Luego de meses de confinamiento, decir que el entorno de la música llamada clásica y de concierto, la ópera y géneros asociados, se ha transformado radicalmente es ya una obviedad. Como en muchos otros ámbitos profesionales, armados de medios tecnológicos poco sofisticados y de utilización más bien intuitiva, instrumentistas y cantantes han tenido que adaptarse a una audiencia resignada a imaginar, a través de pantallas y dispositivos de audio, la atmósfera de un concierto —que en realidad transcurre en un auditorio vacío— o bien a intentar disfrutar las interpretaciones que los artistas comparten desde sus propios espacios de aislamiento domiciliario. Para el melómano aficionado o experto, la imposibilidad de acudir a cualquiera de los miles de eventos musicales cancelados en el mundo ha encontrado cierto desagravio en el acceso, a veces gratuito, a múltiples plataformas donde se almacenan grandes videotecas.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Sin embargo, es justo decir que pocas de estas transmisiones, en vivo o diferidas, consiguen proponerle al espectador proyectos interesantes para el aprovechamiento cabal de nuestras circunstancias actuales —prácticamente idénticas en todo el planeta— y para favorecer una profunda conexión entre espectador e intérprete que en tiempos normales resultaría inviable. Una de esas raras ocasiones se produjo hace unos días, cuando el gran pianista ruso-alemán Igor Levit transmitió en vivo un verdadero tour de force. Me refiero a la interpretación ininterrumpida de las Vexations (1893) de Erik Satie, una obra cuyo prefacio advierte: “Para interpretarse 840 veces, es recomendable prepararse con antelación, en el mayor silencio y a través de la más intensa de las inmovilidades”. La hazaña comenzó en Berlín el sábado 30 de mayo, a las dos de la tarde, y terminó poco más de veinte horas después.
Ya desde 1963, cuando John Cage presentó la obra en Nueva York, auxiliado de once pianistas, la obra de Satie despertaba una enorme curiosidad, mucho más allá del récord Guinness que obtuvo póstumamente. Tanto intérpretes como espectadores, subrayaban una intrigante peculiaridad: incluso después de cientos de repeticiones, los pianistas se veían forzados a leer la partitura y reaprenderla como si fuera la primera vez, mientras los espectadores se manifestaban impresionados por ser incapaces de memorizarla o tararearla después de horas enteras de escucharla repetidamente. La combinación de una estructura asimétrica y la falta de un centro tonal, además de un tempo establecido como trés lent, parecen tener algo que ver con esta sensación, al menos en términos estrictamente técnicos.
Los musicólogos no han llegado a un consenso sobre el significado y las intenciones últimas de la obra. Para algunos, se trata de una mordaz crítica a los ejercicios exigidos por el Conservatorio de París a sus estudiantes menos aventajados. Para otros, las repeticiones, melancólicas y ansiosas evocan el fin del romance de Satie con la excéntrica pintora Suzanne Valadon y un posterior y largo encierro en una pequeña habitación del sótano de un edificio en la rue Cortot, en Montmartre, que compresiblemente le produjo una “fría soledad que llenaba la cabeza de vacío y el corazón de pena”.
Volviendo a Levit, el proyecto fue acometido con éxito, según lo atestiguaron sendas transmisiones en directo vía el semanario Der Spiegel y el Festival Internacional de piano Gilmore. Quienes pudimos ver “el concierto” no olvidaremos en mucho tiempo la imagen del intérprete, en comunión con el instrumento, cubriendo el piso de la habitación con cada una de las 840 páginas, ausentándose apenas unos minutos para satisfacer necesidades básicas, cambiando de postura, a veces de pie, a veces sentado, a veces comiendo un refrigerio o bebiendo agua en pausas mínimas, pero siempre volviendo a esta batalla contra el cansancio y la monotonía, mediante lo que él mismo describió como un stumme schrei, es decir, una especie de grito silencioso.
Es el grito, dice Levit, de todos los que están sufriendo, los que se concentran en sobrevivir, los que esperan que las cosas mejoren y sobre todo de los que quieren, por medio de la música, proyectar su desasosiego, su inconformidad o incluso su simpatía con quienes, de una u otra manera, resienten peor los embates de la pandemia. El enfoque de Levit es, en cierta medida, el de las Vexations como lenguaje de la resistencia, el de la oportunidad de aprovechar el recogimiento forzado para convertirlo en una especie de retiro, jeremiada comunitaria, laicas Leçons de ténèbres, en un evento hipnótico de íntima y trascendental conexión con el espectador.
Conocido no sólo por su virtuosismo y altos estándares artísticos sino también por su disposición a adoptar posturas políticas claras, Levit es uno de los pocos intérpretes de su generación sobre el que pesan serias amenazas de muerte, ya que es quien con mayor furor ha planteado con claridad una postura contra la extrema derecha alemana y quien ha formulado una consistente crítica a la respuesta europea a la crisis de refugiados. Con su performance del fin de semana pasado, Levit no sólo hizo historia al ser uno de los pocos que han interpretado las Vexations por sí solo y de manera ininterrumpida, sino que también se ha puesto a la cabeza, quizá junto con Evgeny Kissin y Vikingur Ólafsson, de lo que Alex Ross denomina “la revisión del formato del recital”. Lo había hecho ya, cuando en diciembre del 2015 interpretó las Variaciones Goldberg de Bach en una plataforma giratoria diseñada por la artista contemporánea Marina Abramović. Y lo hizo de nuevo ahora, llamando la atención sobre la situación del arte y los artistas bajo la pandemia, denunciando con vehemencia la soledad a la que la salud pública ha condenado temporalmente a la humanidad y actualizando el mensaje que Cage quiso transmitir en 1963, varias décadas antes de la “invención” de internet.
Con un gran reloj colgado en el Pocket Theatre de Nueva York y a sabiendas de que el evento duraría no menos de veinte horas, la administración calculaba los reembolsos a los que se hacían merecedores los asistentes –en razón de un centavo de dólar por cada veinte minutos de permanencia–, luego de haber pagado boletos de entrada de cinco dólares cada uno. La idea, según la explicó el propio John Cage, era que “cuanto más arte se consumiera, menos debería costar”.
Para los rigores de la inmovilidad actual, el arte se revela una vez más como un lenguaje revolucionario para manifestar el desconcierto y, frente a las tragedias colectivas de nuestra era, como medio idóneo para estimular la solidaridad y la empatía.
Arturo Magaña Duplancher
Melómano. Ha escrito artículos y ensayos sobre historia de la ópera, ópera contemporánea y las transformaciones actuales de la música clásica en revistas especializadas. Creador y conductor de podcasts sobre estos temas. Twitter: @Duplancher.