Alda Arita: guitarra, improvisación libre y vanguardia

La experiencia femenina en la improvisación libre ha dejado de ser una excepción. Si bien aún no llega a convertirse en una regla, cada vez es más frecuente encontrarse con féminas interesadas y deseosas de encarar músicas alejadas del formato de la canción. Aunado a esto, las posibilidades de la tecnología permiten la difusión de un trabajo que antes permanecía en el ámbito de los escenarios, pues en México no hay un sello especializado en la puesta en circulación de esta música.

Alda Arita es una guitarrista que lo mismo se interesa en el rock que en los sonidos desarrollados in situ. Gusta de colaborar continuamente con otros de sus congéneres, hombres o mujeres, y de esa experiencia ha surgido una amplia discografía disponible en aldaer.bandcamp.com, un universo sonoro interesante, diverso, amplio y, como suele suceder en el caso de la improvisación, riesgoso y provocativo.

“Acordes y desacordes” sostuvo una charla con la también diseñadora y artista visual acerca de su trayectoria en la música.

Fotografías: Cortesía de Alda Arita


Primero, ¿por qué la guitarra?
En la preparatoria tenía una banda imaginaria con varios amigos y en ella yo era la baterista. Tomé un par de clases y la sentí como un gran armatoste, difícil de controlar (ahora disfruto mucho cuando tengo oportunidad de subirme a una y explorarla). En el último año de la prepa, nos agregaron talleres extracurriculares obligatorios y elegí guitarra. Tenía deseos de aprender a tocar blues y fue lo primero que les pedí a los jóvenes profes que tuve en ese entonces. De ahí ya no pude soltarla y se terminó por convertir en una extensión de mi propio ser.

Recuerdo que estuviste en Kali Yuga, pero tu trabajo allí era más “convencional”. ¿Cuántos discos grabó el grupo?
Kali Yuga fue algo así como la banda que siempre quise tener, tenía mucha potencia y nos dejaba mucho espacio para la exploración. Hay publicado un disco de estudio, muy rockero, con tendencias progres; dos grabados en vivo, uno con instrumentos acústicos en la montaña y uno eléctrico con canciones que vendrían en el siguiente disco. El segundo álbum de estudio todavía esta inédito, esperamos poder publicarlo algún día. Para mi gusto, es más representativo, más progre-psicodélico, de lo que fue esa banda.

¿Estuviste en otras agrupaciones antes y después de Kali Yuga?
Desde que tuve mi primera guitarra también tuve mi primera banda. Después tuve un grupo que duró un par de años, El Séptimo Círculo. En esa época fue que estudié música en la ESCAM (Escuela Superior de Composición y Arreglo Musical). En 2001 me fui a vivir a Cuernavaca, allá estudié Artes Visuales en la UAEM y empecé a hacer soundtracks para los cortometrajes de mis compañeros, en especial para César García, fundador de Colectivo Movimiento y quien ganó varios premios con su largometraje Nahuales (2012), para el que también hice la música (mi disco del mismo nombre es un homenaje para este querido amigo que ya no está aquí, no el soundtrack de la película). En esos tiempos tuve varios proyectos efímeros de rock-impro. Al volver a la Ciudad de México, en 2006, conocí a Germán Bringas y el Jazzorca y ahí comenzó mi entrenamiento en la improvisación libre. Durante 2009 y 2010 tuve una especie de taller dominical de impro libre en casa con Daniel Paz, Rodo Ocampo y algunos otros amigos que conocí en Jazzorca y alrededores, lo que dió origen a Opactli, ensamble multimorfo de improvisación libre. Desde entonces tengo la costumbre de grabar todas las sesiones de impro que organizo, seleccionar lo mejor de cada una y armar discos a partir de eso. Kali Yuga vivió de 2010 a 2016 y esos años se los dediqué casi por completo. Durante esa temporada, también empecé a tocar en la calle canciones instrumentales folkies que aún no tengo grabadas. Del 2016 para acá me he concentrado más en presentaciones solistas y variados ensambles de improvisación libre. Eleusis por ejemplo, fue el primer ensamble de mujeres improvisadoras en que participé y donde conocí a Adriana Camacho. Actualmente, los ensambles más activos son Cihuatl, en el que participo junto con Ana Ruíz, Adriana Camacho, Maricarmen Graue y Alina Maldonado, y Montañas Rojas, con Albania Juárez, Alina Maldonado, Loretta Ratto y Puzz Amatizta. También tengo pendiente un disco de rock que grabé el año pasado con otra banda efímera que se llamó Venus Roja, espero publicarlo este año.

