Arturo Huizar está muerto. El cantante y compositor falleció el 25 de abril pasado, a los 62 años de edad, por complicaciones de diabetes. Los detalles de su partida son escasos. Estaba enfermo de gravedad. El olor a muerte lo rodeaba, como en esa canción de Lynyrd Skynyrd. Semanas antes publicó algunas grabaciones desde el hospital en las que pedía a sus seguidores ayuda económica para cubrir sus gastos médicos. A cambio ofrecía unas ediciones especiales de Pasaporte al infierno y Metal caído del cielo, sus obras cumbre con Luzbel, la banda que lo llevó a lo más alto y lo más bajo. El músico aún se mostraba con un ánimo vivaracho, después de ser intervenido en cuatro ocasiones y perder dos dedos del pie. “Aló, aló, amigos, ¿cómo están? Les habla Arturo Huizar o lo que queda de él”, dijo en febrero al anunciar una rifa para su causa. En los clips se le veía con su bata de enfermo, el suero hendido en la vena y unos lentes negros de rockstar a mitad de la cabeza al estilo de las guapiteñas. Quedan las dudas de si se pudo juntar el dinero necesario para pagar su tratamiento o si su barrio lo respaldó a la hora buena. La muerte tiene todas las desventajas del mundo y solamente un argumento a su favor: ya nadie te puede chingar.

Dicen que la muerte nos limpia a todos de pecado y nos vuelve santos, pero hay cosas que no se le pueden perdonar a Arturo a pesar del duelo: su horripilante tributo a Judas Priest, el descuido de su obra en buena parte de sus años finales y que nunca pudiera superar sus diferencias con Raúl Fernández Greñas, la mancuerna de todos sus éxitos y, quizá también, de sus fracasos, para tocar aunque fuera una última vez. Esta última es culpa compartida. La posibilidad de un reencuentro de la banda que grabó los discos clásicos del Ángel Caído se hizo humo en los últimos cuatro años: en enero de 2016 falleció Sergio López (baterista en Metal caído del cielo) y en marzo de 2019 se fue Alejandro Vázquez (baterista en Pasaporte al infierno). Con la muerte de Arturo se cerró ese círculo del infierno para siempre y se esfumó cualquier posibilidad de reconciliación.
Luzbel fue una de mis bandas favoritas en la adolescencia y lo sigue siendo ahora que me acerco a los treinta. Su música llegó a mí como siempre llega el underground: de manera virulenta. Un amigo tiene el bicho y te lo inocula con discos y recomendaciones. El huésped gana terreno en tus oídos, genera resistencia. Cambia todo lo que conocías, sin darte cuenta terminas enfermo. Atrapado en el metal. A algunos se les cura con los años. Es más, hay quienes admiten que sólo fue una etapa que se fue con la juventud. Otros crecen y mueren con la enfermedad, sin importar las miradas desaprobatorias, los señalamientos y las risas. Luzbel abrió un nuevo mundo en mi cabeza impresionable en la secundaria. No recuerdo algo que hablara con tal sentido de desobediencia como ese disco que tiene en la portada cinco demonios espeluznantes pintados por José Manuel Schmill.
“Advertencia” fue uno de los primeros temas que me engancharon. La canción inicia con un sintetizador como de La dimensión desconocida y enseguida entra un riff macizo como un yunque que cae de las alturas y quiebra los suelos. “Pero ten cuidado de no sentarte en el jardín del dragón, pues su aliento puede calcinarte”, entona Huizar antes de que entre un solo de guitarra raudo y rabioso de Greñas. En vida, Arturo declaró que la canción era sobre Raúl y sus adicciones. Los dos recorrieron este camino tóxico en distintas etapas de su historia. El underground además de ser como un virus, también es como la droga: te obsesiona y en el clímax eres capaz de vender tu alma al chamuco por conseguir otra dosis. Mi droga fue Luzbel.
Escuché Metal caído del cielo, Pasaporte al infierno, Luzbel, ¿otra vez?, La rebelión de los desgraciados y El comienzo. Y cuando esto no fue suficiente, busqué más. Encontré el trabajo solista de Arturo y me eché El emisario, Pecado capital y Al final del segundo milenio, además de sus colaboraciones con Raxas e Iconoclasta. También busqué material de Argus, la banda de Greñas durante el hiato de Luzbel. El vigilante y Valle azul son discos fabulosos. Le di su oportunidad a los abigarrados Evangelio nocturno, El tiempo de la bestia y Tentaciones, ya bajo el nombre de LVZBEL. Los disfruté en su momento. Uno se vuelve junkie de sus bandas favoritas y disfruta de estas aunque la calidad esté rebajada. Después llegó MySpace, un grupo en Yahoo y blogs clandestinos que reconstruían en sus publicaciones la historia de la banda y compartían bootlegs de sus presentaciones en los ochenta. Nunca los vi, pero así pude escuchar a la banda con toda su potencia en directo.
