En el vasto espacio del subsuelo nacional y la llamada por algunos “escena”, hemos encontrado nombres que han sobresalido con el paso de los años, nombres que hacen de su música un contundente discurso que se vuelve presente en cada una de sus manifestaciones.
Uno de los proyectos que se encuadra en esta afirmación es Mito del Desierto, una propuesta honesta que combina el ruido, la tradición de la música industrial y algunos subgéneros como el power electronics, pero que encuentra un camino propio en su producción sonora. Abrasivo y corrosivo podrían ser palabras que le vestirían bien a Mito, cuya morfología ha demostrado un discurso propio, un camino que lo ha llevado durante algunos años por una travesía de sensaciones violentas que en ocasiones se vuelve necesaria.

Fotografías: cortesía de Sebastián Franco
El pasado 1 de agosto, Mito del Desierto lanzó su nuevo álbum, Amuleto–imán, un material de larga duración que cuenta con 18 tracks en los que colaboran en varios nombres importantes del underground nacional. Editado en formato de cassette por Silencio EPI, se trata de una muestra de lo que es el proyecto, un álbum desbordante en el cual se entrecruzan matices abrasivos con grabaciones de campo, junto a voces que se disipan y que parecieran leer una especie de liturgia poco digerible.
En cortes como “Cava su propio útero”, junto a Mabe Fratti, el artista logra acompañar la voz y el chelo de la invitada con una manta de sonoridades apacibles pero atonales que se amalgaman a la perfección, como lo demuestra también en tracks como “Donde crepita el hueso” junto a CCOOWWSS, o “& el destino de un disparo”, con Sima Negra, dos temas que muestran el lado más colérico y mordaz de Mito del Desierto y en los que muestra esos recursos de la malformación sonora que pareciera una extremidad más de su cuerpo.

Por otra parte también resalta el ensamble de textura que se logra posicionar en piezas como “Castrar la luz”, al lado de Concepción Huerta, o “Anestesian la hora”, en colaboración con Ñois, miembro de Tajak; ahí, pareciera que una marejada de sonidos fríos chocan como metales en fábricas abandonadas y el eco produce un juego de arritmias sonoras, hasta llevarlo por espacios casi claustrofóbicos.
Estamos ante un material largo y complejo que no busca preguntas o respuestas, sino dejar plasmado un registro de lo que hoy día habita en el subsuelo. Una recopilación de ruido y atmósferas oscuras que reclama ser escuchada. Uno de los lanzamientos más propositivos en lo que va del año. Un disco por momentos etéreo y a la vez caótico. Una carta de presentación perfecta para conocer lo que habita debajo del pavimento.
Sebastián Franco