Una noche de improvisación libre

El Festival de la Zarigüeya, celebrado hace algunas semanas en territorio angelino y cholulteca, el estado de Puebla, trastocó a aquellos músicos que se inclinan por la improvisación, el performance y la experimentación. Cierto, se trata apenas de un puñado de artistas que se sumerge en las azarosas corrientes de la música contemporánea, pero su determinación e inventiva son suficientes para revertir las limitaciones predominantes en su labor.

Fotografías: Hugo Flores Benítez

Es el caso de Nicolás Vander, guitarrista argentino radicado en San Andrés Cholula, quien suele elaborar proyectos propios (por ejemplo, su reciente recopilación de guitarristas alrededor del mundo, dividida en cinco volúmenes llamada Walk My Way) o adherirse a otros esfuerzos colectivos y de índole extraterritorial.

En el pasado, Vander ha organizado distintos encuentros de improvisación libre con músicos tanto locales como de otras regiones y para esta ocasión convocó a tres preciados camaradas: el norteamericano Sam Day Harmet (mandolina y efectos), la capitalina Adriana Camacho (contrabajo) y el duranguense Jorge Berumen (batería).

El guitarrista cuenta: “Sam y yo pertenecemos a una discográfica llamada 577 Records, asentada en Brooklyn, Nueva York. Él se encuentra trabajando en algunos proyectos y yo en los míos, pero cuando me comentó que vendría a México le dije: ‘vamos a tocar’. Ese fue el origen. En el caso de Adriana y Jorge, hace rato que los estaba buscando; con la primera toqué varias veces en el pasado Festival de La Zarigüeya y también en Ciudad de México y respecto a Jorge, siempre me ha gustado su trabajo, tanto así que inclusive teníamos pensado hacer una gira que debido a la pandemia no se pudo realizar. Entonces, esta fue la oportunidad para juntarnos, a pesar de que Adriana y Sam viajaron de Ciudad de México a Puebla y Jorge desde Durango”.

El punto de confluencia sucedió en la Galería ERROR, espacio que funciona como laboratorio de vinculación y experimentación artística, localizado en el centro de la capital poblana (lugar ya conocido por Vander y Camacho, pero novedoso para Harmet y Berumen, quienes visitaban por primera vez la ciudad). El concierto se llevaría a cabo en una de las habitaciones del inmueble, pero tras ponderar lo reducido de la estancia, se optó por mudar los instrumentos, el equipo y algunas butacas hacia la terraza (sobre esto último, Harmet dijo: “Es muy divertido. Un espacio como este no sería posible en Nueva York; me refiero a que en esa ciudad todo es muy caro y las oportunidades de usar un edificio completo son muy diferentes a las de aquí”).

Los últimos rastros de luz vespertina murieron mientras el cuarteto acarreaba, conectaba y preparaba sus enseres musicales. El campanario de la catedral y las cúpulas de otras iglesias aledañas se asomaban sobre el resto de edificaciones del centro histórico, al tiempo que una vieja pared, tinacos de asbesto, mallas ciclónicas y antenas de televisión satelital operaban como telón de fondo para el esperado recital. Pequeños y escasos focos de luminiscencia amarilla ahuyentaban la oscuridad en el improvisado escenario que hasta ese momento había sido lugar de macetas y diversos cachivaches. Los asistentes contemplaban desde sus sitios el paisaje citadino, charlaban entre ellos y miraban por breves instantes a los apurados instrumentistas que tenían al frente.

En realidad, estos cuatro personajes no eran del todo desconocidos entre ellos, con algunos ya se habían topado en anteriores y glamurosos proscenios; sin embargo, aquella noche se convirtió en el debut para el notable cuarteto (“La improvisación es un arrojo, más cuando no conoces a los compañeros, sus bagajes y recursos. Es una sorpresa porque siempre resulta diferente, pasan cosas que uno tiene que ir resolviendo, momentos buenos y otros de mucha tensión, pero todo es parte de lo mismo”, contaría Berumen una vez concluida la velada).

