12 discos esenciales de Pink Floyd revisitados y comentados

A lo largo de su trayectoria de casi medio siglo (su primer disco apareció en 1967 y el último en 2014), Pink Floyd puso en circulación quince álbumes de estudio, tres en concierto, nueve recopilaciones, cuatro box sets, seis EP y 27 sencillos. He aquí una revisión comentada y en orden cronológico de los que considero los 12 discos LP más notables (y en algunos casos simplemente más notorios) del cuarteto londinense.

Fotografía: Jimmy Baikovicius bajo licencia de Creative Commons

Fotografía: Jimmy Baikovicius bajo licencia de Creative Commons


1.- The Piper at the Gates of Dawn (1967)

Se sabe que el título de este, el primer disco de larga duración de Pink Floyd, fue tomado de un capítulo del libro favorito de Syd Barrett cuando era niño: The Wind in the Willows (El viento en los sauces), lo cual explica la gran cantidad de elementos fantasiosos, colores brillantes, apuntes mitológicos y detalles infantiles, algo así como una mezcla entre J.R.R. Tolkien y Walt Disney, pero todo ello visto a través de los perceptivos y psicodélicos lentes del LSD. Las composiciones de Barrett van de las canciones pop ácidamente lisérgicas a piezas largas en las cuales hay extensas instrumentaciones a manera de metáforas sobre viajes alucinógenos. En el primer caso estarían piezas como “Astronomy Domine” y “Lucifer Sam”, mientras que “Insterstellar Overdrive” entra de lleno en lo que alguna vez se llamó rock-espacial. Para el crítico Steve Huey, The Piper at the Gates of Dawn captura con éxito los dos lados de la experimentación psicodélica: “Por un lado, los placeres de la percepción y la expansión mental y por el otro, los desórdenes cerebrales que podían convertir al individuo en lunático”, algo que poco tiempo después le sucedería al propio Barrett, quien debido precisamente a ello hizo con este trabajo su debut y despedida como integrante de Pink Floyd. Sin duda, se trata de uno de los mejores álbumes psicodélicos de la historia del rock y curiosamente fue grabado en los mismos estudios y al mismo tiempo –casi casi puerta de por medio- que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Dos cumbres de la psicodelia absolutamente diferentes entre sí. Una, la psicodelia ácida; la otra, la psicodelia pop. Usted elija cuál es cuál.


2.- A Saucerful of Secrets (1968)

Aunque para algunos críticos se trata de un álbum de mera transición, A Saucerful of Secrets es mucho más que eso. Syd Barrett –quien sólo contribuyó con el tema final, “Jugband Blues”– había dejado al grupo y su lugar fue ocupado por David Gilmour, cuya presencia se dejó sentir de manera inmediata gracias a su talento y su capacidad creativa como guitarrista y compositor. A partir de este disco, Pink Floyd comenzó a dejar de lado las piezas cortas de orientación y estructura más relacionadas con el pop psicodélico sesentero y aunque ciertamente en algunos cortes se conserva la influencia de Barrett –algo que resulta evidente al escuchar la tranquila “Remember a Day”, la cuando menos curiosa “Corporal Clegg” y la bella “See Saw”–, el cuarteto comenzó a virar hacia terrenos más experimentales y atmosféricos. Había aquí ya algunos de los prolongados pasajes instrumentales que se perfeccionarían en Ummaguma, vocalizaciones que tendían a cierto dramatismo y fragmentos sonoros francamente inquietantes y oscuros (en ese sentido, “Set the Controls for the Heart of the Sun” y “A Saucerful of Secrets” son la mejor muestra de la nueva orientación que tomaba el grupo). Con Roger Waters al comando, Pink Floyd se despedía de las pequeñas tentaciones poperas y se disponía a sumergirse de lleno en las procelosas aguas de mares que no por desconocidos e imprevisibles resultaban menos atrayentes.


3.- Ummagumma (1969)

Álbum doble que con el tiempo se ha convertido en objeto de culto –para una pequeña secta de iniciados, no para el público masivo que en su mayor parte prácticamente desconoce su existencia–, en especial por lo que concierne al primer disco, grabado en sendos conciertos en Birmingham y Manchester, el cual contiene piezas ya conocidas pero en versiones llenas de fuerza, oscuridad y dramatismo (el grito desgarrador de Roger Waters en “Careful with That Axe Eugene” sigue siendo uno de los momentos más escalofriantes de la historia del rock). El rock progresivo y espacial de Pink Floyd alcanzó en esta obra dimensiones fabulosas, en una grabación en concierto que muy pocos han logrado superar, si acaso lo han hecho. Las versiones en vivo de “Set the Controls of the Heart of the Sun” o “Astronomy Domain” alcanzaron aquí niveles míticos y aún hoy, a más de cincuenta años de distancia, siguen sonando adelantados a nuestro tiempo. Por lo que toca al segundo disco, se trata de una enloquecida pero muy interesante colección de contribuciones experimentales de cada uno de los miembros del grupo, destacando un tema que parecería inusual para Pink Floyd (aunque en realidad no lo es tanto): “Grantchester Meadows” de Roger Waters, canción de tonalidades folk que nos recuerda lo mejor de un Donovan (con piar de pájaros incluido).


