Dos grandes y legendarios álbumes de The Doors están cumpliendo medio siglo de existencia, uno en estudio y el otro en concierto. Revisemos más o menos de manera suscinta ambos discos, para recordarlos como se merecen.

Morrison Hotel (Elektra, 1970)
Aunque muchos afirman que con este disco los Doors abandonaron su estilo, lo cierto es que después del relativo miscast que fue The Soft Parade, el grupo recuperó mucha de la cohesión perdida. Álbum parejo –en el mejor sentido de la palabra–, sin temas de aire popero que pudieran convertirse en éxitos para la radio, con un tono que mucho debía al blues, Morrison Hotel es una obra que los seguidores más fieles de Las Puertas agradecieron con alivio. Buen rock, rock duro a lo largo de poco más de treinta y cinco minutos repartidos en once muy buenos temas. Un álbum que abre con la contundencia rocanrolera de “Roadhouse Blues”, en la cual Morrison aparece redivivo mientras canta en plena forma y con cierto aire premonitorio: “Me levanté esta mañana y me conseguí una cerveza / El futuro es incierto y el final siempre está cerca”. Destacan otros cortes igualmente contundentes, como la politizada y crítica “Peace Frog” (“Hay sangre en las calles que me llega hasta las rodillas”), la nihilista y apocalíptica “Ship of Fools” (“La humanidad estaba muriendo / nadie había para gemir y gritar”), la muy divertida “Land Ho!”, la finísima “Queen of the Highway”, la minimalista “Maggie M’Gill” y la bella balada lenta “Blue Sunday”. Si bien no alcanza las alturas de The Doors o de Strange Days, Morrison Hotel es una obra importante que marcó el aparente renacer del grupo, lo que se reconfirmaría al año siguiente con L.A. Woman, aunque después ya no habría tiempo para más.
Absolutely Live (Elektra, 1970)
Hay quienes afirman que este álbum doble no refleja a plenitud lo que eran los Doors en concierto. Posiblemente sea así, no lo sé de cierto, mas para mí se trata de un discazo. Haberlo escuchado en su momento, cuando uno rondaba los quince años de edad, en una época en la cual era dificilísimo tener acceso a alguna película del grupo “en vivo” (aunque en 1971 pude ver la cinta documental Dance on Fire, en formato de 16 milímetros y copia jodidona, en el auditorio Justo Sierra de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM), pudo haber influido para quedar deslumbrado. Absolutely Live vale por muchas cosas, no sólo por su posible factor sentimental. En primer lugar, hay aquí material que no existe en uno solo de los álbumes de estudio, notoriamente la versión completa de “The Celebration of the Lizard”, los inéditos “Build Me a Woman” y “Universal Mind” y un cover magnífico de “Who Do You Love?” de Bo Diddley. Grabado durante algunos conciertos realizados en 1969 y 1970, el disco estremece de principio a fin con una fuerza inaudita. A pesar de que Jim Morrison se encontraba en ese entonces ya en plena decadencia alcohólica y cocainómana, sus intervenciones aquí son de un poderío absoluto, con matices e inflexiones vocales que hacen lo que quieren con el público (y con el escucha). Por su parte, sus tres compañeros no desmerecen en momento alguno. Ray Manzarek se luce en el órgano y el bajo tecleado y hasta se da el lujo de cantar un blues de primera (“Close to You” de Willie Dixon), Robbie Krieger maneja la guitarra a su antojo y el siempre fino y preciso John Densmore brinda momentos sublimes en la batería (como en “Five to One”). Absolutely Live tiene varios instantes memorables y algunos clímax de gran intensidad emotiva. Un pasaje fuera de serie es aquel en el cual, a la mitad de la estremecedora interpretación de “When the Music’s Over”, los asistentes hablan, gritan y chillan más de la cuenta y, sorpresivamente, Morrison los calla con un seco y contundente shut up! que los deja pasmados. Otros dos momentos destacados son la introducción de “Break on Thru #2”, con la declamación del “Petition the Lord with Prayer” de “The Soft Parade”, y la ya mencionada “The Celebration of the Lizard”, una especie de misa pagana en siete partes (“Lions in the Street”, “Wake Up”, “A Little Game”, “The Hill Dwellers”, “Not to Touch the Earth”, “Names of the Kingdom” y “The Palace of Exile”) que es en sí misma toda una travesía psicodélica iniciática. En fin (y perdón por lo prosopopéyico): un álbum absolutamente genial.