La cita es en el X-Teresa, un sitio ideal para celebrar fiestas de XV años, si recordamos que estamos en lo que antiguamente fuera un convento; aunque en esta ocasión no se oficiará misa, sino una reunión de amigos que cumplen tres lustros de haberse juntado por vez primera para hacer música de vanguardia, algo todavía inusual en un país que, deseoso de insertarse en las tendencias actuales de la experimentación, no termina por generar los espacios culturales necesarios, salvo excepciones, para fomentarla.
Cierto, Generación Espontánea llega a sus quince años y en todo ese tiempo los conciertos que ha ofrecido son pocos, porque cuadrar las agendas de sus integrantes y encontrar un espacio para coincidir no es sencillo; de allí la expectativa de los pocos que, por las condiciones sanitarias imperantes, han logrado acudir al lugar.

Fotografías: Erik Mares
Wilfrido Terrazas en la flauta y Ramón del Buey en el clarinete bajo abren la tarde y marcan el tono de lo que vendrá: exploración pura, diálogos que parecen no conducir a parte alguna, en los que las voces a veces se enciman y otras tardan en responder. Sin embargo, poco a poco se teje una forma, aunque cuando esta surge y alcanza su clímax, ambos reculan y ceden el lugar a Darío Bernal en percusiones, Misha Marks en la tuba y Alexander Bruck en la viola.
Los tres llevan a cabo una búsqueda sonora en la cual los exabruptos y la energía están contenidos. Durante su set no llegaremos a ninguna explosión y, sin embargo, hay momentos en los que la interrelación lograda genera una atmósfera enrarecida que se diluye por momentos, cuando alguno de ellos sobresale en el todo; pero estas ocasiones son escasas, porque los sonidos tenues y las técnicas extendidas son la dominante.

El momento de las cuerdas llega y Natalia Pérez Turner no deja dudas acerca de lo que hace con su cello; en cambio, en el caso de Fernando Vigueras no hay claridad acerca de los artilugios que utiliza. Sobre un pedestal de madera hay un pequeño salterio amplificado, alterado con algunas cuerdas en tensión y otras sueltas, además de dos arcos para cuerda, un diapasón y otros aditamentos electromecánicos que si ya resultan extraños por sí mismos, lo son más cuando él los manipula. Pareciera que al frotar los arcos, más bien tratara de destruirlos, romperlos, mientras en la mesa las cuerdas en tensión giran y producen extraños sonidos. A su derecha, en el medio, Pérez Turner hace hablar a su cello y de él extrae los sonidos más musicales del set; aunque el todo no abandona la densidad, es difícil de asimilar, una experiencia nueva, sorprendente para todos los presentes.
El turno siguiente es para los chambelanes de la tarde, como los describiría Wilfrido Terrazas: Sarmen Almond en voz y efectos y Remi Álvarez en el sax tenor. Ella ha alcanzado una gran técnica que expande electrónicamente; se pone de puntas, baja, a veces se dobla un poco, agita la mano y todo eso lo hace para enfatizar lo que emana de su garganta que ya es en sí prodigioso, pero que extiende con los electrónicos que aplica por instantes. Álvarez se articula perfectamente con ella, pareciera que se han encontrado anteriormente y con su sax crea unos sonidos que llaman la atención por su tono tan especial, lo cual es una característica de la tarde, pues cada uno de ellos está decidido a hacer que sus instrumentos produzcan sonidos muy diferentes a los acostumbrados.
La siguiente intervención la hacen los nueve en pleno, pero no deja de tener algo de extraño. Wilfrido Terrazas desde el fondo utiliza unos pequeños platillos para generar sonidos; Ramón del Buey echa mano de técnicas extendidas, al tomar su clarinete bajo; Natalia Pérez Turner, Fernando Vigueras y Darío Bernal permanecen en su sitio, pero Misha Marks, Alexander Bruck, Sarmen Almond y Remi Álvarez comienzan a moverse. Al principio son movimientos cautelosos, dubitativos, pero una vez que encuentran su ritmo, llegan a un vals, se trasladan de un extremo a otro y esas transiciones de espacio, esa rotación constante que llevan a cabo, crea vaivenes de sonido, capas que se entremezclan y lo que surge de esa comunión es lo más interesante de la tarde, la comunicación más fructífera gestada, 15-20 minutos en los cuales la interrelación de los nueve es total y alcanza las cuotas artísticas más altas y confirma a Generación Espontánea como uno de los ensambles de improvisación-vanguardia más interesantes del país.

La ovación tributada no es para menos. Los últimos minutos en el X-Teresa son relajados, un encore perlado de humor, al acometer el grupo un vals, el vals de sus XV años, pero éste nunca termina de cobrar forma, es disonante, cacofónico en instantes y habla más del relajamiento que en ese momento se permite la agrupación una vez concluida la tarde, una en la que unos pocos afortunados lograron atestiguar la declaración de este ensamble que al crear música hace honor a su nombre: surge por Generación Espontánea.
El clarinetista es Ramón del Buey, no Rodrigo
El clarinetista es Ramón del Buey, no Rodrigo. Saludos.