4.- Atom Heart Mother (1970)

En esta grabación muchas veces menospreciada y subvalorada, Pink Floyd comenzó a adentrarse en una música de tendencias sinfónicas, con orquestaciones (arregladas por Ron Greesin) que, ciertamente, de pronto pueden sonar pomposas y llenas de pretensiones grandilocuentes, pero que tomando en cuenta el momento en que se grabó –es decir, el contexto particular del disco– adquieren otra dimensión. El famoso álbum de las vacas contiene composiciones larguísimas (la suite orquestal “Atom Heart Mother”, con sus seis movimientos, ocupa todo el lado A en la versión en vinil) y ambiciosas que daban al rock una característica “seria” que se alejaba del espontaneísmo (valga la palabreja) que le era (y le sigue siendo) característico. Sin embargo, hay aquí también hallazgos notables, como la célebre “Allan’s Psychedelic Breakfast”, composición colectiva que sigue guardando un gran interés a más de medio siglo de distancia, además de tres temas individuales: “If” de Roger Waters (bella melodía nostálgica en arreglo semiacústico), “Summer 68” de Rick Wright (suave tonada con algunos interesantes cambios armónicos) y “Fat Old Sun” de David Gilmour (otra pieza tranquila aunque quizás un tanto intrascendente). Atom Heart Mother es una obra que prefigura y anuncia lo que el cuarteto habría de ser durante la siguiente e importantísima década: la de los setenta.


5.- Meddle (1971)

He aquí un álbum verdaderamente espléndido que puede ser dividido en dos partes que se diferencian con claridad (lo cual resulta más evidente en el disco en acetato, con sus caras A y B). La primera parte está compuesta por cinco composiciones de muy variados estilos, iniciando con “One of These Days”, tema instrumental de aires épicos que consigue un muy interesante y poderoso clima que va creciendo conforme transcurre, hasta lograr un final apoteósico. “A Pillow of Winds” es una tonada de reiterativos acordes guitarrísticos en contrapunto (a la manera de “Dear Prudence” de los Beatles) y hermosas y nostálgicas vocalizaciones susurrantes. Le sigue “Fearless”, una tranquila melodía cuyo arreglo instrumental recuerda al Jimmy Page de los primeros años ledzeppelinianos y que culmina con el canto de “You’ll Never Walk Alone” por parte de los aficionados del equipo Liverpool de la Liga Premier de futbol. También está “San Tropez”, una divertida y muy placentera tonada que bien podría haber sido escrita por Donovan o Ray Davies; la pieza incluye un jazzero solo de piano cortesía de Rick Wright. El lado A concluye con “Seamus”, curioso y no por ello menos delicioso blues acústico que se ve acompañado por un sardónico coro de perros que ladra y aúlla a lo largo del corte. La segunda parte de Meddle, en cambio, está conformada por una sola y larga composición a manera de suite, una especie de jam session de atmósferas cósmicas, rica en variaciones y cambios estructurales, con prolongados bloques sonoros. Se trata de la espléndida “Echoes”, la cual prefiguraba ya lo que habría de ser el estilo de Pink Floyd a partir de sus siguientes trabajos discográficos. 


6.- The Dark Side of the Moon (1973)