Camacho tomó el flanco izquierdo, Vander y Harmet se acomodaron sobre sus amplificadores al centro y Berumen ocupó el extremo restante. Entonces, el guitarrista, mediante su arco electrónico (mejor conocido como eBow), desplegó resonancias graves y sostenidas semejantes a las de algún violín o chelo, mientras los demás concertistas iniciaban sus ejecuciones. El contrabajo pronto se acopló con la guitarra; y por su parte, Harmet y Berumen parecían sondear sus instrumentos, realizar ajustes y desperezarse progresivamente. Notas agudas provenían de la mandolina y percusiones dispersas emanaban de la batería. Luego se suscitó algún tipo de pausa.

El respiro no duró demasiado cuando volvieron a arremeter, esta vez con mayor determinación; por consiguiente, las naturalezas de los improvisadores empezaron a entrelazarse y evolucionar. El argentino y el norteamericano recorrían con intensidad las cuerdas de sus instrumentos, la contrabajista echaba mano del arco, en tanto Berumen hacía gala de un estilo muy personal y difícil de catalogar. Las maniobras del cuarteto cobraron fortaleza y velocidad, hasta formar un cuerpo sonoro robusto y estridente que por momentos se acrecentaba y luego volvía a contenerse. Harmet, con ayuda de su procesador, intercalaba efectos y variaciones provenientes de su mandolina para después volverla a rasgar o percutirla con intensidad. Varios minutos transcurrieron y como suele pasar en este tipo de eventos, la percepción temporal se nubla o simplifica y produce el efecto de brevedad cuando verdaderamente ocurre lo opuesto; no obstante, terminaron por arribar la quietud y el silencio.

¿Qué orilla a estos músicos a proceder como lo hacen? ¿Vale la pena viajar a veces desde tan lejos para sólo una noche de improvisación? Al respecto, Vander cuenta: “Este estilo de música es una vocación, realmente una pasión. Entonces, la gente no duda en venir desde el norte de México hasta aquí para tocar por una hora y volverse. Así de grande es la dinámica y el interés de estas personas. Si esto hubiera sido una sesión de algún otro género, los músicos seguramente no vienen. Por lo tanto, hay un valor extra que merece ser resaltado”.

Luego de dos extensos actos del cuarteto y un merecido descanso, el segundo set estaba en su apogeo. Nicolás nuevamente empleaba su arco electrónico y propiciaba el ambiente necesario para que sus compañeros se incorporaran paulatinamente a la función. El baterista inició sus muy distintivas técnicas; Camacho tomó su arco y lo frotó parsimoniosamente contra las cuerdas del contrabajo, a la par que Harmet se dirigía hacia su procesador. Sonidos inorgánicos empezaron a invadir la atmósfera: chasquidos, bramidos y distorsiones fueron expulsados de los amplificadores. Los instrumentistas parecían decididos a explorar una nueva dirección sonora un tanto fría y artificial, pero cautivadora e intrigante. De pronto, la contrabajista acometió y pulsó las cuerdas con vigor, gracia y cadencia. Una vez más, el cuarteto entró en consonancia y cada quien desplegó a placer sus elaborados artificios, pero sólo por breve tiempo, para después descender sus actos hasta casi la calma absoluta. 

Como en otras ocasiones, el dúo Harmet y Vander, volvía a proponer una senda sonora mediante efectos y técnicas poco convencionales en sus instrumentos, en tanto sus compañeros aguardaban expectantes por algunos segundos. Seguidamente, Berumen terminó por incorporarse por medio de su tarola y su contratiempo, el argentino le siguió con las notas agudas que extraía de una flauta dulce y Camacho hacía lo propio sobre las cuerdas del contrabajo. Por última vez, el cuarteto se empleó a fondo y durante estrepitosos instantes alcanzó su clímax, para posteriormente interrumpir definitivamente sus ejecuciones.

Finalizada la velada, no hubo tiempo para celebraciones o convivencias, pues cada músico se dirigió presuroso hacia su siguiente destino. Harmet y Camacho, volvieron cada uno por su lado a Ciudad de México, mientras Vander y Berumen se encaminaron en auto rumbo a Cholula. Antes de partir, la contrabajista comentó: “En el ámbito de la improvisación somos como partículas sonoras o seres que se juntan para generar nuevos espacios de sonoridades. Nos reunimos sin saber qué va a pasar, brotar del vacío y construir al momento; hay ocasiones desafortunadas, otras lo contrario, pero normalmente tiene algo de laboratorio de experimentación y, por tanto, es bello”.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Reportajes