¿Quién no se ha sentido un fracasado, un don nadie, un paria? Ya sea en el amor, en el trabajo, en la vida o en la escuela, tarde o temprano todos caemos en el bache del fracaso, sintiéndonos incapaces de cumplir aquella meta que buscábamos alcanzar. Un estereotipo de la sociedad posmoderna que remite mucho a la condición de fracaso es la del hippie, el personaje sin trabajo que se opone al sistema desde una filosofía de “vida alternativa”. ¿Qué pasa si juntamos ambos conceptos? Se crea una contradicción, una negación del fracaso gracias al fracaso, una figura paradójica que bien puede recordarnos a cómo funcionan los amantes que se aproximan y repelen.
Conformada por Trilce Ariadna (voz, flauta) Cuauhtli Garcia (voz, guitarra) Sergio López (bajo), Naye (voz), Gus (percusiones) y Roberto Hurtado (batería), Fracaso Hippie es una agrupación michoacana que descubrí hace un par de semanas gracias a los algoritmos de Spotify (¡ya era hora de que algo bueno trajeran esas pinches recomendaciones!). De acuerdo al flyer de su presentación en el festival en línea “Estoy erizo en casa”, el cuarteto de fracasados se define como “un proyecto de pop estridente que de manera casi orquestal raya en el post-rock para luego dar paso a sonidos folklóricos” y según su video más viejo en YouTube, realizaron su debut en el mes de septiembre del 2014, por lo que ya llevan varios años de tocar juntos.
Pasar de una armonía calma a la gran tempestad es una de las especialidades de este grupo mexicano, como iremos desglosando al sumergirnos en su primer álbum de larga duración, Venimos al mundo (2020), un compendio de seis canciones que mezclan la vibra del rock alternativo-experimental con sonidos folclóricos, coros ambientales, espacios psicodélicos y emociones de post-rock.

Imágenes: cortesía Fracaso Hippie
Acreedora de ser reconocida como “versátil”, la banda arranca la introducción de la experiencia anti-hippie con “Rosa”, una atmósfera mística, surreal y fantástica que nos adentra en un bosque de nostalgia en la que afloran historias de arrepentimiento. Aquí, Cuauhtli García nos muestra el arrullo que su voz es capaz de alcanzar: es la Rosa como metáfora del amor perdido, una rosa que está muriendo, marchitada porque nadie la regó: “Amaneció el dolor”.
Así como su primera canción, todo el álbum de Fracaso Hippie está lleno de encuentros gratos y amargas despedidas. En “La visita” recibimos una caricia en forma de sonrisa, donde ya comienzan a surgir riffs, distorsiones y sintetizadores más pesados, mientras “Olvídame” nos transporta a la sublimación de un lamento nostálgico y alegre en el que flotan todo tipo de sonidos folclóricos (¿herencia de su origen michoacano?): una guitarra acústica y un bajo son la primera guía, luego llegan a la fiesta trompetas, clarinetes y coros de voces, como una banda que está de fiesta en el parque, un ambiente no exento de drama, como dejan claro al final de la canción.
Una de mis favoritas es “Presencia”, una canción progresiva cuya letra te lleva de la mano por un amor excitante y dramático. En apenas un minuto, la canción te transporta por los matices de una historia que todos hemos experimentado, aquella en la que nuestra existencia está supeditada al reconocimiento que hace de nosotros el ser amado. Conforme avanza la pérdida de control, también lo hace la fuerza de la música que avanza en intensidad como lo hace el corazón cuando mira a la persona romantizada.
En el transcurso del segundo minuto una armonía folklórica y un riff muy alternativo anticipa una serie de arreglos vocales impresionantes, en la que se mezclan voces en una letra que te perfora: “Y… me he de conformar… con la sensación… de guardarme lo que siento… tal vez nada va a cambiar… pero yo quiero sentir… que existo aunque sea un momento…”. Aquí estalla una armonía electrónica experimental que juega con los límites de la distorsión, previo al gran clímax de la canción, un gran cierre punk con un coro a voces que grita “¡Que se escuche, lo que siento!”.
