Jazzorca: donde la música germina

Dicen que la Portales tiene su encanto y seguro debe tenerlo, aunque a veces éste no es el tipo de ensalmo al que te tiene acostumbrado el promedio: rutilante, brilloso, con algo de oropel, encandilador. En realidad, es una colonia más de esta urbe en donde, coincidentemente, el jazz de búsqueda tiene uno de sus principales bastiones, aunque sabes que para muchos de los habitantes de este barrio y de Ciudad de México, esto pasa desapercibido.

Jazzorca está sobre la avenida Municipio Libre, justo donde ésta comienza a elevarse para convertirse en el puente que atraviesa Calzada de Tlalpan, pero los vehículos que por allí transitan lo hacen tan rápido que es difícil notar la existencia del foro. Además, el letrero que antes permitía identificarlo ha desaparecido. En realidad, no hay seña alguna que haga que destaque este lugar. A los ojos de cualquiera, se trata de una casa habitación común.

No sé desde cuándo existe esta construcción, pero como Jazzorca comenzó a funcionar en 1994 y desde entonces ha registrado cambios físicos en la fachada o en su interior. Hace años, cuando iniciaba, tenía un aire cercano a una galería de arte, pero desde entonces la disposición en su interior se ha modificado. Hoy el espacio es más largo, pero su interior es sombrío. Al fondo está el escenario, tal vez de cuatro o cinco metros de ancho y con una altitud de unos cuarenta centímetros.

Fotografías: cortesía de David Cortés

Sin embargo, por este escenario han pasado incontables músicos nacionales y extranjeros (Hans Tammen, Toby Driver, Steven Brown, Tony Malaby, Akira Sakata, Marco Eneidi, Blaise Siwula, Ingebrit Hacker Flaten, Jeff Platz, Shelley Hirsch, entre otros) que han trazado, por los menos durante los últimos veinte años, los derroteros de la escena de vanguardia, el free jazz y la improvisación; porque si bien Germán Bringas es uno de los pilares de esas tendencias en nuestro país, también es cierto que al abrir Jazzorca y fomentar sus actividades, ha abierto las puertas a infinidad de talento, el cual ha logrado su crecimiento y autonomía, razón por la que el apelativo de Maestro le sienta a la perfección.

Quien asiste al foro enclavado en la Portales lo hace porque sabe que allí existe la magia, eso que a veces es imposible describir adecuadamente con palabras, pero que encuentra en ese sitio el fermento idóneo para su desarrollo. Cualquiera que haya estado en algún espacio similar (LUCC, Rockotitlán, El Alicia) entenderá de qué hablo: no es el lugar por el lugar, es lo que acontece allí, esa música que nace allí, justo en el instante la mayoría de las veces, es lo que transmuta esas paredes de color oscuro en algo luminoso que, cual alquimista, toma el plomo —en este caso el bronce de los metales— para convertirlo en oro. No encuentro una mejor analogía —y tampoco quiero buscarla— para describir lo que ha sucedido y sucede allí.

Un sábado por la noche, afuera del Jazzorca se respira expectativa. El cartel que comenzó a circular el lunes previo anunció a NON, una agrupación creada al calor de un comentario soltado al aire y que Germán Bringas recuperó para darle forma. Es un sexteto integrado por Remi Álvarez, Don Malfon y Germán Bringas en los alientos, Arturo Báez (contrabajo), Misha Marks (tuba y latarra) y Gabriel Lauber (batería). Pesos pesados de la improvisación que manejan la promiscuidad sin pudor de por medio y hoy aparecen allí, para después integrarse a otro combo. Llama la atención la presencia de otros músicos, una buena doble señal: por un lado habla de que hay un sector de la comunidad comprometido con su escena; por otro, su presencia es un indicador de que algo bueno habrá ese día. (Recomendación: procuré usted nunca estar junto a un músico demasiado comunicativo durante un concierto, puede arruinarle la noche con sus observaciones; tampoco haga caso de los comentarios de quien acaba de bajar del escenario y le dice que todo fue un desmadre, una verdadera mierda. Tal vez tenga razón, pero su perspectiva es muy, pero muy distinta a la suya y sí, es excesivamente autocrítico, seguro nada de lo que se escuchó le gustó, aunque usted, y con razón, esté maravillado).

El primer set arranca con Malfon en el alto, Baez y Lauber; a la izquierda del saxofonista, Remi Álvarez y Germán Bringas escuchan; el primero por momentos cierra los ojos, se balancea imperceptiblemente. Bringas espera y en el extremo opuesto, Misha Marks hace lo propio. ¿Qué esperan?, se pregunta uno. ¿Cómo saben el momento en que deben comenzar a “hablar”, a hacer sonar sus voces?

