Ha llovido todo el día. Ha escampado por momentos y justo ahora es uno de ellos, tiempo suficiente para pensar, por enésima vez, si vas o no. Más de uno, con seguridad, te diría: “Pero qué necesidad”. Efectivamente. “Qué necesidad”. Bien podrías quedarte en casa, poner la cafetera, tomar un libro y escuchar un CD en lugar de trasladarte 19 kilómetros a un punto de esta urbe para escuchar un ensamble del que apenas y tienes algunos indicios. Vamos, ni siquiera conoces el lugar, aunque el rumbo (el Centro Histórico) se antoja seguro…, si es que eso puede existir en esta ciudad.
No necesitas echarlo a la suerte. A tu mente llega eso que te repites constantemente: no importa lo apuesto que seas o lo atractivo que te consideres, ninguna mujer, ninguna, va a venir a tocar a tu puerta para buscarte, así que si quieres conocerla tendrás que moverte. Y vaya que esta mujer es especial, es con la que mejor te entiendes; ha estado contigo prácticamente desde siempre y sigues sin conocerla del todo, porque lo mejor de ella es que siempre es cambiante, impredecible.
Tal vez para algunos, el que pienses en la música como una mujer sea excesivo, pero no en vano en la mitología griega se le conocía como Euterpe, la musa de la música: “la de agradable genio”, “la de buen ánimo”. Así que si verdaderamente la deseas, habrá que moverse, sin importar la distancia y la hora.
Tomas el paraguas –en estos días el mejor amigo del hombre–, una chamarra y sales para buscar un pesero que te lleve al metro. Ha parado la lluvia, pero el horizonte, perlado por una gran nube negra, no anuncia algo bueno y sí, cuando finalmente llegas al metro “Bellas Artes”, hay gente esperando en la salida, señal de que nuevamente ha comenzado a llover.

Fotografías: David Cortés
Sales, caminas hacia Eje Central y de allí hacia Donceles. Entonces recuerdas la porosidad de las fronteras, porque esa aparente seguridad del Centro Histórico se revienta en cuanto llegas a Donceles y justo allí, aunque la arquitectura no cambia, la atmósfera se vuelve un poco turbia y sí, un ligero tufo a peligro perla el aire, ya sabes, ese aroma imperceptible para quienes suelen andar en vehículo, pero advertible para quienes suelen caminar la calle y saludar a la noche.
Las Vacas Verdes es una pulquería –de haberlo sabido previamente, tal vez hubieras desistido del viaje– sobre Eje Central, un establecimiento amplio, ruidoso, con música de banda y regaetón –Dios, parece que no hay lugar de esta ciudad donde esta música no te persiga– y que a esa hora no está lleno aún, así que le preguntas a un mesero por la tocada de jazz y éste te indica el fondo del establecimiento.
Obvio, si vas al sótano de Las Vacas Verdes, éste debe estar abajo, sólo que al mesero se le ocurrió indicarte, como te darás cuenta después, la peor de las tres escaleras que conducen hacia allá, porque cuando bajas, además de recordar a ese fotógrafo que dice cubrir la escena del rock nacional, pero jamás ha posado las plantas de sus pies en un lugar que no sea un festival y en backstage, la fragilidad de la escalera te hace pensar nuevamente en eso que te han repetido hasta la saciedad: pero qué necesidad.
El sótano es largo y en otro momento debió ser una gran bodega. El suelo no está resanado y en algunas partes hay charcos. Al fondo hay un escenario, amplio, de unos cuarenta o cincuenta centímetros de alto, donde cinco chicas terminan de hacer la prueba de sonido. Unas mesas ocupan parte del centro y las sillas son incómodas y si tienes mala suerte, al sentarte te puedes pellizcar una nalga cuando la separación de las tablas te aprisiona la carne.
No hay meseros allí, así que si quieres consumir tienes que subir a la barra y pedir algo. Afortunadamente venden cerveza. Mientras comienza el primer set, repasas el lugar y sí, es como todos los antros en donde algo, casi siempre bueno, ha de pasar. Vamos, si quieres una relación de los defectos, aquí hay una larga lista, pero sabes que así es esto. Aquí, como en otras partes del mundo, la música, esa que crece en el momento, no se da en los espacios bonitos o confortables. Pareciera que a esa chica, a la que tanto procuras y consientes, le gustara la mala vida, los lugares de mala catadura, incómodos, feos, desaliñados; pero también sabes que tiene buen tino porque lo has comprobado en otras partes del mundo. Ya sea en Nueva York, Berlín, Tokio, Los Angeles o Londres, la música comienza a germinar en sitios como éste y cuando se pervierte, cuando se hace conocida y se va con quien sea, entonces le gustan los lugares “bonitos”: Village Vanguard, Carnegie Hall, Hollywood Bowl, Auditorio Nacional, Foro Sol, etcétera, etcétera.