¿En qué momento cambia tu acercamiento a la guitarra. De utilizar un instrumento tradicional, comienzas a usarlo como un “arma”. ¿Cómo la preparas?
Yo no creo emplear el instrumento como un arma… ¿Eso te parece? Pero sí hubo dos momentos en los cuales amplié mi enfoque. Cuando conocí el free jazz y en particular a Derek Bailey y tocaba frecuentemente en Jazzorca bajo el oído siempre atento y crítico de Germán. Además, en esos años empecé a tocar la trompeta, lo que también influyó en mi acercamiento a la guitarra. El segundo momento fue más concreto. Un primo muy querido fue a la India y me trajo un sitar de regalo. Este encuentro con ese instrumento coincidió con mi naciente interés por las afinaciones alternativas para la guitarra y fue lo que hizo surgir esa faceta folkie acústica. Todo eso se juntaba en mis caminatas de café en café por Coyoacán, caminando y tocando y encontrándole nuevos caminitos (al menos para mí) a la vieja guitarra.

¿Qué te llevó a la improvisación? Quien escuche el disco homónimo de Kali Yuga (2011), jamás hubiera imaginado dónde estarías musicalmente nueve años después.
Desde que empecé a tocar me ha gustado improvisar, sólo que al principio era andar por territorios más conocidos, como el blues y el rock. Cuando me fui a Cuernavaca, lo hice con la idea de los tracks finales del primer disco de Liquid Tension Experiment, que es una larga improvisación dividida en varias pistas en el CD, algo así es lo que estuve explorando en aquellos años con amigos, eso y mucho, muchísimo, King Crimson. Al conocer a Germán, se me amplió mucho más el panorama. Además, en ese mundo de la improvisación libre he conocido muchas personas, verdaderos amigos y amigas, siempre me he sentido un poco fuera de lugar en todos lados, pero ahí creo que me he sentido como en casa… Aunque el rock sigue fluyendo por mis venas.

¿Tus “héroes” de la guitarra son los mismos de antes?
Sí, son los mismos, sólo se van acumulando más poco a poco. Pero no sólo guitarristas, sino músicos en general.

¿Espejismo Shit, con Junkie Age, es tu primer disco y banda experimental?
Junkie Age en realidad era un ensamble bastardo (como ellos le llamaban), de locura, de Óscar Navarrete, Toto Merino y Felipe Peralta; esa vez me uní a la locura y grabamos con mi equipo, así que publiqué un disco. El primer ensamble de impro totalmente libre es el Ensamble Proto, con Sim Bringas en la batería y después, ya más formalmente, Opactli.

¿Cuántos proyectos propios has creado y cuántos tienes activos en la actualidad?
Toda la música que tengo publicada ha sido de proyectos propios, excepto Junkie Age y El Epistolario de Carlota que, digamos, fueron colaboraciones espontáneas. Yo he sido quien invita a los participantes y organiza, graba, edita, mezcla, masteriza, diseña y publica la sesión, ya sea en video, en mi canal de YouTube, o como álbum en mi bandcamp. Los proyectos están latentes ahí, listos para ser llamados si es necesario, como ocurrió hace unos meses con el encuentro de Opactli en la Terraza Monstruo. Además de eso, tengo mi proyecto solista con loops y elementos electrónicos y he sido invitada a varios ensambles colectivos como Cihuatl y Montañas Rojas.

