Pocas cosas en este mundo generan tanta controversia e inconformidad como un listado o recopilación sobre rock. Ya sea que se trate de un listado con los mejores álbumes o guitarristas, siempre se dejará afuera a algún imprescindible, se sobreestimará a otro y se borrará la importancia de otro más. Como es lógico, entre más se quiere abarcar con tal selección, más inconforme se dejará a la audiencia. Por eso, cuando en la serie de Netflix Rompan todo se realizó un repaso de la historia del rock en Hispanoamérica estaba claro que iba a ser la receta perfecta para el desastre que ha significado el desborde de opiniones, críticas, acusaciones y hasta boicots. Todo esto, hay que decirlo también, con resultados bastante lucrativos.
Son dos peculiaridades las que hacen tan difícil acotar al rock: en primer lugar, el grado de subjetividad que rodea a la apreciación musical. No hay producto cultural más polémico con relación a lo que es considerado bueno que la música. En el cine, la pintura o la literatura, por ejemplo, es mucho más fácil identificar cánones de calidad más o menos claros; por su parte, la música es tan vasta que cada género parece ser su propia galaxia, alejada millones de años luz de las demás, en un universo donde lo que en un lugar es virtud en otro es ridiculez pura y donde lo que en un sitio es virtuosismo, en la anterior resulta algo soporífero. El segundo aspecto que hace complicada esta tarea es que con el rock es muy fácil sentirse uno mismo un experto: en la mayoría de los casos, una cuenta de Spotify y un puñado de bandas favoritas son más que suficientes.

La única forma de que Rompan todo dejara satisfecha a la mayoría de su público era haciendo lo imposible: una narración exhaustiva de la historia del rock. Algo tan minucioso que lo abarcara todo; todos los subgéneros, todas las bandas, todos los países, todas las regiones, a las mujeres, a otros colectivos identitarios; pero no sólo eso, necesitaría ir más allá: que incluyera también a Brasil, aunque allí hablen portugués, ¡y a Héroes del Silencio! (lo escuché por ahí). Al no ser exhaustivo, Rompan todo cae presa de la subjetividad que es necesaria a la hora de decidir qué grupos y acontecimientos mencionar y cuáles dejar afuera; cuánto tiempo dedicarles a unos y a otros o, incluso, cómo retratarlos. Para colmo de males, se nota que el documental intenta satisfacer a su público: incluye a las agrupaciones más relevantes y populares e incluso busca y rebusca entre algunas insospechadas que, en ocasiones, se nota que están ahí para cumplir cuota. Sin embargo, esto no hace sino empeorarlo todo, porque al querer incluir bandas que a lo mejor no eran tan relevantes, las ausencias pesan más. Es perfectamente entendible, por mencionar dos casos, que las mujeres se sientan infrarrepresentadas y los paraguayos olvidados de plano.
Aunque, siendo un poco honestos con nosotros mismos, ¿alguien conoce a algún grupo paraguayo de rock que considere popular o relevante a nivel continental? Obviamente habrá más de uno y probablemente al menos uno que sea bueno, pero si alguien lo conoce, tendría que admitir que es poco menos que un capricho el exigir su inclusión cuando hablamos de la historia del rock en Hispanoamérica. Algo parecido se puede decir de las mujeres. Si están infrarrepresentadas en el documental, es porque están infrarrepresentadas en el rock mismo, una industria que se ha regido a partir de parámetros extremadamente machistas, hecha por hombres y pensada para hombres. Quizá lo verdaderamente valioso radique en exigir o alentar la creación de un documental específicamente enfocado en el rock de las mujeres en la América hispana que incluya a todas esas agrupaciones marginales que por estar integradas por mujeres nunca recibieron el apoyo que merecían y que ahora, veinte o treinta años después, podrían obtener una segunda oportunidad. Lo mismo para el rock paraguayo, ecuatoriano, peruano, etcétera.
