Sonido Clúster, el ritual musical de la periferia

Los elementos lumpen y las celebraciones llenas de sincretismo religioso en las zonas periféricas de Ciudad de México son aspectos que se reflejan en la música de Sonido Clúster, banda autodefinida como “experimental” que irrumpió en el panorama sonoro capitalino a finales de 2016 y desde entonces ha tenido un crecimiento constante respecto a su impacto mediático y su calidad técnica.

Malembe (voz, cuatro y sintetizador), David Ketzal (guitarra y noise), Lu Blue Noc (bajo y coros), Rubén Jiménez (batería) y Melina Mendoza (congas, percusiones menores y voz) son los responsables de este proyecto que, ante sus escuchas, busca generar una “experiencia ritual” para despertar la “energía colectiva”.

“Todo comienza con que los cinco integrantes del proyecto vivimos en las periferias de la ciudad, lo que viene siendo Tláhuac, Iztapalapa y Xochimilco. Ahí está muy viva la situación folclórica. A lo mejor no es tradición oral, pero hay ciertas sensibilidades que vas adoptando; tan sólo que digan que Xochimilco es el lugar donde nacieron todas las flores, te empieza a meter esta semillita de que hay cosas espirituales, más allá”, cuenta Ketzal, también integrante del ensamble Futurología, sobre el génesis de Sonido Clúster.

Fotografía: Stella Cerezo, cortesía de Sonido Clúster

Por su parte, Malembe, venezolano y rostro más visible del proyecto, ahonda en lo dicho por su colega: “En Tláhuac cada año hay un carnaval donde bailan los demonios, vestidos de santos, de mujer, de todo tipo de cosas que se despersonalizan y se vuelven parte de un personaje”.

Como el personaje de Julián José ‘El Niño Santo’, leyenda urbana del barrio de San Lorenzo Tezonco, Iztapalapa, y protagonista del primer EP de la banda, Exhúmame en Tezonco (2020).

La mitología de un disco

Con Exhúmame en Tezonco, disco de nueve temas que contó con la participación de José Álvarez (Oxomaxoma), Sonido Clúster acrecentó la mitología que comenzó a desarrollar a partir del lanzamiento de su primer sencillo, “Niño Santo”, en diciembre de 2018.

“La idea es que este universo, como tiene mucho que ver con la magia, con los entes, se puede extender a otros personajes y otro tipo de historias”, señala el vocalista.
Destaca que este interés en rituales y figuras de fervor surgió, tanto para Malembe como para Ketzal, en sus respectivas infancias.

“Durante toda mi infancia me señalaron que la Virgen de Guadalupe y los santos eran el demonio, por eso me gustaba meterme a las iglesias a ver a las figuras católicas, era de: ‘Esto que estoy haciendo está mal’. Me llama mucho la atención la fe; soy una persona que no cree como tal si me ponen la figura de la Virgen, pero sé lo que representa y creo en la fe de las personas”, revela Malembe. 

Por su parte, Ketzal relata que “la iglesia sí me latía, porque me gustan las historias en general y son historias súper locas, con un nivel de abstracción muy cabrón. Después conocí el rock, me adentré en todo eso y comencé a comprender lo que representaba la espiritualidad en la música: poder tener algo dentro de ti y expresarlo por medio de un instrumento. Después fui dándome cuenta que lo que la gente intenta encontrar en la Biblia o así, muchas veces lo tienen dentro”. 

Además, el aspecto espiritual no sólo se refleja en las creaciones de Sonido Clúster, también permea el funcionamiento de la banda.

“La honestidad es muy importante. Nosotros buscamos tener un espacio seguro en torno a la música, pues todas las ideas son buenas hasta que se demuestre lo contrario. Los conciertos son un ritual, entonces tenemos la onda de no pensarnos como individuos sino como el Clúster; no es entrar en un personaje, es entrar en esta comunidad”, afirma Malembe.

Raíces y realidades

“Ha sido aprender a los putazos. Nos hemos caído, nos hemos peleado, pero algo que ha estado chido es llegar a un diálogo después de esos problemas, porque entendemos que Clúster es más grande que nosotros y nuestro ego”, dice el vocalista sobre el camino de la agrupación.

Uno de los aspectos que más sinsabores ha dejado entre los cinco músicos, quienes se inspiran en The Mars Volta, Porter, Orestes Gómez, Nathy Peluso y Willie Colón, es cuando un tema no tiene la repercusión esperada en el público y los medios. Así lo explica Malembe: “Bad Bunny saca un video y tiene un millón de reproducciones en chinga; entonces, se nos hace cabrón ver números tan grandes que no nos hace darnos cuenta de que quince personas ya son un chingo de personas. Es muy importante que reconozcamos los logros que hemos tenido. Porque es algo que luego nos deprime, el asunto de ‘saqué mi disco y no fue súper recibido’”.

Ambos músicos señalan que en lo inmediato planean seguir trabajando en canciones y aprovechar la paulatina reapertura de los foros, para seguir cimentando su show en vivo. A largo plazo planean “vivir de Clúster y sacar varo para seguir invirtiendo, porque nuestra idea es continuar haciendo cosas, seguir haciendo música con lo que generemos”.

Respecto a qué es lo que diferencia a Sonido Clúster de otros proyectos experimentales presentes en el panorama, Ketzal dice que “lo que nosotros queremos hacer es fijarnos en nuestras raíces, pero también en nuestras realidades más duras; nuestra realidad de salir a la calle y pasar por un puesto de tacos donde están escuchando una cumbia, después subir a un taxi donde el conductor es metalero y tiene unas rolas de Luzbel y entrar a un restaurante donde tienen el ‘Jarabe tapatío’. Esa es la verdadera realidad que alimenta nuestro pensamiento. Todo objeto que existe en nuestra realidad puede funcionar para ser arte, para ser música”.

“Intentamos ser honestos con nuestra música y tomar lo que es real, lo que es nuestro, y llevar ese mensaje a la gente: que busquen lo que está más cercano a ella”, concluye Malembe.

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Publicado en: Reportajes