Para Mó Samantha, zeppeliniana de cepa,
luego de tantas sesiones de escucha.
Decir Led Zeppelin es decir muchas cosas. Es hablar de una de las grandes leyendas del rock, de una agrupación que en sí misma sintetiza todo lo ha sido este género a lo largo de más de seis décadas. Desde su música —nacida del blues y mezclada con elementos de la psicodelia, el folk, el rock duro, las tonalidades de India y Medio Oriente— hasta los excesos en los cuales sus integrantes se vieron envueltos durante los doce años que duró la aventura —pocos como ellos podrían decir que llevaron hasta sus últimas consecuencias la famosa sentencia de sexo, drogas y rocanrol—, Led Zeppelin no sólo fue una banda de rock, fue la encarnación misma del rock en una de sus épocas más turbulentas y delirantes.
Creador de obras clásicas y fundamentales, piedra de toque para infinidad de agrupaciones que lo siguieron, iniciador de lo que más tarde sería conocido como heavy metal, el zepelín de plomo surcó los cielos más claros y los más borrascosos, desafió los climas más tempestuosos y adversos, para surgir avante con una serie de álbumes y composiciones que forman parte de la educación sentimental y por supuesto musical de varias generaciones.
A más de 40 años (42, para ser exactos) de la aparición de su último disco en estudio, Led Zeppelin sigue sonando actual, pleno y vigente. La herencia de Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham está ahí, para quien quiera oírla y disfrutarla. Cada uno de ellos contribuyó para hacer de la música del cuarteto algo singular y reconocible. La guitarra majestuosa de Page, la voz extraordinaria de Plant, el aplomo del bajo y los teclados de Jones y el potente estruendo de la batería de Bonham se conjuntaron para producir una unidad que, literalmente, sólo la muerte pudo destruir.
Led Zeppelin está aquí, sigue aquí, vivo y explosivo, fuerte y conmovedor. “It’s been a long time since I rock and rolled”, cantaba Robert Plant hace exactamente medio siglo. En efecto, ha sido un tiempo largo, pero un tiempo que permanece y permanecerá.
Afortunadamente.

Fotografía: Heinrich Klaffs bajo licencia de Creative Commons.
1. Led Zeppelin (Atlantic, 1969)
Un álbum debut apabullante. Mejor conocido como Led Zeppelin I, este disco puso de golpe al grupo en las ligas mayores del rock, gracias a un sonido contundente que retomaba muchas cosas de la última etapa de los Yardbirds (en la que Jimmy Page había sido protagonista principalísimo) y las fundía con un blues electrificado tocado a la máxima potencia, como sólo tal vez The Jimi Hendrix Experience, Cream o el Jeff Beck Group lo podían tocar, pero con un añadido extra: la voz de Robert Plant, capaz de alcanzar notas a las que sólo voces femeninas como la de Janis Joplin o la de Tina Turner habían sido capaces de llegar. Con riffs memorables, solos espectaculares y una sección rítmica poderosísima, los nueve temas que conforman esta obra (seis originales y tres covers) sentaron las bases no sólo de lo que sería esta agrupación durante los años siguientes, sino de lo que sería el hard rock de ahí en adelante. Desde la inicial y hasta pop roquera “Good Times Bad Times”, el escucha sabe que está frente a algo nuevo y diferente, cosa que se reconfirma con la bellísima “Babe I’m Gonna Leave You”, tema folk tradicional al cual el Zeppelin revistió de electricidad pero con una base de guitarras acústicas, haciendo de ella un antecedente de clásicos como “That’s the Way” y “Stairway to Heaven”, así como de multitud de power ballads de cientos de grupos metaleros. “You Shook Me” y “I Can’t Quit You babe” son un par de blueses originales de Willie Dixon, arreglados de manera incendiaria por Page (el diálogo entre la guitarra de éste y la voz de Plant en la parte final de “You Shook Me” es hoy legendario), mientras la explosiva y casi pre-punk “Communication Breakdown”, la semiacústica “Your Time Is Gonna Come”, la instrumental y de influencias celtas e hindúes “Black Mountain Side” y la contagiosa “How Many More Times” son composiciones originales, al igual que la enigmática y extraordinaria “Dazed and Confused” (cuya autoría nunca ha estado del todo clara). Un disco monumental que apenas anunciaba lo que estaba por venir.