Esto no quiere decir que el único error del documental sea no haber hecho lo imposible y abarcarlo todo, hay muchos más. Está claro que hay bandas y sucesos que pasan de noche. Yo recalcaría, sin embargo, las apariciones de los entrevistados como lo peor del documental. La presencia hasta la náusea de tipos como el del Instituto Mexicano del Sonido o el ex director de BMG Ariola, que sólo se explica por el peso que tienen dentro de la industria musical, como si estuvieran cobrando derecho de piso, es lamentable. Lo peor es cuando los ponen a hablar de Tlatelolco o el halconazo, que hasta parece que los hubieran vivido en carne propia, mientas que a alguien como Armando Suárez, de Chac Mool, por ejemplo, que sí estuvo ahí, le dan dos minutos. Eso, sumado a la omnipresencia de Gustavo Santaolalla, es lo que acaba por denigrar de fea forma lo que es un buen esfuerzo y explica mucho de lo que se encuentra detrás del hecho de que el rock hispanoamericano haya naufragado.
Por otra parte, la serie, además de ser una gran oportunidad para ejercer la crítica mordaz y despiadada, ofrece argumentos de sobra para romper con el etnocentrismo musical que plaga al rock y darnos a todos el placer de acercarnos a nueva música. Es muy fácil sentarse en un sillón y utilizar el documental para auto reafirmar nuestros conocimientos sobre rock cada vez que vemos mencionada a alguna banda que conocemos o nos gusta, mientras renegamos cuando aparece alguna que nos es desconocida y reclamamos que no aparezca esta o aquella que sí ubicamos. Pero un verdadero amante del rock aprovecharía eso que brinda todo buen documental: descubrimiento. Aquellos que disfrutan de la música deberían tomar nota de todas esas bandas interesantes que nunca han escuchado y echarse un clavado en internet para ampliar sus horizontes musicales. En este sentido, es posible afirmar que el gran fallo de Rompan todo es también su mayor virtud. Al enfocarse en Argentina y México, en Hispanoamérica los dos grandes polos culturales (y específicamente del rock), advertida o inadvertidamente acaba vinculando a dos grandes audiencias rockeras que históricamente han estado muy alejadas; cada una con su propia historia, referentes, mártires y villanos. Salvo en contadas excepciones, el rock mexicano y el argentino se han mantenido completamente ajenos y por lo general rodeados de un halo de autosuficiencia. La gran carencia de ambos ha radicado justamente en esa grandeza que les ha permitido desconocerse el uno al otro por tanto tiempo. Por otro lado, es algo normal. La gran mayoría crecemos en el etnocentrismo hasta que por azares del destino se nos cruza alguna cosa distinta, un momento que nos vuela la cabeza para siempre y que nos lleva a acabar viendo películas iraníes, leyendo literatura rusa o escuchando rock argentino.
Así pues, para aquellos interesados en incursionar en el rock argentino he querido hacer unas recomendaciones. Por supuesto, se trata de un listado para nada exhaustivo sino más bien de una selección especial y llena de subjetividad. No se trata necesariamente de las mejores bandas o de sus mejores discos, sino de un conjunto de agrupaciones de rock que, siendo bastante distintos entre sí, considero ofrecen una buena probada de las particularidades y la calidad que el rock argentino tiene para ofrecer a una audiencia en México. Por esa razón, he decidido dejar afuera a los grandes ídolos (Charly García, Luis Alberto Spinetta, Fito Páez, Andrés Calamaro), así como a los grupos argentinos que ya son o han sido al menos medianamente populares en México (Soda Stereo, Bersuit Vergarabat, Catupecu Machu). Además, he decidido incluir tres álbumes de mujeres estupendos, que no le piden nada al resto y que podrían ayudar a romper además con ese otro etnocentrismo absurdo e histórico que les ha robado la oportunidad a muchas mujeres de sobresalir. Así pues, se trata de una selección que, pese a ser diferente, no le debería parecer tan extraña a los rockeros mexicanos que verdaderamente aman la música, pues estoy convencido de que, al final, toda la música hispanoamericana posee un mismo corazón.
Manal – Manal (1970)
Uno de los primeros discos de rock argentino cantado en español. El primero de blues en este idioma y una joya que no ha perdido un ápice de vigencia. Se nota la influencia de Creedence Clearwater Revival (algo que se puede constatar en la apariencia de Javier Martínez, líder, baterista y cantante del grupo). Sin embargo, Manal adquiere una identidad única en sus letras, profundamente reflexivas y en ocasiones dotadas de un existencialismo bastante bien logrado y en la música que incorpora secuencias de jazz muy llamativas a un álbum eminentemente blusero. El conjunto de canciones plantea algo así como un viaje introspectivo con el cual es fácil sentirse identificado, sobre todo por la atmósfera envolvente que logra el blues. Es una obra única, de esas que aglutinan un momento de virtuosidad fugaz e irrepetible. La canción “Porque hoy nací” no es la mejor del disco, pero creo que es la que mejor captura la esencia del mismo y la mejor para decidir si tus gustos se adaptan a Manal (nunca, nunca confundirlos con Maná, por favor).
