El regreso de 316 Centro

Es domingo, día de descanso, y bueno: ya estás otra vez en la calle, montado sobre un pesero que te habrá de llevar al metro para luego llegar al Foro Indie Rocks, donde hoy, tardíamente debido a la pandemia, finalmente arranca la tercera temporada del 316 Centro que en esta ocasión ha salido de su ubicación tradicional en el centro de la ciudad, para alojarse en la colonia Roma.

Domingæ. Fotografía: Carlos Oliva

Hay rastros de flojera –en realidad son abundantes– y has hecho lo posible por llegar cuando ya haya comenzado la actuación de Ben Zar, alguien a quien desconoces y cuyo set te suena a electrónica de la old school. “Hace falta pulirlo”, piensas, pero te guardas el comentario porque en esta ocasión te has lanzado solo al lugar.

Unos 20 minutos después, mientras esperas la actuación  de Interspecifics, una chica pasa –es Paloma López, integrante del colectivo, quien esta vez prefirió abstenerse de estar sobre el escenario para asegurarse de que todo saliera según lo planeado– y susurra a los asistentes que su performance se escuchará/sentirá más si lo hacemos sentados, porque las frecuencias bajas serán mejor percibidas por el cuerpo.

Le hago caso. En realidad me hace falta una silla: ha sido un fin de semana accidentado, de mucho movimiento y abundantes líquidos. Lo idóneo no es cerrar con un concierto dominical, pero también es cierto que hay carteles a los cuales no puede dárseles la vuelta.

316 Centro. Fotografía: Carlos Oliva

A los pocos minutos, mi cuerpo comienza a vibrar, a cimbrarse ligeramente. Amparado por unos sugestivos visuales, la música de Interspecifics (Leslie García, Felipe Rebolledo) comienza a construir el relato de un mundo oscuro –tal vez no tétrico, pero sí misterioso– y nosotros comenzamos a sumergirnos en él. Es un universo de atmósferas de gravedad cero que nos lleva a olvidarnos de las frecuencias bajas; aunque no del todo, porque ocasionalmente mi cuerpo nuevamente retumba, de manera tenue, pero lo hace.

Esa oscuridad de pronto es rota por un sonido melódico, un rayo de luz que atraviesa esa densa oscuridad, pero no aligera nada porque pronto se contagia y el tono de nuevo se vuelve ominoso, casi siniestro.

Esta música es nueva, pero arrastra una carga milenaria que se refuerza con los sampleos de voces, cuya inteligibilidad se diluye en el espacio porque ha rato que los aquí presentes estamos en un viaje, flotando en un vacío donde los pilotos están de negro, aunque en la camiseta de Felipe aparece una leyenda en letras blancas (SETI, Search for Extra Terrestrial Intelligence) muy ad-hoc para el momento.

Son 40 minutos –aproximadamente– en los que se lleva a cabo un trayecto por mundos oníricos, una sensación reforzada por los visuales de la pantalla, en grises y negros que, como uno, también viajan, se mueven cual si fueran nubes en una película de Francis Ford Coppola.

Interspecifics. Fotografía: Carlos Oliva

Al final, el descenso es lento, pausado. La nave aterriza, hemos llegado y estamos listos para lo siguiente.

Domingæ es una parte de Follakzoid y acaba de lanzar su debut en solitario (AE, Sacred Bones), pero si en su grupo nodriza visita los márgenes del krautrock y toca tangencialmente la sicodelia, para adentrarse en estados hipnóticos y repetitivos, esta noche aparece con su laptop y otros gadgets e inicia un live set de beats profundos y retumbantes, espaciados, que crean una atmósfera oscura, como si fuera un eco de los páramos a los cuales Interspecifics nos llevó antes.

Es una ligera aura motora de ritmos que se van trenzando mientras ella, en medio de la oscuridad, apenas es flanqueda por un par de haces de luz y bañada por una  tenue nube de humo.

El set no es siniestro o tétrico, pero sí denso, al menos los primeros minutos; sin embargo, pronto comienza a metamorfosearse y da paso a pulsos tribales, beats mecánicos, machacantes y finalmente Domingæ nos traslada a un entorno totalmente lúdico, festivo.

En el extásis, porque hace rato que nos hemos instalado allí, ella toma su botella de agua y baña a los asistentes que, frenéticamente, bailan al frente. El resto de la noche es celebratorio y no importa si esto se ha hecho antes o si es un atisbo del futuro. Lo que vale la pena y ante lo que hay que dejarse arrastrar es ese contagioso ritmo que impele a mover los pies y sacudir el cuerpo.

Mañana, mañana será otro día y ya se verá. Hoy, la nueva, es que el 316 Centro regresa a la circulación.

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Publicado en: Reportajes