Mi primera reacción al leer sobre la muerte de Huizar fue pensar que todo se trataba de una broma o un rumor de los que se acallan al cabo de las horas. En una de esas, hasta una cruel estrategia para lanzar un nuevo material. No sonaba tan descabellado, tomando en cuenta su reputación en los últimos años. La familia lo confirmó un poco después y ya no hubo tiempo para nada más que escuchar su música y sentirse jodido. En mi cabeza sonó una canción al conocer la noticia. No fue uno de los hits de Luzbel o de su trabajo en solitario, sino un tema de su último y poco celebrado disco (Tentaciones, 2007) que funciona muy bien como epitafio si se conjuga en pasado. “Feliz y en libertad hoy vivo sin control, gozando del placer que nunca Dios me dio. Soy quien quiero ser, señor de mi pasión, maestro del poder, me olvidé de la oración. Pero conocí el Sunset Boulevard, el Whiskey A Go Go y la Casa del Blues: alcohol y rocanrol, sexo y cocaína y la marihuana hoy es parte de mi vida”, canta Arcrudo en un tema llamado “Excelencia”.
No sé si alguna vez lo tocó en vivo. Huizar recurría al material de esos dos discos que hizo en los ochenta y un puñado de canciones que grabó en los noventa cuando se presentaba. En YouTube no quedó algún registro de esta canción; sin embargo, ahí permanece un testimonial acaso más valioso: cientos de videos que retratan al cantante entregándose a full en bares cutres del interior de la República y Estados Unidos, ante una audiencia de 30 o 40 greñudos. Estas escenas son muy similares a las que aparecen en el documental Anvil: The Story of Anvil (2008) del guionista y director británico-estadounidense Sacha Gervasi.
En la película, Gervasi, conocido por escribir La terminal (2004), captura con su cámara a un par de viejos músicos, el guitarrista/cantante Steve Kudlow “Lips” y el baterista Robb Reiner, quienes nunca perdieron el sueño de ser rockstars y que encuentran en el heavy metal un escape a sus respectivas vidas como repartidor de comida y trabajador de la construcción. En el primer segmento del filme, músicos como Lars Ulrich (Metallica), Slash (Guns n’ Roses), Scott Ian (Anthrax), Tom Araya (Slayer) y Lemmy Kilmister (Motörhead) subrayan la influencia que Anvil tuvo en el género y se deshacen en halagos hacia los pioneros del speed metal en Canadá. A la vez se sobrepone el pietaje de su explosiva presentación en Super Rock ’84 en Japón. En este festival, compartieron cartel con grupos que se comieron al mundo y vendieron millones de copias, como Bon Jovi, Whitesnake y Scorpions.
En un corte hacia 2007, la única banda que no la armó tras su actuación en Super Rock aparece tocando en un bar/restaurante de variedad en Ontario, con todo y bola disco en el techo, ante sus fans más aguerridos. En el documental se muestra una gira europea cuyas imágenes son incluso más patéticas: Anvil se presenta en ciertos bares ante menos de veinte personas, sin menguar su potencia. “Más vale reinar en el infierno que servir en el paraíso”, canta “Lips” en el tema “666” (incluido en su disco Metal on Metal, de 1982). Esta cita de John Milton también es un mensaje escondido en una canción de Luzbel en su etapa post-Huizar (“Lluvia de metal”, de 1987) que sólo aparece si tocas el vinil al revés. Ya sea por la naturaleza de su nombre, los demonios de sus portadas o su sonido atronador, el Ángel Caído no tuvo acogida en los medios masivos. Sin embargo, en los sudorosos toquines de la periferia llegó a estar por encima de El Tri. Reinó en el infierno, aunque fuera por poco tiempo.
En Anvil: The Story of Anvil, Sacha Gervasi consigue relatar la historia de un par de músicos dispuestos a sacrificar todo lo que tienen con tal de lograr el sueño de ser estrellas de rock. La banda graba un disco (This is Thirteen, 2007) con ayuda económica de sus familiares sólo para que las compañías de discos les cierren las puertas en las narices. Steve y Robb, amigos desde la adolescencia, amagan con partirse la madre en varios tramos del documental, cuando las tensiones del grupo crecen. “Trabajamos durante cinco semanas y no nos pagaron nada. Ni una sola disquera apareció. A veces las cosas salen mal. Las cosas salieron drásticamente mal, pero al menos hubo una gira para que las cosas salieran mal. Estoy agradecido, no me arrepiento de nada”, dice “Lips” después del fracaso del tour europeo. La amistad siempre es el salvavidas que evita que Anvil se desintegre.
“Somos familia. Somos amigos muy cercanos. Como cualquier familia tenemos nuestras diferencias, pero siempre hemos logrado superar esas cosas”, dice Robb Reiner en el clímax. Tanto sufrimiento tiene al final una recompensa. El documental cierra con una presentación de la banda en Japón, ante miles de personas. Tras el estreno de la película, llegaron mejores oportunidades y giras mundiales para Anvil. Los canadienses guardan ciertos paralelismos con Luzbel: ambos grupos experimentaron relativo éxito en los ochenta, influenciaron a muchos músicos que tuvieron un impacto mayor y, finalmente, fueron marginados a las sombras de lo subterráneo. “Tienes que estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Si no estás en el lugar correcto en el momento adecuado, nunca lo vas a lograr”, afirma Lemmy Kilmister, con frialdad, en la apertura del documental. A los chilangos nunca les llegó su one shot at glory.