Sin embargo, que Las Ronronoise y Germán Bringas-Rodrigo Ambriz compartan escenario esta noche no tiene nada de circunstancial; se debe a que Juan Pantoja, quien había comenzado este ciclo de otras músicas antes de que comenzara la cuarentena, hoy finalmente lo retoma.
Las Ronronoise es un quinteto femenino, un ensamble de improvisación libre conformado por estrellas: Alda Arita y Piaka Roela (guitarras), Adriana Camacho (contrabajo), Sarmen Almond (voz, efectos) y Andrea Cravioto (batería). Cada una, además de trabajar en otras agrupaciones y en solitario, cuenta con grabaciones, todas ellas recomendables.
Tengo expectación por escucharlas y cuando finalmente comienzan a tocar, los velos, si es que aún había alguno, comienzan a caer. Claro que lo que primero suena es amorfo, casi una cacofonía, pero conforme el set avanza, las cinco comienzan a darle forma a la música y crean en mis oídos sonidos que van de lo hiriente –los menos– al goce absoluto. Entonces, la respuesta a esa pregunta que ahora se te hace francamente estúpida (“pero qué necesidad”) te llega de inmediato. Sí, estás allí para escuchar, pero también para ver, porque cuando Piaka Roela traza una atmósfera y Alda Arita le responde –ora con un ritmo, ora con una melodía– y cuando ésta quiere agregar una nueva voz al todo y toma la trompeta, entonces la música tiene algo de rock en oposición sin dejar de ser experimental.
Mientras eso sucede, Adriana Camacho percute su contrabajo, lo “maltrata”; sus dedos se mueven con velocidad e imprimen fuerza al sonido. Cuando se “cansa”, toma el arco y frota las cuerdas, las golpea, le tiende ideas a Cravioto quien, desde su batería, responde y tal vez no sea tan espectacular en sus respuestas, pero sí que ha ido ganando seguridad conforme avanza la presentación. Desde uno de los extremos Sarmen Almond juega, gimotea, susurra, grita con su voz, la despliega como ese instrumento que ha desarrollado en años y el todo crece, crece en intensidad, alcanza picos y baja para encontrar una sima –en medio de ésta, de manera surrealista, la gritería y la música del piso superior se cuela– preparatoria para la búsqueda de un nuevo clímax: ¿podrán superar lo alcanzado hace unos minutos?
Lo maravilloso de estar allí, lo recuerdas de nuevo, es ver cómo la música germina, cómo florece en el momento. No es una casualidad, te aclaras, no es fortuito. En realidad lo que estás viendo-escuchando no es un milagro, sino resultado del trabajo de años de cada una de ellas y que –aquí sí que aparece la magia– crece porque entre las ejecutantes se ha dado ese puente invisible que les permite comunicarse, construir diálogos, “conversar” sin trompicones y fabricar un discurso no siempre coherente, pero que al final sí que tiene un rostro y en el que surge la espontaneidad que desaparece la “fealdad” del espacio, su incomodidad, para dotarlo de una nueva aura, de ese matiz que sólo la música surgida en el momento puede conseguir.
No me he repuesto del todo de la sorpresa cuando la dupla Germán Bringas (saxofones) y Rodrigo Ambriz (voz y efectos) toma por asalto el escenario. Y literalmente es por asalto, porque el primer sonido de Germán Bringas es un agudo grito, una nota que demanda atención y lo logra. Durante los cuarenta minutos siguientes, el dueto nos llevará por un accidentado terreno.
Bringas ha crecido enormidades, es uno de los mejores saxofonistas de este país, un improvisador que gusta de los retos y Ambriz ha aprendido a recoger el guante y a devolverlo, de tal manera que aquí presenciamos un diálogo en el cual a veces se “disputa” por la supremacía. Es en estos momentos que parece ser una lucha, no una convivencia, pero a poco uno se percata de que sin llegar a ser del todo una estrategia, es la manera en la cual este par se comunica entre sí y transmite su sentir a los presentes.

Si Bringas ha rato que pasa por los escenarios en plan monstruo, Ambriz no le va a la saga y juntos son una explosión. El saxofonista lanza una propuesta y Ambriz la recoge, la expande, su voz es un instrumento que aúlla, regurgita, lastima, crea incisiones y marcas en los oídos y cuando utiliza sus efectos expande el sentido de esa garganta que a veces es el estertor de un ente prehistórico para luego tornarse en el presagio del futuro, mientras Bringas acomete no sólo uno, sino dos de sus saxofones y parece invocar la furia de mil demonios, convocar a los elementos naturales a una conflagración. ¿Exagerado? Tal vez un poco, es lo que suele suceder cuando se está frente a una música-mujer que de pronto se sabe liberada y encuentra inusitadas formas de expandirse, incluso para ella misma.
Si no es a partir de la hipérbole, ¿cómo hablar de aquello que hace minutos era apenas una idea y de pronto comienza a materializarse? Es el milagro del nacimiento, la evolución de algo intangible, pero que lacera los sentidos hasta dejar allí su huella.
¿Dónde estás? ¿Cómo dices que se llama el lugar? Ah sí: es el sótano de Las Vacas Verdes. ¿Sabes?, tiene ese algo indefinible que te hará volver a él; pero más magia tiene la música y, a donde ella te invite, seguro allí estarás.
PS: Una crónica sonora que acompaña y complementa este texto, puede escucharla, lector, en:
https://soundcloud.com/user-46200779/cuando-la-musica-germina-cs1