Yin-Yang: Piramides y OMPD, dos propuestas regiomontanas

La abundancia de material nos lleva a dejar fuera el trabajo de grupos y solistas ante la imposibilidad de darles cobertura a todos. Hoy, este espacio se vuelve un split con la concurrencia de dos bandas regiomontanas sin puntos sonoros de contacto, aunque hermanadas por la actitud hacia el riesgo y la creación de música alejada del mainstream.

Del pop fino a la experimentación

Patricio Coronado se vio arrobado por la música desde muy pequeño. “Mi recuerdo más antiguo es de cuando tenía cinco años: un piano antiguo en casa de mis abuelos en Oaxaca. Estaba oculto en un cuarto que funcionaba como bodega, la cual siempre llamó mi atención y llegué hasta él por una especie de instinto de curiosidad. Entré y toqué las teclas de ese mueble negro. No sabía que generaba sonido, no había visto uno antes. Lo toqué y sentí que ya sabía tocarlo, hice unas melodías bobas que me entusiasmaron e hicieron que pidiera a mis padres clases de música, cosa que sucedió mucho más tarde, a mis once años. Empecé con la guitarra y a la par aprendía bajo, el cual podría considerar mi instrumento principal. Éste ha sido mi compañero para entender la música, suele ser la base de la armonía y tiendo a sentirme más cómodo pensando las cosas desde abajo, entendiendo el pentagrama como una verticalidad”.

Fotografía: Karen Reyes

Sí, el bajo es el instrumento de Coronado, aunque al momento de componer recurre al piano; pero más que un instrumentista, prefiere el mote de arreglista o productor. Antes de llegar a Fuscas, su primera agrupación formal, hubo otras intentonas, aunque ninguna de ellas, dada su falta de compromiso, alcanzó trascendencia. “Allí aprendí a estar en un grupo y a componer. Luego toqué en Volks, una banda a la cual fui invitado y mi rol fue más de arreglista, aunque también compuse algunas canciones y aprendí bastante, ya que me acerqué a la producción musical”.

Coronado se ha convertido en alma y corazón de Pirámides, una agrupación fundada en Monterrey y en cuya discografía encontramos sencillos, discos EP y dos álbumes, pero en la que lo más atrayente es la transformación de la música desde su nacimiento hasta la fecha. Aquel grupo que lanzó “¿Por qué no puedo mentir?” y el álbum Llovizna en 2016, no guarda similitud con el que editó al comienzo de 2020 Presentes oblicuos, ya inserto en una veta más experimental. En medio, como bisagra, aparece Superficies de uso mixto vol. 1 (2018) en el cual advertimos cómo la cara pop se disuelve lentamente para darnos atisbos del porvenir.

Cuenta Coronado: “Llovizna fue un álbum compuesto por mí; sin embargo, a la par de producirlo hacíamos nuevas canciones y la idea de un segundo disco existía en nuestras cabezas. Recuerdo al menos tres álbumes que pasaron en medio de Llovizna y Superficie de uso mixto vol. 1 y que por una u otra razón no produjimos, se quedaron como grabaciones de ensayos, en vivo, maquetas o incluso sin grabar. En ellos había principalmente rasgos de post rock, math rock, psicodelia, trip hop y experimental. La canción ‘Bosque’ y Superficie de uso mixto vol. 1 tenían como propósito ser un ‘por mientras’ en lo que lanzábamos el segundo álbum; sin embargo, dos miembros de la banda salieron después de eso y los planes cambiaron”.

Comparado con sus trabajos anteriores, Presentes oblicuos representa un movimiento de 180 grados, una decisión extraña, pues a pesar de indicios del pasado, no hay ninguna mediación; por el contrario, el movimiento se antoja radical, esa clase de empujes que suelen alejar a los fieles primigenios sin saber si en el nuevo territorio se encontrarán nuevos. Dice Coronado acerca de esta decisión: “Quería aminorar el tiempo de producción. Habían pasado varios álbumes que no hicimos y no quería que siguiera sucediendo eso. Había que registrar las improvisaciones y publicarlas. Me parecía una manera más honesta de retratar a la banda. Producir es un proceso maravilloso de descubrimiento, pero también suele ser lento y cansado, y no creo que las canciones, sin demeritar su alcance, ameriten tanto tiempo para ser producidas, pues generalmente cuando terminas un álbum, creativamente ya vas uno o dos más adelante y esa lentitud a veces me provoca una especie de frustración: la idea de estar siempre en el pasado. Como músicos solemos estar atados a eso; desde el hecho de ser catalogados como psicodélicos, de ser tal o cual cosa, de lanzar canciones que se compusieron años atrás, todo eso lleva una fecha de caducidad inscrita en la etiqueta, pareciera la música nacer ya muerta. Sé que no es así, pero así se siente. El grupo en cierto modo nació siendo una banda de improvisación y mantuvimos latente esa práctica durante todo ese periodo. Lo mejor era retratar el momento en que sucedían las ideas y no las ideas ya tratadas en un estudio. Eso fue en grandes rasgos el motivo de hacer así el álbum. Por otra parte, desde mi perspectiva este juego del 180 grados que mencionas es precisamente el tema de la conciliación. Tal vez sea paradójico, pero creo que improvisación y composición pudieran llegar a ser una misma cosa, una unidad. Es difícil establecer un límite preciso entre una y otra”.