Cualquiera pensaría en que el todo ha sido ensayado previamente; pero no, arriba hay seis músicos que se han encargado de cultivar el arte de crear la música in situ, al momento, de hacerla crecer, y que lo hacen a sabiendas de que se trata de un riesgo, porque un giro en el momento equivocado puede hacer que la nave zozobre; pero hoy los astros se han alineado, ayuda que se conocen y si bien nunca lo han hecho con esta formación, sí en otras parecidas.

Cuando uno se percata, Remi Álvarez se ha unido y, al poco rato, el tenor de Bringas comienza a “farfullar”, a “regurgitar” y la gruesa voz de la tuba de Misha Marks empieza a retumbar y amenaza con opacar el “estruendo” de los saxofones. En realidad no hay estruendo alguno, porque los tres se escuchan, comienzan a interrelacionarse y la magia (ahora sí aplica el término) es ver cómo de la nada comienza a perfilarse esa dama tan gentil, pero también ocasionalmente veleidosa y siempre apasionada, que es la música.

Y es que ver también es importante, tal vez incluso tanto como escuchar, porque de pronto Lauber cambia de baquetas y comienza a generar otros sonidos o golpea con ellas la parte exterior de sus tambores, acaricia los platillos y Misha Marks golpea con las manos una parte de su tuba y Bringas dobla una pierna y la levanta para bloquear, “asordinar” el sonido de su saxofón y Báez se concentra tanto en su contrabajo que se enconcha y lo golpea con furia.

Porque sí, tal vez un requisito indispensable para degustar, saborear lo que ocurre sobre el escenario ese sábado es tener una amplitud de horizontes y no pensar que el jazz es sólo swing o saxofonistas que ejecutan solos cachondos para beneplácito de las señoras que jamás se han acercado al género, pero que cuando lo escuchan en un restaurante, piensan en él de manera chabacana, aséptica.

Transcurren cerca de 40 minutos y acaba el primer set. Parte del ritual es que se anuncie la continuación luego de un descanso, pausa que los presentes aprovechan para salir a la calle e intercambiar rápidas impresiones. Y éstas, en su mayoría van por el lado del asombro, del gozo de haber escuchado/visto algo único, algo que nació de la nada y que creció allí. Se ve tan sencillo, pero hay que evitar un juicio de esa naturaleza, porque los que están allí saben que se trata de músicos que han empeñado su vida en crear a partir de la libertad, de romper moldes hasta encontrar su voz, porque les recuerda tal vez la máxima esencial de estos encuentros: que llegar a un lugar como Jazzorca es encontrar y desarrollar su propia voz.

En el segundo set nada cambia… y todo es diferente. Misha Marks toma su latarra y se posiciona en el fondo del escenario. Habrá instantes en que él, Báez y Lauber inclinarán la nave a un todo más agresivo, cual si fuera un trío de poder, y ante ese vendaval sonoro la respuesta de Malfon, Álvarez y Bringas es igualmente enérgica. Hay tanta intensidad en esa segunda parte que contamina a un miembro del público, quien comienza a gritar para luego sacar un silbato y unirse. El detalle, curioso y simpático, se convierte en pesadilla cuando la intromisión del espontáneo se torna ruido; pero no deja de tener su moraleja: permite establecer claramente esa diferencia entre música experimental y el ruido como un elemento perturbador.

Afortunadamente, el improvisado “silbatista” se da cuenta de que su gozo alcanza el rango de intromisión y se repliega. La noche prosigue, lo poco que aún faltaba, y la sensación final —reiterada por los comentarios de los concurrentes— es de pasmo, de un silencio primario que después se torna río de palabras, verbos y calificativos.

En otro lugar del mundo, incluso en Estados Unidos, la cuna del mismo jazz, músicos como estos deben batallar para conseguir espacios; en Europa y en Japón, serían objeto de un gran reconocimiento, probablemente gozarían de becas y tal vez hasta un poco de fama alcanzarían; pero les tocó estar aquí y lo hacen sin mayor problema. Seamos entonces nosotros quienes otorguemos el premio que se merecen y éste es sencillo: hay que escucharlos, asistir a sus conciertos, comprar sus producciones, pagar lo justo.

Sí, apoyar a la escena local no es una frase hueca…, pero cómo cuesta trabajo que la mayoría de la gente lo entienda.

 

Una crónica sonora que acompaña y complementa este texto, puede escucharla, lector, aquí.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Crónica