Un día después de la muerte de Arturo Huizar, Raúl Greñas, con quien mantuvo un duelo en los juzgados por el nombre de la banda durante años, compartió un mensaje en Facebook en el que se despidió de la persona con la que escribió sus mejores canciones y compartió los sueños del metal pesado. “Sea pues la paz contigo, que no hay rencilla que un puño de tierra sobre un ataúd permanezca. Sea pues la paz contigo, que no hay camino que no se cruce y el nuestro venía serpenteando, uno al lado del otro, desde tiempos inmemoriales”, escribió el guitarrista. “Hoy las campanas gritan tu nombre y bajamos la cabeza recordando que no todo fue una pesadilla, sino una aventura mística de la existencia y, aunque el camino sigue y cada día inexorable al tiempo sucede, hoy se siente tu ausencia”.
En su reseña de Metal caído del cielo, incluida en el libro Antes de que nos olviden. 100 discos esenciales del rock mexicano (2012), el escritor Carlos A. Ramírez consideró que Huizar y Greñas, “sin ironías y guardadas las distancias”, son los Robert Plant y Jimmy Page del heavy metal mexicano. Pese a sus enormes diferencias personales, los dos músicos siempre se refirieron con respeto sobre el trabajo musical que concibieron juntos. “Lo consideré un gran amigo con el que hice muchísimas canciones, que fue Raúl Greñas. Un gran saludo”, dijo Huizar en una entrevista realizada en 2004. “Espero que él siga creciendo, siga componiendo, siga haciendo arte”, relató el cantante con los ojos cerrados por los golpes del bacacho y con un tartamudeo de borracho. “Porque lo que a final de cuentas hace este mundo son las nuevas canciones, el arte mismo”, señaló antes de agarrar la lira para cantar “Caminos de Michoacán” en el acmé de alguna peda. Luzbel, me atrevería a decir, también fue una historia de amistad a pesar de todo los trancazos.
Un posible reencuentro siempre figuró en las fantasías de los seguidores. La cuestión pintaba casi imposible, pero cosas más raras se han visto en el mundo del rock. Michael Kiske regresó a Helloween veintitrés años después de dejar la agrupación y hasta renegar del heavy metal. Don Dokken, George Lynch, Mick Brown y Jeff Pilson, alineación emblemática de Dokken, hicieron a un lado sus diferencias y ofrecieron una serie de presentaciones en Japón y Estados Unidos, después de que empresarios les llegaran al precio. En el panorama local, Caifanes, cuyos miembros compartieron tarima con Luzbel cuando se hacían llamar las Insólitas Imágenes de Aurora, se reconcilió y giró antes de que la relación entre Saúl Hernández y Alejandro Marcovich reventara de nuevo. Lo más cercano a una reunión de Luzbel ocurrió en 2013, cuando un fan consiguió que Arturo Huizar, Raúl Greñas, Alejandro Vázquez y el bajista Zito Martínez grabaran, de manera separada, una nueva versión de “Por piedad” para celebrar 30 años de Metal caído del cielo, el EP que cambió todo en el ambiente del rock pesado en México. El video tiene más de 600 mil reproducciones, más que cualquier otro contenido relacionado con el grupo.
En los ochenta, Luzbel interpretó varios temas que desgraciadamente nunca se grabaron en un álbum. Tras la muerte de Arturo, pienso mucho en una de esas canciones inéditas y poco conocidas. En esta, el grupo exteriorizaba el ansia de éxito que sus integrantes tenían por ese entonces y que mantuvieron por separado desde su rompimiento. “Acomódense como puedan, porque esta noche hay heavy metal mexicano original”, advierte Huizar entre un griterío y entra el guitarreo de Greñas en una onda “Neon Knights” de Black Sabbath. “Ohhhhhh, el sol se clava en mi vientre, de mis ojos sólo brota inquietud”, canta Arturo tras echarse un agudo introductorio a lo Plant. “De ilusiones se contamina mi mente. Estoy girando, estrellas sin luz”. Y luego, con una voz suplicante, exclama: “Quiero ser una estrella rocker, quiero ser una estrella rocker. ¡Quiero ser una estrella de rock, uhh-ohhhh!”.
En la segunda estrofa, el cantante se confiesa antes de volver a suplicar: “Con sudor y gritos construyo mi karma, al tiempo exijo una oportunidad tener”. Esta nunca llegó. Posteriormente, quizá con más potencia, el cantante regresa al coro: “Quiero ser una estrella rocker, quiero ser una estrella rocker. ¡Quiero ser una estrella de rock, uhh-ohhhh-uhhh-oooohhh!”.
Huizar murió y ya no hubo tiempo para que tanto sufrimiento tuviera al final una recompensa. Luzbel nunca fue a tocar a Japón.