Los Piojos – Verde paisaje del infierno (2000)
Es la recomendación más rockera del listado. Lo mejor del álbum es la manera extraordinaria en la que Los Piojos consiguen orquestar el típico horror del rock pesado para acabar creando una obra potente pero ecléctica a la vez. Hay canciones de guitarrazos, hay baladitas más melódicas con la siempre inconfundible armónica como el sello de la casa y algunas que mezclan ritmos más variopintos. Es además el disco “más argentino”, por la gran cantidad de bandas noventeras que tienen un estilo parecido o un sonido similar, como Las Pelotas, Catupecu Machu o Divididos. Esta grabación tendría que doblegar hasta a los más reticentes. “Morella” es la pieza más poderosa de todas, una canción trepidante con arcos melódicos intermitentes y que cuenta con la magnífica guitarra de Ricardo Mollo de Divididos, una rapsodia que no tiene desperdicio.
Maria Gabriela Epumer – Señorita Corazón (1998)
Ex integrante de Viuda e Hijas de Roque Enroll (banda aparecida en el documental) es particularmente conocida por ser la guitarrista de Charly García durante su travesía de autodestrucción, desde La hija de la lágrima (1994) hasta Influencia (2002). En el video de su MTV Unplugged (1995) tenemos la oportunidad de ver sus habilidades interpretativas en plenitud. Sin embargo, es en este, su primer álbum como solista, en el que se puede apreciar una faceta creativa muy interesante. Se trata de un disco eminentemente rockero, a ratos con tintes techno y punk. Lamentablemente Epumer falleció prematuramente, a sus 39 años, y sólo nos dejó un par de álbumes. El segundo es más maduro en todos los sentidos, pero prefiero este, pues como suele pasar con los discos debut, este está dotado de una autenticidad que revela de mejor manera a la artista. “Canción para los días de la vida” es maravillosa. Un cover de una de las mejores canciones de Luis Alberto Spinetta que llega a ser incluso mejor que la original.
Vox Dei – La Biblia (1971)
Este es el disco conceptual del rock argentino, en el cual se emprendió además un proyecto inmensamente ambicioso: recrear La Biblia en un álbum del para entonces recién inaugurado rock en español en Argentina. Como cabría esperar, dado el concepto mismo del álbum, cada canción tiene un estilo independiente de las demás, que busca corresponderse con el pasaje bíblico referenciado. “Génesis” y “Moisés”, por ejemplo, tienen tonos psicodélicos muy interesantes, mientras que “Las guerras” comienza con un rock pesado que se va transmutando hacia el final en un rock progresivo experimental. La segunda parte del plato es más melódica, con un corte más de folk-rock aunque también incorpora esos momentos de progresivo y blues que es lo único que se repite a lo largo del álbum y en particular en la última canción, la instrumental “Apocalipsis”. “Génesis” es el corte que mejor aglutina el espíritu del disco.
Sumo – After Chabón (1987)
Hay una frase sobre Sumo que me parece explica a esta mítica banda: “Sumo se parece a The Clash y con el tiempo The Clash se parece a Sumo”. After Chabón es el último y para mí el mejor álbum del grupo. Aquí se notan mucho menos empeñados en imprimir los ritmos alocados de ska y reggae que prevalecen en los anteriores trabajos y se dan la oportunidad de presentar un sonido más melancólico que para Luca Prodan, líder de la agrupación, es la música que evoca Londres bajo la lluvia. Sin traicionar la identidad del proyecto, este disco, pese a ser el último, es el que más se asemeja a lo que Prodan había estado grabando por su cuenta en Córdoba antes de integrar a la banda (hay un par de álbumes publicados póstumamente) y que en general es mejor que lo que luego haría en Sumo (no digan esto en voz alta delante de un argentino). “Mañana en el abasto” es la mejor canción del LP, una piezan profundamente melancólica y claramente introspectiva.
