“Una perra callejera en brama. Así es la crónica. La clase de animal que he encontrado, desde siempre, apenas me despierto para pisar las banquetas”. Directo, sin ambages, así apunta Alejandro González Castillo en las primeras líneas del prólogo de Manual de carroña (Producciones Salario del Miedo / UANL, 2020), su primer libro.
Quien avisa no traiciona lector: si decides adentrarte en esas páginas, sabes dónde te meterás; pero si no lo haces, te arrepentirás. Manual de carroña es un libro de las calles, pero no de cualesquiera. Aquí no hay avenidas importantes sino ambientes sórdidos, espacios que hierven a mierda, lodo, podredumbre, sitios que de noche, maquillados y con unos tragos encima, se vuelven interesantes, ya no hermosos, apenas pasaderos. A veces saltan algunos de sedicente alcurnia (El Lunario, Foro Sol), pero son los menos. Son textos en los cuales la música –el rock las más de las veces– es el telón de fondo de las verdaderas historias, aunque también las más de las veces funciona como detonador para meter a su autor en un aprieto.

Fotografías: cortesía Alejandro González Castillo
La relación amor-odio entre González Castillo y la música permea estas páginas y aunque en varios momentos de la lectura quiere desafanarse de su embrujo, no puede ir contra su propia naturaleza. En “The Brian Wilson Massacre”, luego de haber invertido buena parte de sus ahorros para trasladarse a Austin para presenciar en directo al líder de los Beach Boys y después de diversas vicisitudes, el nacido en los límites de la CDMX con Cd. Neza se confiesa: “Me hallaba en la orilla del acantilado. Standing on the edge. Y pensé, ¿neta, la música es tan importante para mí? ¿De verdad rijo mis parámetros de acción, mis deseos, toda mi vida, con música de por medio? ¿Será hora de cambiar, de deshacerme del embrujo? Ya antes me habían dicho que estaba bien idiota por actuar así, que la vida no era un disco, que vivir no era como escuchar un álbum, que era un inmaduro, por eso y por otras cosas, como mentir, mentir sistemáticamente”.
Esa recurrencia, que en realidad es como una voz ajena, la de los otros, amargados y quedados, aparece también en “Le entregaste tu juventud a un pinche racimo de canciones”: “Un buen día caes en la cuenta de que la vida se fue a la basura, cuando te asomas al espejo para descubrir que le entregaste tu juventud a un pinche racimo de canciones. La cosa es seria”.
Libro vicario, Manual de carroña es también un devocionario. ¿De qué otra manera pueden leerse esas expediciones que González Castillo hace a Liverpool para visitar su propia Tierra Santa y que lo llevan a viajar rodeado de miserables en un camión “pollero” que atraviesa el Canal de la Mancha en “El guajolote velga” o esa vivida descripción, casi rosario en mano, que hace por la ciudad que alumbró a los Fab Four en “Éramos como Los Eléctricos Canosos”?
José José, los Rolling Stones, Paul McCartney (sin el sir), Caifanes, Michael Nyman, Banda Bostik, The Yardbirds, Blur atraviesan estas páginas y lo hacen desde la retaguardia, aunque uno sabe que, si están allí, agazapados, saltarán en cualquier instante. Mientras esto sucede, González Castillo nos cuenta sus avatares como cantor de un dueto en los camiones de la Ciudad de México, el slam en un concierto punk con Mujercitos como acto estelar o lo que rodeó aquella entrevista con Javier Bátiz de la que en su momento dio cuenta, pero a la que pasteurizó para hacerla publicable.

Si hay peligro, si el tufo es inaguantable, seguramente él estará allí. Imposible pedirle que nos hable de colores pastel porque, a semejanza de los raperos de la old school, él gusta de the real thing y mientras más sospechoso sea el lugar, mientras la aura de fealdad sea mayor y la reputación del local inexistente, más atractivo resultará éste como objeto a quedar plasmado en unas líneas. En Manual de carroña, González Castillo hace hablar a la periferia y entrega verdades desnudas, incómodas, las restriega en la cara. Solo alguien que fue a esa biznaga rodeada de tierra que era la ENEP Aragón en sus comienzos, como quien esto escribe, puede entender el sentir de quién dice quería estudiar contabilidad y terminó en el periodismo, arrojado a sus fauces por la pesadilla de resolver derivadas: “… quiero decir que la UNAM es mucho más que los frondosos prados de CU y sus bellas facultades, plenas de camaradería y conocimiento, risas y diálogo, sensación de pertenencia y cierta certeza respecto al futuro; en las esquinas de la institución hay baños con mierda embarrada en las paredes, salones sin luz, lodazales en temporada de lluvia, frustración, harta frustración, y la jodida y jodona sensación de que ahí se pare el más oscuro de los mañanas”.

Crónicas de largo aliento que hablan de esos “oscuros mañanas” y se leen con la misma facilidad con la que el cuchillo caliente se desliza por la mantequilla, Manual de carroña dista mucho de ser un compendio de perdedores. Es un texto gozoso, porque su autor es capaz de sacar de la desgracia una divertida imagen (“observando las antenitas de vinil de las cucarachas que, a mi alrededor, detectaban la presencia del enemigo”) y porque da a la tragedia un risueño matiz. Ya lo decía Fray Servando Teresa de Mier: “Mi genio es festivo, el asunto trágico”.
A medio camino entre la crónica y la literatura, Manual de carroña debe poner a Alejandro González Castillo en un lugar donde su trabajo sea más y mejor valorado. He compartido con él algunas de las crónicas aquí incluidas y luego de leerlas, suscribo completamente las palabras finales de su presentación: “Si a ti, lector, algún renglón de los acá apilados te arranca una sonrisa, me doy por bien servido”.
Manual de carroña es un libro para sentirse orgulloso. No puse ni una coma en él, pero me siento así porque su autor es mi amigo. Lo siento, no podía poner punto final sin decirlo.