A “Presencia” le sigue “Los que pierden todo”, una canción acerca del valor, una invitación a desafiarlo todo. Al igual que sus otras piezas inicia con calma, apenas una voz en la madrugada acompañada de instrumentos de viento que luego son escoltados por el redoble de una tarola y la dulce voz de Trilce. Es en el minuto dos cuando revienta un himno de sintetizadores, guitarras y coros en los que el miedo no decide por nosotros: “Y si al despertar no hay nadie que nos acaricie, que nos diga cómo estás, ¿cuál sería el temor entonces de quedarnos solos, de quedarnos locos, de perderlo todo?”. Es en esta canción que más resalta el uso de los sonidos electrónicos del grupo, su cierre me remite a un sueño digital que se va apagando.
La discusión está abierta, pero muchos coincidirán en que “Venimos al mundo” es el gran éxito de la banda, canción homónima del álbum. Tema que cierra la marcha de la orquesta, en ella se sintetiza todo lo anterior: una letra impresionante, un gran aprovechamiento de coros para crear armonías absorbentes, el sonido folk de los instrumentos de cuerda, una progresión post-rockera que te lleva de una explosión a la calma del mar en un segundo y un mensaje existencial: “Si yo muriera el día de hoy… quisiera estar tranquilo… mirando al sol”.
Esta pieza es la más extensa del álbum y también su letra es de las más impactantes: “Nada nos hace eternos y, aun así, buscamos sólo una razón… para matar… para morir… para vivir… para existir”.
En el minuto tres la canción entra en su primera transición significativa, con un solo de guitarra acústica que sigue acompañando la serenidad de las voces hippiesyfracasadas. Se desarrolla entonces un diálogo melódico digno de una película de Almodóvar: “¿por qué nos morimos? No he encontrado alguna explicación… si tanto nos quisimos… ¿por qué al mirarte siento rabia y rencor?”. Es la tensión que existe en todas las relaciones amorosas: el estira y afloja, la transformación del afecto en odio, la metamorfosis del corazón.
En el minuto seis la canción eleva al espíritu con un grito transformador en el que el grupo reconoce lo absurdo de todo: “Venimos al mundo a morir sin un argumento”. Se hace añicos el cristal y de él sale un instrumento de cuerdas (¿un ukulele?) que te escolta por un viaje de tranquilidad y paz, dejándote suspendido en una atmósfera surreal en la cual sólo permanece el espacio lleno de estrellas.
Así termina el primer álbum de la banda, una entrega muy completa que seguro captará el corazón de más de un hippie fracasado. Ahora bien, no me atrevería a escribir de este grupo sin darle una mención aparte a una canción suya que por el momento únicamente está disponible en sesiones en vivo. Me refiero a “Perdedor”, un pieza que mantiene lo progresivo de su estilo y que más que otra incluye distorsiones y riffs que recuerdan mucho a Sonic Youth y al grunge-alternativo de los noventa.

Al igual que en sus otras composiciones, este tema juega con el ir y venir de las emociones fuertes a figuras serenas (y viceversa), con una declaración de odio que dejaría contemplativo a Efraín Huerta: “Debiste llegar temprano para mirar cómo los buitres nos comían… debiste pelear de frente para patearte y no quedarnos con la duda… debimos limpiar la sangre para negar hasta la muerte de tus hijos… debiste morir bastardo, pero prefiero saludarte como hermano”.
En esta canción las temerarias voces de nuestros perdedores hacen un match perfecto con lo estridente de la distorsión y los toques shamánico-delirantes de los instrumentos de viento. Es una obra que retoma influencias del pasado y las renueva con la fuerza que sólo la mezcla de géneros musicales puede alcanzar.
A mi parecer, el 2020 no será recordado únicamente como el año de la pandemia, sino también como el año en que salió el primer álbum de Fracaso Hippie.