316 Centro, noches de desvirgue

Es la hora en la cual todos los gatos son pardos. No importa, los felinos que sueles toparte en tu trayecto son ya conocidos, aunque  no por ello avanzas en la pendeja; nunca está de más cierta cautela, incluso en tus propios bosques.

No es la primera vez que viajas al centro de noche y Pino Suárez, la estación del metro, no enciende tus focos rojos. Sin embargo, cuando llegas y subes a la superficie, recuerdas que hay muchas maneras de entender y vivir el primer cuadro de la ciudad; los límites “seguros” de éste en realidad son pequeños y, efectivamente, la oscuridad no reconoce aposturas, aunque sí olores: te recibe un  tufo agrio, picante, molesto al olfato, sentido que tienes estragado, así que imaginas cómo percibirán ese amasijo de pambazos, orines, aceite mil veces quemado y otras garnachas aquellos que presumen tenerlo igual al de un can.

Fotografía: David Cortés

Lo que sí no cambia es tu sentido de orientación. Aún funciona, así que al bajar del subterráneo caminas a Fray Servando que se encuentra a unos cuantos metros y de allí hacia donde te diriges sólo hay que andar pocas calles, según el mapa. Nada significativo de día, pero una gran aventura bajo el dominio de las sombras, sobre todo cuando te percatas de que te diriges hacia los rumbos de La Merced y el Mercado de Sonora.

Sientes el subidón de adrenalina y recuerdas a ese colega que en un seminario sentenció, no sin razón, al hablar de los ochenta: “Cuando uno le decía a la familia ‘voy a ir a un concierto’, casi te echaban la bendición y se despedían de ti porque  no se sabía si ibas a regresar”. Sudor frío: no le dijiste a nadie a dónde ibas y no vas a un concierto porque por una extraña mixtificación del lenguaje, de la industria o ve tú a saber qué, ir a un antro no aplica como concierto, aunque en realidad sea lo mismo.

En esas estabas cuando de un lugar en donde se escucha una cumbia a alto volumen sale despedido un borracho casi descamisado que por poco te arrolla a no ser porque aún te quedan algunos reflejos, aunque eso sí, el eructo que profiere y dirige hacia tu cara es una mezcla entre pulque, vísceras y cerveza. Sí, el rock es un deporte extremo, no sólo en México, en todo el mundo y claro, es la novatada, estás pagando derecho de piso: invariablemente, en tu primera visita a un nuevo lugar, hay algo siniestro en la atmósfera y obstáculos a sortear en la travesía. Si trajeras radar, una gran cantidad de puntos rojos te indicarían que estás cerca del epicentro de la prostitución y créeme, no es lo mismo Plaza de la Soledad que Avenida de los Insurgentes cuando de esos menesteres se trata.

El mapa de tu celular te indica estar cerca, pero no ves luz o los clásicos grupos de gente que fuma, señal de que has llegado a tu destino. De hecho, ya te has pasado y luego de regresar unos pasos encuentras lo que para ti es el grial de la velada, pero solo hay un número sobre una estrecha puerta metálica: 316.

El asunto empieza a tener algo de sospechoso, emocionante, preocupante y otros …ante. Llegaste, es el lugar, pero la puerta está cerrada. A un lado hay una minúscula tortería y preguntas por el 316. Luego de mirarte con algo de sorna, te dicen que es allí, en el segundo piso.

Elemental, te dices, pero, ¿y la contraseña? Debe haber una, aunque al pegarle al timbre sólo se escucha la chicharra que te indica empujar la puerta. ¡Vaya!, la escalera es minúscula, estrecha, si alguien viene en sentido contrario hay que ladearse para lograr pasar. Subir los instrumentos por allí es la primera proeza de la tarde; bajarlos de noche y cansado ha de ser heroico.

https://www.youtube.com/watch?v=cK2M1ZzT0EA

¿A quién vienes a ver? Ya estás aquí y no importa, únicamente repasas que así es esto del rock, que el de a de veras hay que buscarlo en los sitios más inverosímiles, inesperados y cutres. Hay que vivirlos de noche, cuando las sombras todo lo democratizan y los tragos disuelven fealdades y anulan cicatrices.

La última sorpresa, o eso crees, es darte cuenta que has ingresado a un departamento. Supones que en el Nueva York de los setenta así funcionaban los lofts. Has llegado a la Meca, pero en lugar de oraciones hay que empalmar una cerveza y merodear por el lugar, acción que no lleva mucho tiempo, porque el sitio es minúsculo, mas le reconoces el ángel, eso que nunca has podido describir con palabras, pero que se siente en el trato que recibes, en la mugre acumulada en los rincones, en la herrería que resguarda las ventanas o la fauna que se da hado cita aunque ésta ha tiempo dejó de ser confiable porque tu look, las patas de gallo y esos párpados colgantes te hacen aparecer como agente judicial encubierto y todos desconfían de ti.

La noche de tu desvirgue en el 316 la hace Tajak y Mabe Fratti. Vaya bocado, las paredes resisten el fuerte impacto de los decibeles. El sonido es potente y piensas en los vecinos (¿habrá más inquilinos en el lugar? Seguramente, porque al llegar preguntaste a unos cuál puerta tocar; hay tantas en cada piso y cero indicaciones que no te quedaba de otra).

Ya con más confianza regresaste y te tocó una noche grandiosa en la que Doquier reventó las bocinas y todos los límites. Ese mismo día, Puce Mary hizo uno de los shows más vigorosos y entregados que te haya tocado ver en tiempos recientes, luego de un preámbulo en el cual Kali Malone y Concepción Huerta te pusieron a viajar a ti y a tu acompañante (mira, si ya estás por convertirte en un habitual del lugar, hasta te haces acompañar).

https://www.youtube.com/watch?v=H76a8Wie2kk

Ya eres un adicto, le has entregado un poco de ti al 316 y éste, a cambio, te ha hecho pasar algunos de los momentos musicales más intensos de años recientes relacionados con la experimentación, noise, vanguardia y esas tendencias extremas que te flipan. El lugar fundado por Iván Almanza, Gibrana Cervantes, José Cortés y Gustavo Gil cumplió dos años de haberse inaugurado el 28 de junio de 2018 y además de celebrarlo con un live streaming, han lanzado un compilado con tracks en vivo de Camedor, Hospital de México, Jeremy Gara, Amor, Muere, Mueran Humanos, Lori Goldston y una improvisación entre Jorrit Dijkstra, Misha Marks, Amanda Irarrazábal y Chris Cogburn, bajo el nombre de Sesiones en vivo. 316 Centro, vol. 1.

La música está allí, un muestrario de la diversidad de oferta en el cual electrónica, postpunk, doom, free jazz, pop, sludge y demás tienen cabida. Existe la promesa de recopilaciones similares, pero no importa el número de las  mismas, la experiencia en vivo es inigualable y no hay que dejarla pasar.

Sólo no olviden tener datos suficientes para llamar un taxi cuando sea hora de regresar a casa y luego volver al 316.

 

David Cortés

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Reportajes