2. Led Zeppelin II (Atlantic, 1969)
Grabado prácticamente al vapor y en condiciones muy poco propicias, en medio de la primera gira del grupo por los Estados Unidos, el segundo opus de Led Zeppelin resultó, a pesar de los pesares, no sólo una obra maestra del rock duro sino una de las piedras fundacionales del heavy metal. Tan bluesero y pesado como su antecesor, Led Zeppelin II significó sin embargo un avance, pues contiene una mayor sofisticación y no sólo en las canciones semiacústicas (la preciosa “Thank You”, la emotiva “Ramble On”, la sensual “What Is and What Should Never Be)”, sino también en los cortes de riffs agresivos (el premetalero “Heartbreaker”, el movidísimo “Living Loving Maid [She’s Just a Woman]”) o en los esplendidos blueses (el cachondo “The Lemon Song”, el cover fantástico a “Bring It on Home” de Willie Dixon). Sin embargo, fueron dos temas en especial los que más trascendieron de este disco. Primeramente, el restallante “Whole Lotta Love”, con su seco e inconfundible riff de cinco notas. “Mucho amor” (como se conoció en México) era en realidad una composición de Willie Dixon, pero el zepelín lo retomó un tanto a la mala y lo grabó sin la autoría respectiva y con el crédito de Bonham, Jones, Page y Plant. Posteriormente, una demanda haría que el apellido Dixon fuese incluido al lado de los otros cuatro (algo que aconteció de igual manera con “Bring It on Home”). Problemas legales aparte, “Whole Lotta Love” es pieza clave en la trayectoria de Led Zeppelin, en especial por la parte intermedia, un coctel de efectos de sonido que en algo recordaba las experimentaciones de los Beatles en “Revolution No. 9”. Por otra parte, “Moby Dick” llevó a John Bonham a los primeros planos, con el impresionante solo que lo convertiría en uno de los bateristas más respetados de la historia del rock. Sin poseer la frescura y el eclecticismo del primer disco, Led Zeppelin II fue no obstante más influyente para los jóvenes músicos que en los setenta irrumpirían en la escena del hard rock en general y del metal en particular.
3. Led Zeppelin III (Atlantic, 1970)
Led Zeppelin trató de cambiar la dinámica con la cual había producido su segundo disco, hecho prácticamente al vapor —lo que no le restó genialidad—-, y buscó tener más tiempo y mayor tranquilidad para escribir, preparar, arreglar, grabar y post producir los temas. Además, el énfasis fue mayor hacia lo acústico y lo melódico, sin dejar de lado la explosividad de las piezas duras. Con influencias notorias del folk británico, Led Zeppelin III fue una obra incomprendida en su momento, pero revaluada con creces gracias a la perspectiva que da el tiempo. Así, lo que en 1970 se juzgó como un álbum débil y hasta intrascendente, hoy puede ser visto como una joya plena de belleza y profundidad. Composiciones como la tradicional “Gallows Pole”, con su intenso crescendo, la hermosa “Tangerine” o la tierna “That’s the Way”, son muestras claras de los nuevos horizontes buscados por el cuarteto, en especial por Jimmy Page y Robert Plant, mientras que la fuerza eléctrica seguía con temas como la intensa “Immigrant Song”, la rítmica “Celebration Day”, la potente “Out on the Tiles” y, sobre todo, ese intenso blues lento en tonalidad menor que es “Since I’ve been Loving You”, canción de amor desgarrado y reclamante (“Working from seven to eleven every night / It really makes life a drag / I don’t think that’s right / I’ve really been the best of fools / I did what I could / ‘cause I love you, baby… / But baby, since I’ve been loving you / I’m about to lose my worried mind”). Mención aparte merece la portada móvil del disco, idea de Page que fue una novedad en esos días.