¿Cómo eliges los proyectos en los que trabajas, por ejemplo, Opactli, Mu, Rodototoed, EA?
Más que elegir los proyectos, elijo a la gente con la que quiero trabajar, si lo que hacen me llama la atención. Si me parece que podría salir una mezcla interesante de la interacción entre ciertas personas, organizo una sesión, ya sea en casa para grabar o en los espacios donde se presentan ciclos de improvisación, como es el caso de Las Ronronoise, ensamble formado para el cierre de la Terraza Monstruo. Algunas personas se han convertido en colaboradores constantes, como Toto Merino (Kali Yuga, Opactli, Rodototoed, Mu), Adriana Camacho (Eleusis, Cihuatl, Anearmdariasmdarlayne, Las Ronronoise), Alina Maldonado (Cihuatl, Montañas Rojas, Venus Roja). Un caso ejemplar es el Puentes de luz que surgió de una presentación donde coincidimos Diosaloca (Edmeé García) y yo. Quedé fascinada por su trabajo y le propuse en ese momento vernos para grabar. Cuando llegó el día, nos conectamos y comenzamos a tocar sin antes haber hablado nada sobre sus poemas, sobre nuestras expectativas, sobre el tema de lo que se venía encima. Todo el álbum fue grabado de esa manera espontánea, a una sola toma por poema/track.

¿Podrías describir en qué consiste cada uno de estos proyectos?
La mayoría de los proyectos que he publicado se basan en la improvisación desde diferentes territorios. En algunos predominan más el ruido, los elementos electrónicos o instrumentos acústicos, la idea de paisaje sonoro o el rock y la psicodelia. Todo depende del campo de acción de los diferentes participantes. Mi proyecto solista consiste básicamente en improvisación ambient-rock con loops y electrónica. Los proyectos más difíciles de mantener a mi gusto son las bandas de rock, en las que la improvisación juega un papel importante, pero queda inserta en composiciones estables casi siempre colectivas.

Hay 33 producciones en tu bandcamp, mismas que has subido en un lapso de casi seis años, un promedio de 5.5 por año. ¿Qué hay de la calidad, se cuida lo suficiente? Si bien algunas de ellas son resultado de sesiones de improvisación y se suben porque son un retrato del momento, ¿cuál es el parámetro con el cual mides la calidad?
En realidad ese bandcamp nació en 2010 con mi disco Ciclos (y de hecho hay algunos años en blanco, como el 2018), pero los discos ahí publicados se remontan hasta el 2002, con los primeros álbumes solistas que grabé mientras vivía en Cuernavaca (Música solitaria, aldaer, Trabajos para video) y hay uno del 98 aproximadamente, un demo de una de las primeras bandas que tuve (Ménage à trois). Los discos más recientes surgen de sesiones de improvisación, de donde salen normalmente unas dos horas (más / menos) de material. Algunos días después de la grabación, me pongo a escuchar y seleccionar las mejores secciones (lo cual a veces es muy difícil). Para seleccionar algún pasaje, busco que tenga cierta coherencia interna, desarrollo, narrrativa, busco equilibrar el ruido con lo armónico/melódico y busco que me emocione. Si algo me aburre o siento que no lleva a nada, lo descarto de inmediato. Todo esto siendo muy consciente de que es una música para la que no todo el mundo está preparado.

¿En estos días de confinamiento has trabajado mucho, qué viene para el futuro?
Durante la cuarentena me obsesioné aprendiendo animación 3D. Quiero seguir desarrollando esa habilidad (loops 3D en Instagram). También hice un pequeño micrometraje en stop motion. Quiero seguir con esta serie de pequeños loops en stop motion que tengo algunos años trabajando. Además, empecé una serie de colaboraciones remotas con Cloe Varagnolo de Alumbre, con Humus y con La Silla de Daniela, una compañía de danza contemporánea de Cuernavaca. Tengo pendiente ponerme en contacto con un par de personas más, con quienes se mencionó la posibilidad de hacer colaboraciones remotas; un soundtrack para un documental en el que participarán Maricarmen Graue y Rodo Ocampo. También tengo pendiente terminar la edición y mezcla del disco de Venus Roja y uno de Montañas Rojas. Hace un mes nos juntamos Adriana Camacho y Toto Merino para una sesión en casa. Estoy planeando organizar una sesión así una vez al mes mínimo, con diferentes personas, para grabar y sacar videos y algún posible disco.

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Publicado en: Entrevista