Klezmerson, el confinamiento y el quédate en casa

Mirar el calendario y hacer la cuenta. Han pasado siete meses de encierro, lapso en el cual apenas y te has asomado a un streaming, tal vez en un momento incluso hasta a un autoconcierto por Facebook. Lo cierto es que todos son malos sucedáneos, ejercicios necesarios para salvar a un sector que, como la mayoría, ha sido golpeado fuertemente por la pandemia.

El anuncio apareció como una notificación en tu Facebook y lo pensaste como tres minutos. No, menos, como cinco. No hubo duda, sólo hacer unas preguntas básicas acerca de las condiciones bajo las cuales habría de llevarse a cabo la noche: sana distancia, aforo restringido, medidas de sanitización constantes. Todo de acuerdo con los protocolos necesarios (odias ese lenguaje tan propio, tan correcto, tan excesivamente burocrático y también tan fatalista).

Convencido, hablas a un cómplice, compras los boletos y listo. Finalmente saldrás a la noche, otra vez verás esta ciudad poblarse de sombras, sobrevivir con raquítico alumbrado y regodearse en la mugre. La misma que odias-amas-odias y esperas no abandonar nunca. Pero ver a Klezmerson en directo es una garantía de que la noche estará atravesada por buena música y alguna sorpresa.

Sin embargo, los días previos te cargas de tensión. Las noticias se encargan de recordarte que el número de casos de Covid-19 va en aumento; la amenaza del regreso al semáforo rojo es latente; un amigo te llama para anunciarte que en Alemania, Francia, toda Europa, la situación es alarmante (como si fueras a viajar a esos países, como si viajaras allá frecuentemente). Todo parece confabularse para hacerte desistir de esta salida. Además, no falta el ignorante que pregunta cuál es la necesidad de ver a una banda nacional que toca en cualquier momento.   ¿Cómo explicarle, piensas, que no es una banda cualquiera? ¿Cómo le dices que esa banda, de nivel internacional, no toca con mucha frecuencia?

Al final, triunfan las ganas y se llega el jueves tan prometido.

(Han pasado diez días desde entonces. Llevas la cuenta y estás al pendiente de tus signos vitales, por si alguno de ellos manifiesta alguna alteración. El teléfono ha permanecido mudo —una buena señal— y tu cómplice tampoco te ha manifestado algún malestar. Habrá que comenzar a poner por escrito la experiencia y, una vez se hayan cumplido los 15 días, mandar la crónica).

Fotografías: David Cortés

El año pasado el Hey Hey Club todavía era conocido como El Imperial. Por fuera no se nota gran cambio, aunque la chica que nos recibe, espigada y guapa, habla de que el club ha hecho a un lado lo andrajoso, para ganar en ínfulas. El interior ha sido remozado, lo puedes observar a pesar de la oscuridad y te percatas de que, efectivamente, el aforo es reducido. Entre una mesa y otra hay más de metro y medio de distancia y el personal, con sus caretas y cubrebocas, te hace pensar más en un pabellón sanitario que en un antro. Hasta que tu vista se dirige a la barra y entonces no hay pie para los equívocos.

Los integrantes de la banda charlan en una mesa y el lugar se dinamiza conforme llegan más parroquianos. Es extraño estar en un sitio donde habitualmente el contacto de los cuerpos es ineludible y gozar de espacio para transitar, aunque tampoco haya mucho hacia dónde hacerlo.

Cuando el mesero llega, no lo piensas. Sí, hay que celebrar. Estás en la calle, por fin… y vives. Tendrás la oportunidad de hacer eso que tanto te gusta, eso que le da sentido a tu vida. Te sientes como un preso al que han dejado salir a la luz, después de haberlo encerrado en el apando. Tus ojos se regodean con esas minucias que antes pasabas por alto, pero que hoy se vuelven preciosas, significativas.

Cuando Carina López (bajo), Gustavo Nandayapa (batería) Todd Clouser (guitarra) y Benjamín Shwartz (órgano, viola) toman el escenario, suben con gafas oscuras y la imagen te remite a ese grupo de invidentes que tocan/tocaban a la salida del metro Allende (¿se llamaban, con un toque de humor negro, Los Cinco Sentidos?), pero cuando comienzan a sonar las primeras notas de “Middot”, sabes de inmediato que la salida ha valido la pena.

López y Nandayapa llevan años como la sección rítmica de la banda y generan una red de protección para las exploraciones de Shwarts y Clouser; con el paso del tiempo, la alineación se ha compactado. Hace tres años, en el Zócalo de Ciudad de México, los viste en su formación extendida; hace año, año y medio fue en el Jazzatlán como quinteto. Hoy, se presentan como cuarteto. Se extraña un poco el calor de los alientos, pero la máxima de menos es más funciona cabalmente. Nada hace falta; el sonido está concentrado, compacto. Es fuerte y vigoroso.

