y democrática de compartir su archivo con otros, Villasana fundó en 2011 la página de Facebook La Ciudad de México en el tiempo, en la que diariamente publica imágenes de su impresionante colección. Actualmente, el proyecto se ha convertido en una ambiciosa plataforma de difusión cultural con más de medio millón de seguidores. El éxito de este espacio derivó en el programa de Canal Once La Ciudad de México en el tiempo, cuyo propósito era el mismo del proyecto original: mostrar la belleza, la historia y las transformaciones de la capital del país a lo largo de las décadas.
En 2016 fundó “Mochilazo en el tiempo”, una sección en El Universal en la que se recuperan historias pasadas de la ciudad y en la que Villasana ha publicado cuatro colaboraciones mensuales de manera ininterrumpida a lo largo de seis años. Las piezas periodísticas de la sección hicieron que el archivo fotográfico y la hemeroteca del diario cobraran la relevancia y el protagonismo que merecían.

En meses recientes, editorial Planeta publicó La ciudad que ya no existe, un libro que reúne una selección de 100 imágenes que hacen un repaso por las múltiples transformaciones que experimentó la capital del país de la década de los veinte hasta finales de los ochenta. Las fotos reunidas en la publicación están clasificadas en personajes de la calle, edificios, esculturas históricas, lugares icónicos e inesperados momentos de la vida cotidiana. Es un libro que revive una ciudad perdida en la memoria y que nos abre la posibilidad de reconstruir la historia de una metrópolis excepcional en toda su grandeza.
Conozcamos ahora la vida en discos de Carlos Villasana.
¿Cuál fue el primer disco que escuchaste?
El de mi recuerdo más remoto es uno de Cri-Cri. Mis hermanos y yo lo escuchábamos todo el tiempo. Nos turnábamos para ver la portada mientras escuchábamos la música.
¿Cuál es el primer disco que compraste?
Siendo niño, logré juntar el dinero de varios domingos y me compré Ram (1971), el segundo álbum solista de Paul McCartney. El hecho de haber comprado mi primer disco me provocó una sensación sin igual.
¿Cuál fue el primer disco que le envidiaste a alguien por no poderlo tener?
Lo recuerdo muy bien, pues era inalcanzable en esa época: Welcome Back My Friends to the Show That Never Ends (1974), el segundo álbum en vivo de Emerson, Lake & Palmer. Es un álbum triple que sólo podía conseguirse importado, pues no se editó en México. Uno de mis vecinos lo tenía y era la envidia de todo el grupo, no sólo mía.
¿Cuál es tu disco favorito para manejar?
Si se tratara de elegir únicamente un disco para disfrutar del camino y perderme en la música, estaría en un predicamento entre Animals de Pink Floyd y A Passion Play de Jethro Tull.
¿Cuál es el disco que mejores recuerdos te trae?
Close to the Edge de Yes. Cada vez que lo escucho me vienen a la cabeza un sinfín de recuerdos de varias etapas de mi vida.
¿Cuál es el disco que más te avergüenza tener?
No, vergüenza no. Eso sí, recuerdo ocasiones en que en intercambios navideños me regalaron discos o cassettes de música que no me gustaba; agradecía el detalle y los incorporaba a mi colección. Tarde o temprano aquellos regalos no solicitados llegaban a las manos indicadas. Siempre hay alguien que te pide ese disco en particular y lo puedes regalar.
¿Cuál es el disco que más lamentas haber perdido?
En algún tiempo tuve una buena colección de discos, pero entre mudanzas y el cambio de formato al disco compacto, perdí casi todos. Hasta la fecha lamento no haber conservado mi colección completa. Había álbumes muy raros y difíciles de conseguir. Me gustaba perderme en las portadas y echar a volar la imaginación al ritmo de la música. Es una experiencia que el disco compacto nunca logró reemplazar del todo.
¿Cuál es el disco que más te ha influido en la vida?
Abbey Road (1969) de los Beatles. Escucharlo desde pequeño me permitió adentrarme en el mundo del rock, me llevó a buscar las letras y a aprender inglés. No me cansaba de ponerlo una y otra vez. Más tarde, mi papá fue comprando cada uno de los LP de los Beatles y fui sumamente feliz.
¿Cuál es el disco que prefieres para hacer el amor?
No, yo sin música, ja, ja, ja.
¿Cuál es el disco que quisieras que tocaran en tu funeral?
Pero dentro de muchos, muchos años, sería Captain Fantastic and the Brown Dirt Cowboy de Elton John. Es un disco realmente increíble. Ahí tenemos la grandiosa “Someone Saved My Life Tonight” que surgió cuando Elton John pensó en suicidarse luego de estar en una relación en la que no veía salida. También incluye “Writing”, la cual siempre me pone de buenas y es de gran ayuda cuando quiero escribir algo y no ando inspirado.
¿Cuáles son los cinco discos que te llevarías a una isla desierta?
1.- Selling England by the Pound de Genesis. Es una obra maestra del rock progresivo. Es el ensamble clásico y seguramente más recordado de la etapa con Peter Gabriel. Y no es que no me gusten los discos ya con Phil Collins de vocalista, pero hay algo mágico con esta agrupación antes de la salida de Gabriel.
2.- One Size Fits All de Frank Zappa. Escuchar este álbum a todo volumen o con audífonos es una experiencia alucinante. Cada pieza es buenísima, no te puedes saltar ninguna.
3.- Close to the Edge de Yes. De entrada debo decir que “And You and I” ha sido el tema de amor que me ha acompañado en mis distintas relaciones al paso de los años y, seguramente, el de muchos que crecieron con este disco.
4.- Tommy de The Who. Definitivamente uno de los mejores álbumes que existen para estar en una isla desierta.
5.- Get Yer Ya-Ya’s Out! de los Rolling Stones. La selección de cada una de las canciones de este álbum en concierto es fabulosa. No es posible permanecer sin moverse al ritmo de esa música tan poderosa.