A pesar de sus muchos detractores, quienes dicen que no sólo no se trata del mejor disco de la historia del rock, sino ni siquiera del mejor disco de Pink Floyd, El lado oscuro de la luna sigue siendo un álbum fundamental y, a mi modo de ver, uno de los más importantes de la música popular del siglo XX. Obra ariana por excelencia (salió por primera vez el 24 de marzo de 1973, por lo que este miércoles cumplió 48 años de edad), The Dark Side of the Moon condensa las exploraciones sonoras y musicales de Meddle, las perfecciona y les da una dimensión extraordinaria, con una producción impecable, llena de detalles, en la que mucho tuvieron que ver los talentos y la visión de Alan Parsons como ingeniero de sonido. Posiblemente lo que sus críticos no le perdonan al cuarteto es que con este trabajo y tal vez sin proponérselo, obtuvo un éxito comercial sin precedentes y de ser un grupo para un público minoritario y exclusivista, pasó a convertirse –para bien y para mal– en un fenómeno masivo. The Dark Side of the Moon es un álbum poderoso, impresionante, de densas texturas musicales que van de la neopsicodelia al art-rock y del jazz de fusión al blues-rock. Hay aquí temas que se convirtieron en clásicos. ¿Cómo negar las virtudes de composiciones como “Breathe in the Air”, “The Great Gig in the Sky (escalofriante, con la voz sobrehumana de la maravillosa Clare Torry en plenitud expresiva), “Us and Them”, la fenomenal  “Money” y sus solos de guitarra (de David Gilmour) y de sax (de Dick Parry) o esa letanía oscurísima y terrible que es “Brain Damage”, homenaje aparente a Syd Barrett? Fue este el disco que permitió a Roger Waters tomar el liderazgo total de la banda, algo que tendría consecuencias de todo tipo, negativas por desgracia en su mayor parte. “Pink Floyd puede tener mejores álbumes que The Dark Side of the Moon”, comentó alguna vez el crítico norteamericano Stephen Thomas Erlewine, “pero ningún otro los define tan bien como éste”. Como dato curioso cabe anotar que apenas un año antes, en 1972, apareció un álbum llamado Dark Side of the Moon del muy poco conocido grupo de blues británico Medicine Head, cuyo bajista era el ex Yardbird Keith Relf. Por cierto, un buen disco: https://youtu.be/piRcKu-VMcI


7.- Wish You Were Here (1975)

Es este un extraordinario álbum conceptual dedicado al fundador de Pink Floyd, el genial Syd Barrett. Pero al mismo tiempo se trata de un disco de crítica a la industria de la música y sus manipulaciones, sobre todo en los temas “Have a Cigar” (cantado por el legendario Roy Harper) y “Welcome to the Machine”. El grupo había ingresado a las grandes ligas con el Dark Side of the Moon y esta era su reacción frente a los insaciables empresarios disqueros que ahora volaban a su alrededor como aves de rapiña. Sin embargo, el verdadero leit motiv del álbum es el cariño hacia su viejo amigo. “Quisiéramos que estuvieras aquí”, le dicen Waters, Gilmour, Wright y Mason a Barrett y lo hacen mediante uno de los mejores trabajos del cuarteto (Syd, por cierto, se apareció en el estudio durante una de las sesiones de Wish You Were Here, tras siete años de absoluta ausencia, para decir que ya estaba recuperado de sus padecimientos mentales y listo para reintegrarse al grupo. No se daba cuenta de que aquel era otro Pink Floyd muy distinto al de mediados de los sesenta y obviamente sus ex compañeros –con toda la pena del mundo– le dieron las gracias y le dijeron que no). Desde la extraordinaria “Shine on You Crazy Diamond” (el Diamante Loco es precisamente Barrett), con sus nueve partes, hasta la bellísima y cálida “Wish You Were Here”, todo el álbum es de una profunda belleza y posee un sentimiento melancólico que lo convierte en la que posiblemente sea la obra más emotiva del grupo.


8.- Animals (1977)

Basado en la novela Animal Farm de George Orwell, este álbum ha sido injustamente subvalorado a pesar de su enorme calidad. La humanidad vista por Roger Waters como tres segmentos o clases distintas: la de los cerdos (los grandes capitalistas), los perros (la policía, el ejército, los medios de comunicación, es decir, el aparato represivo y de control) y las ovejas (la gente común y corriente, los oprimidos). Claro, es una obra conceptual, ideológicamente esquemática y muy políticamente correcta, pero a mi modo de ver, la parte que menos se ha apreciado es la parte musical. Despreciada por varios críticos, la música de Animals es lo que le da su verdadera grandeza. Detrás de su aparente simplicidad (si es que puede haber simplicidad en la música de Pink Floyd), se esconde un trabajo muy elaborado y aun cuando la mayor parte de los temas fueron compuestos por Waters, si algo brilla a lo largo del disco es la riqueza guitarrística que le imprime David Gilmour, así como algunos de los teclados de Rick Wright (mucho oído al empleo de los órganos Hammond). He aquí tan sólo cinco cortes –tres de ellos largos e impresionantes– que avanzan de manera circular para morderse la cola y encontrarse al final con el principio (o viceversa). Animals es el álbum que dio lugar a los famosos cerdazos voladores usados por el grupo en muchos de sus espectaculares conciertos posteriores y es un trabajo que debe ser revalorado en sus justas dimensiones artísticas.


