Este fin de semana se cumplieron 50 años del célebre Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, el cual tuvo lugar el 11 y 12 de septiembre de 1971 (coincidentemente también en sábado y domingo) y que representa un momento clave en la historia del rock que se hace en México, además de un hito de la contracultura (o cultura alternativa) nacional. Se trata de un acontecimiento que a lo largo de medio siglo sigue sin ser debidamente comprendido y que influyó de una u otra manera en los cambios sociales, políticos y culturales que vivió la sociedad mexicana en los decenios siguientes. En espera aún de un estudio serio y profundo sobre lo que significó aquel festival, he aquí mi testimonio personal acerca del mismo, texto (ligeramente corregido y aumentado) que publiqué hace diez años, en septiembre de 2011, en la sección “El ángel exterminador” de Milenio Diario.

Hugo García Michel (centro) en el estacionamiento habilitado para el festival de Avándaro. 11 de septiembre de 1971
En agosto de 1971, yo tenía dieciséis años. Durante los meses previos había estado escuchando en la radio (sobre todo en Radio Éxitos) y la televisión (en el programa La onda de Woodstock de Canal 2 que producía nada menos que Jacobo Zabludovsky) toda la promoción acerca del llamado Festival de Rock y Ruedas que se llevaría a cabo en Avándaro, Valle de Bravo, en el Estado de México. Moría de ganas de ir, pero veía pocas posibilidades de hacerlo.
Medios impresos, como las revistas Pop y México Canta, hablaban maravillas de las “bandas” que ahí se presentarían y que en ese entonces gozaban de gran popularidad. El Ritual, El Amor, Peace and Love, Bandido, Three Souls in My Mind, La Tinta Blanca, los Dug Dug’s, entre otros. En fin, muchos teníamos ganas de acudir a la gran tocada y no por la carrera de coches que también se anunciaba, sino por ese festival que de alguna manera reproduciría, a nivel mexicano, lo que dos años antes había acontecido en Woodstock.
Todavía el viernes 10 de septiembre, por la mañana, no sabía si podría ir. ¿De dónde iba a sacar los 25 pesos que costaba la entrada? ¿Cómo me iría, si tampoco tenía lana para pagar el autobús a Toluca y el camión a Valle de Bravo? Todo sucedió entonces de manera vertiginosa, intempestiva: mi primo Gustavo García Arróyave y su entonces cuñado, Víctor Michel (con quien ningún parentesco me unía), me propusieron irnos en la camioneta del segundo. Acepté de inmediato. No sé cómo demonios pude convencer a mi mamá (mi papá andaba de viaje) de que me dejara ir y me prestara (es un decir) 30 pesos. La cosa es que lo conseguí y a las seis de la tarde partimos rumbo al idílico encuentro rocanrolero.
Viaje sorprendentemente rápido y tranquilo. Antes de las diez de la noche, estábamos en los terrenos del festival. Emocionados, empezamos a recorrer el lugar. Miles de jipitecas (Enrique Marroquín dixit) poblaban la noche frente al gran escenario. No dormimos. Vagamos por aquí y por allá y así nos sorprendió el amanecer.
En la mañana del sábado 11, aquello era alucinante. Decenas de miles de chavos y chavas (más chavos que chavas) cubrían la amplia explanada silvestre que se extendía frente a nuestros ojos. Yo que en ese tiempo me sentía hippie, que traía mi larga greña, que creía en el lema “paz y amor” y que aborrecía al “sistema”, me sentía feliz de estar ahí, con tantos “hermanos y hermanas”. En algún momento me interné en el bosque y me crucé ¡con Carlos Baca!, director de México Canta y una especie de gurú para todos los que leíamos sus siempre “alivianados” (hoy diría que cursilísimos) textos. Recuerdo que cruzamos sonrisas y me sentí realizado (¡me sonrió el mismísimo Carlos Baca, no juegues!).
La vigilancia resultaba discreta. Pequeños grupos de soldados recorrían el sitio muy afables y, según se decía, incluso repartían cigarros de marihuana a discreción. En esa época yo practicaba el vegetarianismo, pero respecto a las drogas era fresísima y nada me metía.
Mientras tanto, en el escenario se presentaba una versión fonomímica y bastante aburrida de la ópera rock Tommy de los Who, por parte de una compañía teatral de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El sol pegaba a plomo. No recuerdo qué hicimos hasta el anochecer (seguíamos sin dormir), hora en que dio inició propiamente el festival. Abrieron los Dug Dug’s, siguió Epílogo y luego vino La División del Norte. Fue con esta banda, por ahí de las ocho de la noche, que ocurrió el instante más memorable: la aparición de la famosa “encuerada” de Avándaro.
Recuerdo bien el momento. Sin decir agua va, los reflectores del escenario apuntaron hacia uno de los camiones de Telesistema Mexicano (hoy Televisa) e iluminaron a una diminuta (desde donde yo me encontraba) chavita que bailaba en playera blanca y pantalones azules de mezclilla. De pronto, se despojó de la prenda superior y mostró sus pequeños pechos. Luego se quitó el pantalón y quedó en braguitas (rojas), mismas que ante los gritos desaforados (y machistas) de la multitud se bajó y volvió a subir en un movimiento que duró si acaso dos segundos. Eso bastó para volverla mítica.
Es lo último que recuerdo del festival. Llevaba más de treinta horas sin pegar el ojo y decidí irme a dormir “un ratito” a la camioneta. Desperté como a las diez de la mañana del domingo 12. Mis dos acompañantes se burlaron de mí por todo lo que me había perdido. Ni caso tenía lamentarlo. Ya no vi a Peace and Love, al Three Souls, a… Ni hablar.
El retorno fue de una lentitud supina, a vuelta de rueda prácticamente hasta Toluca, con miles de asistentes que regresaban a pie debido a la falta de transporte (no recuerdo si les dimos aventón a algunos). Sin embargo, a final de cuentas me sentí muy satisfecho. Sí, me quedé dormido y me perdí a varios de los grupos…, ¡pero pude ver a la “encuerada” de Avándaro!