Existe una película, de nombre 24 Hour Party People (2002), dirigida por el cineasta inglés Michael Winterbottom —a quien quizá recuerden por haber dirigido también Camino a Guantánamo (2006)—, sobre un tipo que descubre su verdadera vocación, encuentra el oro en la música y como buen coyote, saca el colmillo y la comercializa, quitándole toda la grasa del underground, su verdadera cualidad. El hombre funda un sello discográfico y se convierte en una especie de cazatalentos furtivo y promotor musical –algo así como el Richie Finestra de la serie Vinyl (2016). de Martin Scorsese y Mick Jagger, pero más darki. El tipo es Tony Wilson y su disquera llevó por nombre Factory Records. Corría la segunda mitad de los años setenta, en la gran Manchester de la reina Victoria, cuando por ese club y esa disquera, pasaron agrupaciones como Happy Mondays, Cabaret Voltaire, Joy Division y, más tarde, New Order.

Fotografía: Dunk bajo licencia de Creative Commons.
Según el sociólogo argentino Motti Regev, el rock se consolidó en aquella década y en la de los ochenta, como un mundo artístico o campo autónomo conformado por una variedad de diferentes géneros y estilos, organizados alrededor de una serie de prácticas creativas compartidas y unidas por un mismo conjunto de obras canónicas. En otras palabras, dice Regev: “el rock se convirtió en una formación institucional que dominó la forma cultural de la música popular”. Es decir, una meta-categoría que comprende una amplia variedad de géneros, usos y costumbres.
Difícil conceptualizar al rock, delimitarlo, definirlo, porque a pesar de aquello que llaman “género urbano” y que poco tiene que ver con la calle, el rock continúa diversificándose con el tiempo, ad infinitum. El rock está vivo.
Para que el monstruo del rock creciera así de grande, tuvo que haber visionarios como Tony Wilson, quien vio en el el género –en un principio derivado del pop–, una forma genuinamente popular (sin clases), mientras que otros tipos de aparatos ideológicos, como la televisión, no lo eran. No había un orden demográfico para esa gente que en el Reino Unido había sido expulsada generacionalmente de las fábricas, pero sí se gestaba un sonido exclusivo para un joven en el paro, impulsado por Factory Record’, que representó el origen del llamado Sonido Manchester.
Para Tony Wilson, se trataba de un experimento en el campo del arte. Lo relacionaba con hacer teoría del arte y hablaba al respecto en Granada Televisión, como periodista incipiente. El Sonido Manchester habría nacido ese 1976 por iniciativa de un par de estudiantes de Humanidades e Informática: Peter Campbell McNeish (alias Peter Shelley) y Howard Trafford (alias Howard Devoto), seguidores de David Bowie, Brian Eno, Kraftwerk y The Velvet Underground, quienes al fundar su propio grupo, los Buzzcocks, se pusieron en contacto con el manager de los incipientes Sex Pistols, Malcolm McLaren, para proponerle abrir el concierto en el que Rotten y sus amigos debutarían. Pactaron el 4 de junio en el Lesser Frizz Trade Hall. Por azares del destino –o por falta de baterista–, los Buzzcocks no pudieron tocar, pero Devoto hizo contacto con Tony Wilson, quien andaba por ahí. Le entregó un demo con su música y de ese mítico encuentro emergerían del subsuelo agrupaciones como The Fall, The Smiths y Joy Division, cuyos integrantes también asistieron al concierto (entre otros, estaban ahí Ian Curtis, Bernard Sumner, Mark E. Smith, y hasta un muy joven Morrisey) e hicieron lo mismo con sus demos: entregárselos a Wilson.
Este fue el germen protozoario de Factory Records, cuando las propuestas musicales de aquellos músicos mataron violentamente a los clásicos del pasado, para luego resucitarlos. La claridad surgió de la destrucción. Sólo al oír lo antiguo, pudo revelarse lo nuevo. Un pasado obliterado y el llamado No Future.
Se dice que el nombre de Factory Records es un homenaje a la legendaria Factory de Andy Warhol en Nueva York. No obstante, al ser la discográfica productivamente más grande que el bodegón de juergas de Warhol, Wilson negó siempre toda relación y dijo que el nombre provenía del viejo letrero de una fábrica clausurada.
Factory Records, además de estudio de grabación, funcionaba como club y se convirtió en la casa de las presentaciones de Joy Division. Funcionó así durante cuatro meses, hasta que una noche de junio cerró con un concierto de un Ian Curtis susceptible y deprimido en demasía. Ya conocemos el resto. “No había más gente en el público que en el escenario, pero fue el día en el que Joy Division comenzó a sonar como el Joy Division que conocemos”, contó después el periodista Paul Morley.