4. Led Zeppelin IV (Atlantic, 1971)
La piedra de toque de Led Zeppelin y uno de los discos más importantes en la historia del rock. Conocido popularmente como Led Zeppelin IV, el álbum sin nombre es una obra maestra de principio a fin. Con una sabia mezcla de rock duro, blues, folk y hasta entrañable rock’n’roll a la Little Richard, este trabajo inauguró el estilo de lo que se llamaría heavy metal. No es sin embargo un trabajo que haya surgido de la nada, ya que continúa y perfecciona lo hecho en sus tres viniles anteriores, sobre todo en el injustamente despreciado opus III. Épico, místico, majestuoso, sólidamente perfecto, este cuarto disco va de la rítmica y contagiosa sencillez de la rocanrolera “Rock and Roll” a la dulzura de la sutil “Going to California”, de la pesada complejidad de la contundente “Black Dog” al potente sentido bluesero de la apocalíptica “When the Levee Breaks”, de la divertida y crítica ironía antihippie de “Misty Mountain Hop” a la magia folky de la epopéyica “The Battle of Evermore” (con la hermosa voz de Sandy Denny, primera persona invitada en un disco del grupo) y del sentido funk de la inventiva “Four Sticks” a la grandeza sin igual de la inigualable “Stairway to Heaven”, síntesis de todo un álbum de proporciones colosales. Mención aparte merece la ya señalada “When the Levee Breaks”, impresionante recreación de un viejo blues de la compositora y cantante Memphis Minnie, al cual Led Zeppelin reviste de poderío con un arreglo escalofriante en el que las guitarras de Page, la batería de Bonham, el apoyo del bajo de Jones y la voz y la armónica de Plant se funden de manera prodigiosa para levantar una torre de sonido que crece imparable y estalla en una lluvia de fuego musical que es digno final para este álbum sempiterno.
5. Houses of the Holy (Atlantic, 1973)
Si el cuarto álbum de Led Zeppelin no hubiera existido, Houses of the Holy habría sido considerado como un trabajo sobresaliente. Sin embargo, la sombra de su fastuoso antecesor lo afectó de tal modo que para muchos pasó casi inadvertido. Ambos discos son muy parecidos desde un punto de vista estructural y hasta por el tipo de canciones que incluye. De hecho, en éste hay una mayor sofisticación en los arreglos y un múltiple y más elaborado uso de las guitarras. No obstante, la obra cojea en su falta de uniformidad, ya que al contrario del álbum sin nombre, estas Casas de lo sagrado muestran cuando menos tres temas que de una u otra manera desentonan por su dudosa calidad artística. Hablo en específico de “D’Yer Mak’er” —un reggaecito bastante bobalicón y prescindible que en México se conoció como “El tintero” (¡!) y logró cierto éxito—-, “Dancing Days” —tonada un tanto amanerada y vacua— y “The Crunge” —fallida incursión en el funk a la James Brown—, mismos que se encuentran muy por debajo de los niveles que el zepelín podía alcanzar. En cambio, hay en Houses of the Holy composiciones que pueden considerarse entre lo mejor que el grupo hizo jamás, sobre todo la maravillosa “The Rain Song” (la “Stairway to Heaven” de este disco), pieza de una finura, una elegancia y una sensibilidad realmente exquisitas; la sensacional “The Ocean”, dura, irónica, propositiva; la estupenda “Over the Hills and Far Away”, una mezcla perfecta entre folk y rock duro; la misteriosa “No Quarter”, con sus atmósferas siniestras e inquietantes; y la introductoria “The Song Remains the Same”, explosiva y llena de vaivenes, exploratoria y variada. A pesar de las letras a menudo pretenciosas y poéticante fallidas de Robert Plant —su espléndida forma de cantar no corresponde en muchas ocasiones con su debilidad literaria—, en lo musical es este un disco formidable.