¿Cuántos fans ha ganado Pirámides en este proceso, cuántos permanecen, cuántos le han volteado la espalda? Si escuchan Superficie de uso mixto vol. 1 topan, en  “Cómo ver un eclipse”, con matices cercanos al krautrock a la que sigue “Ráfagas”, un bolero parido bajo la influencia de Los Ángeles Negros; después tenemos “Aquí y ahora”, tema de rock pop sin relación con la atmosférica “Arrecifes” que se enlaza con Presentes oblicuos. Hablamos de blanco-negro, duro-suave, de cualidades que forman parte de la combinatoria de una banda en una misma canción, pero difícilmente se llevan a cabo de un álbum a otro y cambian el rostro de la misma.

“Muchos seguidores se mantienen. Algunos extrañan el sonido de antes de Presentes oblicuos. Es también la audiencia partícipe de esa perpetuación de la nostalgia de la que hablaba. Pero han llegado seguidores nuevos. Las presentaciones en vivo, en esta etapa, han sido más efectivas en cuanto a conexión con la audiencia, por el hecho de estar más cerca de lo visceral, lo que se adapta más a lo performativo”, concluye Coronado.

La seducción de un nombre

En la base de Orchestral Mercy for a Potential Disaster (OMPD) está la semilla de la rebeldía y el trabajo de un solo hombre que inició el proyecto para evitar pagar derechos por el uso de la música para sus producciones audiovisuales y que ahora ha evolucionado a una banda ríspida, cortante, en la que el noise y el metal extremo se tienden la mano.

Sin embargo, hace años esta evolución hubiera sido impensable. Freedy D’azure-Hernández tuvo su epifanía con la música cuando rondaba los trece y los establecimientos donde se le podía encontrar en directo eran permisivos y lograba colarse. “Muchos saben a qué me refiero”, dice el regiomontano.

La academia estuvo a punto de clausurar su futuro como músico. Durante ocho años tomó clases con maestros de conservatorio “y sinceramente fue de mi desagrado, lo más que me dejaban tocar de música contemporánea fueron los Beatles y terminé bloqueado por completo; además, el gusto de géneros musicales de altos decibles me alejó mucho más”.

Fotografía: Víctor Fu

No obstante, esas lecciones rindieron frutos al brindarle los rudimentos necesarios para permitirle tocar diversos instrumentos. Sin embargo, ha sido en el deck de mezclas donde mejor se siente. Para él, tornamesas y mezcladora deben recibir “la categoría de instrumento y no es algo actual o de temporada”.

OMPD es la apuesta actual de Hernández, pero antes de encontrarse aquí a su entera satisfacción, formó diferentes agrupaciones que regularmente desaparecían de inmediato. Cuenta: “Estuve involucrado en la formación de muchas bandas,  de casi de todas fui fundador, pero en algún momento del proceso para salir al público, me salía de ellas. Tengo pánico escénico y te preguntarás qué sucede cuando estoy en el deck. Es muy simple, lo veo como mi cocoon [capullo], donde sólo me enfocó en mezclar, compartirle a los demás rolas o remixes raros, extrañas ediciones, material difícil de adquirir y sobre todo que el público se la esté pasando muy bien”.

Hace una década nació OMPD para crear los scores de Hernández, pero tres años atrás, una vez que logró superar sus fobias con el escenario, el grupo se convirtió en un trío con dotación y alineación movible que “modifique el sentido de lo que se presente en público”.

Ocultismo, paganismo, “black metal con elementos de grind y noise” son algunas de las afluentes de las que abreva el proyecto, una entidad que en directo es diferente a lo que ha quedado registrado en el estudio. Hasta el momento se han editado un par de álbumes 33 (2017) y Secret Rites Between the Shadows and Devotion (2018), el EP Arise the Light (2018) y el sencillo Translight for the Eternity of the Chosen Ones (2019), pero ninguna de esas grabaciones existe en formato físico.

OMPD se interna en los drones, el noise, gusta de crear atmósferas densas, lúgubres, irritantes momentos repetitivos; teje ambientes perturbadores pero bellos que atacan las márgenes de lo industrial, tangencialmente el gótico, un todo regido por una electrónica oscura, pero no por ello menos disfrutable. No es un bocado para cualquiera, en definitiva, pero aquel deseoso de aventuras que se acerque a paladearlo, algo encontrará de su satisfacción.

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Publicado en: Reportajes