“Es el mejor concierto que ha habido en este lugar en cuarenta años”, dice X, sentado a mi lado, apenas ha terminado la segunda pieza del grupo comandado por Ana Ruiz. Si bien en el comentario hay algo de hilarante y excesivo —quien lo dice roza la tercera década o escasamente la supera—, también no deja de tener razón. En 1981, Fundación Sebastián aún no se había creado y la pianista Ana Ruiz vivía los últimos estertores de Atrás del Cosmos, grupo con el cual había trazado una importante trayectoria al “enseñarnos” a los mexicanos la posibilidad de practicar y escuchar el free jazz, pero que entonces estaba por desaparecer o ya lo había hecho.

Fotografías: David Cortés
Esta noche es como si el tiempo cerrara un ciclo o como si el Ouroboros reapareciera, porque en los setenta, Atrás del Cosmos consiguió traer al trompetista Don Cherry a México y, además de impartir un taller de música orgánica, llevó a cabo una gira con él por diversas ciudades del país que culminó con un par de conciertos en el Auditorio Nacional. Hoy, mientras Ana Ruiz está del lado izquierdo del escenario, detrás del piano de cola, en el opuesto, detrás de otro piano, está Naima Karlsson, nieta de Don y Moki Cherry.
Ambas dan comienzo a la noche con un tema suave, un diálogo fluido, apacible, en el que negras y blancas tienden una atmósfera relajada, preparatoria y que no logra apagar la expectativa, porque el centenar de personas reunido en Fundación Sebastián viene con la misma idea que uno en la cabeza: ¿qué vamos a escuchar? Aunque también sabemos la respuesta: sea lo que sea, habrá de ser excepcional.
Cuando Ana y Naima terminan su charla pianística, la primera da la bienvenida y señala que a continuación escucharemos tres temas de Don Cherry hilados y que, palabras más, palabras menos, “llevamos cuarenta años tocando estas obras y siempre suenan diferente”.
Sí, pero una cosa es que te digan o adviertan de lo venidero y otra es que ello te dé un indicio de la magnitud del golpe y cuando el noneto comandado por la pianista comienza a sonar (la ya mencionada Naima Karlsson, piano; Maricarmen Graue, cello; Alda Arita, trompeta y guitarra; Adriana Camacho, contrabajo; Alina Maldonado, violín; Cipriano Izquierdo, flauta y voz; Max Manzano, trompeta; Carlos Icaza, batería; Xristian Espinoza, saxofón), el cuerpo de la música se agiganta; es un sonido robusto y rotundo que cubre todo y no deja resquicio alguno, lo envuelve con amabilidad bajo su aura y ya no lo soltará.
Envolvente y sugerente es también la escenografía de Antonio Gritón (“Antena para cambiar el mundo”), un lienzo de flores con una tela negra en el centro, de la cual salen listones y atraviesan el lugar y lo convierten en una hermosa telaraña que, con el efecto del juego de luces, toma un brillo y una coloración diferentes, cual si danzara al ritmo de la música. Y mientras ésta fluye, por el lugar se esparce una vibra de espiritualidad, ese condimento que forma parte de la música de Cherry, pero que no siempre se logra alcanzar.

Max Manzano baja del escenario y con su trompeta llama la atención de los demás; Carlos Icaza responde y comienza a golpear la percusión y después de algunas vueltas, el resto de la agrupación se une en un festín rítmico que celebra la trompeta con un breve solo para luego dar paso a diálogos entre contrabajo y percusiones, para regresar al tema en pleno y hacer de esta versión a “Turkish” uno de los mejores momentos de la noche. Aunque aún falta.
Ruiz prepara su piano. Cuando sus dedos tocan las teclas y las cuerdas vibran, lo hacen con un delicioso tono metálico; el resto de la agrupación se petrifica y el encanto lo rompe Adriana Camacho al tomar el arco, tocar su contrabajo y entablar un hermoso diálogo con la pianista, mismo que derivará con Cipriano dirigiendo al resto e indicándoles poco a poco que bajen, bajen el volumen, para, intempestivamente, llevar a cabo un fragoroso ataque.
Por momentos Alina Maldonado rasga con fuerza las cuerdas de su violín, habla con el cello de Maricarmen Graue y ese diálogo inicial se torna agradable conversación cuando se agregan las otras cuerdas, las de Adriana Camacho. A Alda Arita le toca imprimir la fortaleza con sus solos de guitarra, pocos, pero colocados en el momento justo cada uno de ellos; Icaza, en la batería, Espinoza en el sax, también se prodigan, aportan lo suyo a un trabajo comunitario al servicio de las composiciones. La música, al sentirse tratada obsequiosamente, se deja llevar y conducir para beneplácito de los mismos intérpretes, quienes en distintos momentos de la noche dan señas de gozo y alegría que redunda en beneficio de los presentes.

No podía faltar “Veracruz”, una original de Milton Nascimento que no ha perdido un ápice de su vigor y que la agrupación fusiona al final con un son veracruzano comandado por Max Manzano quien, si bien tenía asignada la trompeta como instrumento principal, se revelará durante la velada como dotado multinstrumentista.
¿Cómo se hace historia? Nadie, en su sano juicio, sabe si lo que se lleva a cabo en determinado momento habrá de dejar huella a posteriori; pero tal vez sea conveniente llamar a la arrogancia y pedirle su intervención para que, sin rubor alguno, podamos decir que esta noche, en la Fundación Sebastián y al amparo de una hermosa escenografía, el grupo comandado por Ana Ruiz ha bordado un trozo de historia, uno que habrá de encajar con aquella fraguada en el pasado y que no tiene nada de nostálgico y sí mucho de esperanzador.
Probablemente no sea el mejor concierto del lugar en los últimos cuarenta años, pero sí es uno de los mejores del año en Ciudad de México.