6. Physical Graffiti (Atlantic, 1975)
Physical Graffiti es a Led Zeppelin lo que Exile on Main Street es a los Rolling Stones: un variado y muy rico álbum doble consagratorio. Y si bien no alcanza una total regularidad a lo largo de sus quince cortes, tiene la suficiente calidad como para no caer en los hoyos de Houses of the Holy. Desde el arranque del restallante lado A, con la muy logradamente funky y provocativa (nada que ver con “The Crunge”) “Custard Pie” (con una letra de doble sentido que no se escuchaba desde “The Lemon Song” del Led Zeppelin II) nos damos cuenta de que estamos ante un trabajo muy sólido, lo que se confirma con la dura y sacudidora “The Rover” y la extraordinaria y no menos pesada “In My Time of Dying”. El lado B apuesta más al terreno melódico, al abrir con la prácticamente popera “Houses of the Holy” (sí, el mismo título de su disco anterior), aunque revira hacia una especie de homenaje al “Superstition” de Stevie Wonder (con “Trampled Underfoot”) y culmina con la señera “Kashmir”, otra de las cumbres de la obra ledzeppeliniana, con sus aires árabes y sus profundos paisajes sonoros. El arreglo ascendente y descendente, obsesivo e hipnotizante, arrastra al escucha y lo conduce por místicos parajes en donde todo es nuevo y sorprendente. El segundo disco, con sus lados C y D, apuesta por cierto eclecticismo y la variedad de estilos de las once composiciones que los conforman va de la incursión hinduista de “In the Light” a la modesta belleza acústica de la instrumental “Bron-Yr-Aur” (sic), del claro homenaje a Neil Young (hasta en el título) de “Down by the Sea Side” a la tristeza conmovedora de “Ten Years Gone”, de la naturaleza atípica del rockblues “Night Flight” al funk potente (que cada vez les salía mejor) de “The Wanton Song” y del buen rocanrolito austero de “Boogie with Stu” (¡con Ian Stewart al stoniano piano!) al blues a la Robert Johnson de “Black Country Woman” y el delicioso mood decadente de “Sick Again”. Physical Graffiti fue el último álbum realmente grande de Led Zeppelin.
7. Presence (Atlantic, 1976)
Aunque es el producto de una muy mala etapa personal para los integrantes del grupo, sobre todo para Robert Plant, Presence es un disco que debería ser revalorado y visto en su verdadera dimensión artística. Luego del accidente automovilístico que sufrió el cantante por aquel tiempo y de su obligada y dolorosa convalecencia, sorprende que el cuarteto haya producido un álbum con temas de calidad tan grande. Realmente la obra no desmerece demasiado respecto al Physical Graffiti. Por el contrario: refrenda lo que Led Zeppelin hizo en éste y lo concreta en un solo vinil de escasas seis canciones. Pero qué canciones. Como si quisieran liberar los demonios que los atormentaron durante cerca de dos años, Page y los demás consiguieron algo admirable. Desde la fuerza épica con la cual inicia el disco, gracias a la monumental “Achilles Last Stand”, sabemos de la grandeza que hay detrás de este trabajo, lo que se confirma con el resto del material, muy especialmente con “For Your Life”, “Nobody’s Fault but Mine” y “Tea for One”. Insisto, un álbum que urge revalorizar.
8. In Through the Out Door (Atlantic, 1979)
En pleno periodo punk-new wave, para algunos Led Zeppelin sonaba absolutamente anticuado y demodé. Su música era considerada por más de uno como grandilocuente, exagerada, pretenciosa y vacua, como una monstruosidad que había crecido demasiado y a la que urgía poner un alto. Por supuesto muchos otros no estaban de acuerdo, entre ellos Jimmy Page y amigos que lo habían acompañado durante más de diez largos e intensos años. Fue en ese contexto un tanto adverso que apareció In Through the Out Door, muy posiblemente el álbum más flojo —o el menos brillante si se quiere— de la discografía ledzeppeliniana. Sin embargo, no es ni por asomo un mal trabajo. Aunque quizá se haya recurrido en demasía al uso de sintetizadores, la mayoría de los cortes son afortunados y algunos (el inicial y poderoso “In the Evening”, el genial rocanrolito “Hot Dog” o los concluyentes “All My Love” y “I’m Gonna Crawl”) resultan excelentes. Posiblemente no se pueda decir lo mismo de temitas más bien intrascendentes como “Fool in the Rain” (del cual Maná —en serio— haría un cover espantoso, mariachi incluido), “South Bound Saurez” y “Carouselambra”. In Through the Out Door no fue el mejor disco final para Led Zeppelin. Sus integrantes, por supuesto, no sabían al grabarlo que sería su obra póstuma. Pero la muerte absurda de John Bonham al año siguiente acabó con la leyenda y no hubo más.
Buenísimo! Como todo lo que escribe el maestro García Michel.