9.- The Wall (1979)

Este es, en cambio y al contrario de Animals (siempre a mi modo de ver), el trabajo más sobrevalorado de Pink Floyd. Se trata de una obra a la cual podríamos denominar como la cumbre del narcisismo de Roger Waters. Una rock ópera bombástica y churrigueresca, llena de pretensiones, que dio lugar a una aceptable película de Alan Parker. La historia de un rockero superestrella llamado “Pink” (of all names), sumido en la neurosis, la misoginia y el vacío de la fama da lugar a un álbum doble de canciones más bien efectistas, aunque también contenga largos números de gran virtuosismo y sensibilidad, especialmente “Comfortably Numb”, “Good Bye Blue Sky” y “Hey You”. The Wall puede verse como la apoteosis de las grandes superproducciones y el no-hay-más de la grandilocuencia que había alcanzado el rock progresivo y sinfónico y cuya caída habría de darse con la irrupción –muy saludable por cierto– del movimiento punk.


10.- The Final Cut (1983)

Primer trabajo de Pink Floyd para la disquera Columbia, The Final Cut no es otra cosa que un disco de Roger Waters con sus compañeros (es un decir) en el papel de simples patiños. Todos los temas son composiciones suyas y el álbum resulta, de algún modo, una especie de prolongación de The Wall. Waters hizo otra obra de corte conceptual para narrar el dolor que le produjo la desaparición de su padre, muerto durante la Segunda Guerra Mundial. Al coincidir con el conflicto bélico de las Islas Malvinas (The Falkland para los ingleses), la obra posee un claro sentido antibélico y en cierto modo la música pasa a un segundo plano y se coloca al servicio del “mensaje”. Difícil de asimilar, este corte final con el que el bajista se despidió para siempre de Pink Floyd es un trabajo lleno de enojo, amargura y dolor, cuyos valores artísticos pueden ser innegables, pero que a final de cuentas resulta demasiado autoindulgente y un tanto aburrido. Cabe añadir que en este disco no participó Rick Wright, quien se había distanciado de Roger Waters.


11.- A Momentary Lapse of Reason (1987)

Si algo hermana a The Final Cut y a A Momentary Lapse of Reason es la guerra de los egos. Porque mientras el primero es prácticamente un álbum solista de Roger Waters, acompañado por los otros miembros de Pink Floyd como meros comparsas, el segundo es de hecho un álbum solista de David Gilmour, acompañado por los otros miembros de Pink Floyd como meros comparsas (con las agravantes de que además hay varios músicos invitados para los teclados –incluido Rick Wright, quien regresaba al grupo– y las percusiones y de que las canciones fueron coescritas por personajes ajenos a Pink Floyd, como el productor Bob Ezrin entre otros). The Final Cut es el último disco de Waters como miembro del grupo, mientras que A Momentary Lapse of Reason es el primer disco de Gilmour como nuevo líder del mismo. Cuatro años los separan, pero el egocentrismo los acerca. Y aunque en motivaciones son muy diferentes (si el primero es un trabajo politizado, una acerva crítica de Waters al gobierno británico por la guerra de las Malvinas, el segundo es un vehículo para el lucimiento de Gilmour como el espléndido guitarrista que es), ninguno alcanza el nivel artístico de obras mayores como The Piper at the Gates of Dawn, Meddle, Dark Side of the Moon, Wish You Were Here o Animals.


12.- The Division Bell (1994)

Siete años transcurrieron antes de que Pink Floyd volviera a grabar y lo que hizo fue (al parecer) su disco póstumo…, afortunadamente. Porque si esta iba a ser la nueva propuesta musical del grupo, más le valía desvanecerse con relativa dignidad. Impecable en su producción y con algunos temas rescatables (“What Do You Want from Me”, “Marooned” y “High Hopes”), The Division Bell es a final de cuentas y en conjunto un álbum bastante olvidable e intrascendente. Haciendo lo mismo que John Lennon contra Paul McCartney en “How Do You Sleep?” o que Peter Gabriel contra Phil Collins en “Excuse Me”, pero corregido y aumentado, David Gilmour parece obsesionado con la figura de Roger Waters y le tira varios ganchos al hígado en temas como “Lost for Words” o “A Great Day of Freedom”. Nada importante. Todo tan intrascendente como este disco frío y demasiado impecable. Un Pink Floyd adulto contemporáneo, un Pink Floyd easy listening, un Pink Floyd a años luz de Syd Barrett.


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Publicado en: Listas

2 comentarios en “12 discos esenciales de Pink Floyd revisitados y comentados

  1. Hay grupos cuyos valles quedan por encima de las cumbres alrededor. Para mi, «Division Bell» es diferente, como lo son las consagraciones.

  2. Hace 20 años leí en La Mosca las mismas «reseñas» de la discografia parcial de Pink Floyd. Ahora esas mismas «reseñas» siguen circulando como si fueran la gran cosa. En fin.

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