Flopa – Emoción homicida (2007)
Lo más underground en estas recomendaciones y lo más pop también. Sin embargo, Flopa Lestani es una artista de rock en toda regla, pues cumple cabalmente con el requisito más esencial: escribe y compone canciones auténticas. Esta es quizá su principal particularidad, sus composiciones parecen salidas del alma. Es una verdadera lástima que Flopa, con toda su calidad lírica, sea tan poco conocida, merece llegar al público y este está necesitado de la aparición de artistas como ella. “El entero” es una de esas canciones que se pegan por días, pero que da gusto saborear y tararear. Tiene una melodía sencilla, decorada con muy buen gusto, y una letra compuesta por dos estrofas magníficas que cualquiera de esos que vende millones de discos cantaría encantado.
Patricio Rey y sus Rendonditos de Ricota – Oktubre (1986)
Para muchos, el mejor álbum del rock argentino. Se trata de una de esas obras irrepetibles y únicas. Para mí, este disco es la definición de rock urbano por excelencia, con esas guitarras cuyos ecos parecen resonar en las tuberías y botes de basura de estrechos callejones oscuros. Es un larga duración conceptual desde la portada que asemeja a un mural y resalta los visiblemente martajados rostros de una muchedumbre, en los que se nota el deterioro de una vida dura mientras alzan las banderas rojas de las revoluciones. Sin embargo, el álbum no habla de la utopía comunista o de los ideales leninistas, más bien busca reflejar el ruido de una población desesperada que llora a través de un saxofón que suena en medio de la noche y una guitarra tan aguda que por momentos evoca una desolación que aturde. Musicalmente es excelente, a ratos más punk, a ratos más ska, pero de alguna forma acaba sonando inconfundiblemente a los Redondos. “Preso en mi ciudad” es el corte más representativo del disco.
Crucis – Los delirios del mariscal (1977)
Probablemente, la banda más minusvalorada del rock argentino. Este album es una obra maestra del rock progresivo que no le pide nada a los mejores de King Crimson, Genesis o Yes. Con un virtuosismo interpretativo nunca más visto en el rock hispanoamericano, el disco fue grabado en vivo y se compone de cuatro piezas ordenadas de forma irregular, como si se tratara de una recopilación de singles, pero que mantienen el característico sonido de progresivo puro del grupo. Lo trágico con esta agrupación integrada por músicos muy jóvenes es que únicamente publicó dos álbumes y acabó separándose en su mejor momento. “Abismo terrenal” es, quizás inadvertidamente, la despedida de la banda. Una pieza trepidante en la que cada uno de los cuatro músicos tiene su momento para lucirse en lo individual y formar así, entre todos, la narración de un viaje épico de más de doce gloriosos minutos.
Pedro Aznar – Quebrado (2008)
Pedro Aznar es quizás el mejor músico latinoamericano de rock, un tipo que ha grabado hombro con hombro tres álbumes con Charly García y cuatro con Pat Metheny. Tenía que incluir un disco suyo en este listado y me he decidido por Quebrado, tal vez el más rockero de todos y un trabajo con una producción exquisita en el que este Aznar toca el bajo y la guitarra en la mayoría de los temas. Se trata de un álbum doble, la primera parte de canciones propias de muy buena manufactura y la segunda con versiones de otros músicos que van de John Lennon y los Rolling Stones a Luis Alberto Spinetta y Atahualpa Yupanqui. Quebrado cuenta además con el privilegio de estar creado por una agrupación excelente de músicos que comparten el virtuosismo de Aznar, aunque por tratarse de su obra, el bajeo tiene un papel primordial que hay que tener en cuenta. “Fragilidad”, original de Sting pero reapropiada por el argentino, está cantada la mitad en inglés y la mitad en español, con una ambientación cálida y melancólica a la vez.
Celeste Carballo – Celos (2008)
Celeste Caraballo es una estupenda cantante de blues, su versión de “Desconfío”, la celebradísima canción de Pappo’s Blues, es una verdadera experiencia. Este sin embargo es un album de tangos y si aparece en este listado de discos de rock es porque la inusualmente estrecha relación del tango con el rock es algo eminentemente argentino que, al poco de escuchar la música que se hace de ese lado del mundo, se entiende perfectamente. Celos es una delicia. Se trata de un disco en concierto con una selección maravillosa de tangos cantados e interpretados de forma inmejorable. “Buenos Aires no tiene la culpa (bis)” es un tema que tiene un algo especial, quizá sea por eso que tiene un bis. Un himno a la nostalgia, porque para sentirlo hay que salir de casa. También se vale un poco de etnocentrismo de vez en vez.