(Llega el mesero y sí, cómo no, pides un trago. Una vez que has salido, hay que aprovechar y ahuyentar al mal fario. Además, ese ron tan ansiado al bajar por tu garganta seguramente terminará de ponerle más calor a tu cuerpo. El licor te ayuda a relajarte, a olvidar esa tensión primaria que no has logrado hacer a un lado aún).

El repertorio parece un viaje al pasado y por allí aparecen piezas de Klezmerol, su segunda placa, y otras más de Tiferet, su más reciente producción, sin dejar de lado algo de Amon (“Yefefiah”). Los arreglos son diferentes y en “Pastelito de piña” la música klezmer, el jazz, los ecos de chicha peruana, hacen de las suyas, convierten a la música en una entidad saltarina, juguetona, sin relación alguna con la versión de estudio.

Allá arriba los cuatro se divierten, gozan. Lo puedes advertir en sus miradas, en el brillo de sus ojos –a ratos, las gafas fueron hechas a un lado–, incluso logras cazar algún intercambio ocular que denota que allí ha habido una equivocación, pero si algo tiene esta noche es ser excepcional y triunfa el placer; el diálogo entre ellos se da libremente y al mismo tiempo “hablan” con los presentes, los invitan y hacen partícipes de la tertulia

(Inevitablemente, hay que ir al baño y allí te das cuenta de que los sanitarios son diminutos y el espacio para llegar a ellos igualmente minúsculo. Allí es imposible guardar la sana distancia y no importa mucho que a la salida te espere el lavamanos y un galón de gel. El nervio reaparece momentáneamente, aunque reconoces que es como un guiño, como el pequeño ángel que se posa sobre tu hombro para recordarte regresar al buen camino, aunque el oleaje de la música lo derriba, triunfa el ángel malo y regresas a tu mesa).

“Reshimu”, “Sapir”, “Lieberman funky freylekhs” te transportan a ti, a los asistentes, a un espacio de ensueño.   Klezmerson no hace a un lado la corrección al momento de tocar, pero tampoco se niega a la diversión y esta noche el grupo está en una vena expansiva (¿hace cuánto no tocaban juntos?) y llena de humor. Aquí, allá, sueltan una frase de Ennio Morricone, algo de los Doors, si mi oído no me engaña deslizan algo del Himno Nacional, del tema de Batman, de la Pantera Rosa y, nuevamente, aparece la imperfección, el saldo necesario en una noche única.

(Le pegas otro trago a tu bebida y ya, sabes que la aventura ha valido la pena, que estos cuatro salieron inspirados y que, como tú, fueron soltados en un gran páramo para divertirse luego del encierro, pues fue en febrero la última vez que coincidieron sobre un escenario. Están allí, como tú, como otros, haciendo su trabajo, para mostrarte lo hermosa y maravillosa que es la música. Con razón Duke Ellington tituló su autobiografía Music Is My Mistress; sólo ella te puede hacer perder la cabeza, sólo ella te puede sacar del confinamiento en plena crisis y elevarte, sólo ella…).

“Katarinke”, es el encore y el cuarteto no se guarda nada; no queda a deber. La hora del cierre está cercana. Por disposición oficial, antes de las 11 de la noche debemos estar afuera, pero en los minutos restantes hay tiempo para la interacción. ¿Qué otra cosa podía esperarse si hace meses que no estás con tus iguales? Además, si todos los lugares donde la música se lleva a cabo en esta ciudad son pequeños, ¿cómo evitarla?

(El plazo se cumplió, al menos el de esta aventura. Ya no hay más hojas en el calendario que marcar y el teléfono no ha sonado ninguna vez para preguntar por ti. Igual eres asintomático, pero obedeces a tu intuición. Hace unos días apenas, tocó El Gabinete y lo dejaste pasar. Pasado mañana Barcos D’ Papel se presentará en directo… y también lo dejarás pasar. En tiempos de covid-19, en estos momentos de incertidumbre, sabes que aún no es el momento de regresar. No importa ese amor, esa pasión que sólo la música es capaz de hacerte sentir; el pasaje a otros mundos, a otros paisajes, por ahora debe cancelarse. Nunca has sido fan de los juegos de azar y menos de la ruleta rusa. También te caga recibir órdenes, pero la frase “¡Quédate en casa!” nunca fue más convincente. Sí, todavía no es tiempo para antrear, habrá que esperar más).

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Publicado en: Crónica