“Pero este ruido era demasiado
continuo e insistente
para que no le hiciese caso.
Detrás de él había una especie
de inteligencia activa”.
—Bram Stoker
Uno de los grandes problemas a los que hoy día se enfrenta la humanidad es el ruido, sobre todo los estruendosos sonidos generados en las grandes urbes por autos, trenes, maquinaria de construcción, bocinas de establecimientos comerciales, patrullas, ambulancias, pirotécnica, alarmas, gritos y un sinfín de estridencias de origen desconocido. Quienes habitamos las ciudades estamos expuestos de forma inclemente a niveles de ruido que sobrepasan los 70 decibeles, lo que provoca a corto plazo efectos físicos o psíquicos negativos. Los gobiernos alrededor del mundo han emitido normativas que intentan regular niveles aceptables de ruido, pero al ser tan diverso y desmesurado el espectro del aguijoneante bullicio, las regulaciones se vuelven ineficaces, por lo que en la cotidianidad muchas personas preferimos usar audífonos. Caminamos por los corredores de concreto, envueltos en nuestra propia atmósfera sonora, con potentes aparatos que poseen una salida y calidad de audio cada vez mayor para evitar toda esa indeseable cacofonía a la que no le encontramos sentido.
Sin embargo, hay seres que logran comprender de una manera muy particular toda aquella algarabía y darle cierto orden, tal es el caso de Stuart Staples —vocalista de la agrupación británica Tindersticks—, para quien el ruido no es un elemento más del entorno, sino una especie de inteligencia activa, como afirmaba William Blake, demasiado insistente para ignorarla. Por ello, alguna vez Staples declaró que evitaba pasear por la calle con auriculares y perderse esos ruidos que acontecen alrededor, pues de ellos emergen muchas de las melodías contenidas en sus discos. Y vaya que pueden encontrarse bellas y minuciosas armonías en su amplía discografía de más de doce producciones en estudio.

Fotografía: Ella Mullins bajo licencia de Creative Commons.
Tindersticks tiene más de 29 años de trayectoria. Se formó en Nottingham, Inglaterra, en 1991, cuando los reflectores de la industria se hallaban sobre bandas cuyo sonido característico era el brit pop o su gran antagonista, el grunge. No obstante, desde que Stuart Ashton Staples (voz/guitarra) se asoció con David Boulter (teclados/percusiones) y James Hinchliffe (violín/piano) dieron a conocer una propuesta anacrónica e insólita, en el sentido en que se encontraba muy alejada de cualquier moda internacional, lo que la llevaría a convertirse a lo largo del tiempo en una verdadera banda subterránea, ubicada en los confines de la música de excelsa calidad y originalidad versus el compendio de música que figura en los charts sólo un par de semanas. De hecho, en 1993 la revista Melody Maker designó a su álbum debut Tindersticks I como disco del año y en 1995 la critica especializada del Reino Unido no reparó en ovaciones a Tindersticks II por su sencillo “Tiny Tears”, una hermosa melodía con arreglos orquestales y melancólica letra que pese a su amplia difusión no llevó a la agrupación a la producción en serie de canciones, sino, por el contrario, desde entonces se resistió contra cualquier corriente mercantilista y mantuvo como aspiración la creación de un sonido preciosista que se completara con letras de carácter poético.
Con el paso de los años, la alineación ha variado. Se sumaron al terceto Neil Fraser (vibráfono/guitarra), Robert De Villeneuve (batería/percusiones/trompeta) y Andrew Colwill (bajo), consolidándose como un sexteto. Fue precisamente la integración de instrumentos de viento, cuerdas y percusiones lo que contribuyó a que concibieran obras más densas y complejas como Curtains (1997) o Simple Pleasure (1999). Este último trabajo los llevó a firmar contrato con el sello Island, filial de Universal Records. Este hecho representó el momento propicio para que produjeran cortes de pop festivo o facilón y, sin embargo, lo que Tindersticks entregó a sus seguidores fue la espectral “Another Night” y la sofisticada “Can We Start Again”, en las que la voz tersa y de barítono del líder de la banda fue comparada con crooners como Serge Geinsburg o Lee Hazlewood (aunque la lupa del tiempo nos ha permitido apreciar que el tono lóbrego y viril del vocalista se acerca más a la tesitura de Nick Cave o Neil Young).
Al inicio del siglo XXI, Tindersticks optó por grabar bajo los sellos alternativos Beggar’s Banquet y 4ED, lo que permitió gozar todavía de mayor libertad creativa para experimentar con órganos hammond, saxofones y nuevas percusiones, lo que vinculó su fina música al soul y el jazz. De esa época datan los discos Waiting for the Moon (2003) y Falling Down a Mountain (2010), cuyas presentaciones a lo largo de Europa estuvieron apoyadas por una orquesta, una cantante soprano y una sección de cuerdas. Pero no fue hasta 2012, con la edición de su noveno trabajo, The Something Rain (Lucky Dogs Recordings), que la agrupación logró concentrar su elegante sonido e incluso provocar las ovaciones de los críticos de todo el mundo, lo que les valió conciertos al lado de la cantautora Patti Smith, quien se encontraba en el mismo mood presentando su disco Banga.
Toda la atmosfera que encierra The Something Rain es oscura, introspectiva, con meticulosos arreglos y fascinantes mezclas de sonido. Inicia con “Chocolate”, un corte de nueve minutos en el que se recitan versos que se hacen acompañar de arpegios cromáticos y un clarinete desperdigado. El viaje sonoro continúa con el afilado corte “Show Me Everything”, cuyo recalcitrante bajo se funde con la aterciopelada voz de Staples y una extraordinaria guitarra exacerba los melodiosos coros femeninos. Hacía el final se halla “Come Inside”, un tema tan suave como una caricia que se hace acompañar de un romántico saxofón, pero hablamos de un romanticismo disímil, distanciado de clichés y melodramas escandalosos. Todo ello hace de The Something Rain el álbum idóneo para adentrarse en los sinuosos y estilizados sonidos de estos músicos británicos.
Ya como intérpretes experimentados, los integrantes de Tindersticks se aventuraron a grabar en el mítico estudio 2, en Abbey Road, dando origen a otro majestuoso trabajo, Across Six Leap Years (2013), que al igual que The Waiting Room (2016) y Minute Bodies (2017) sigue en el terreno de las grandes obras inexploradas, a la espera de oídos curiosos que aún no hayan sido destruidos por el implacable ruido de la metrópoli. Después de vivir diecisiete años en Londres como flâneur romántico que vaga por las calles expectante a los ruidos, Staples por fin decidió mudarse a un pueblito remoto en Francia. Allí construyó, en un viejo granero, su estudio de grabación al que nombró Le Chien (El perro). En 2019, editó de manera totalmente independiente No Treasure But Hope, el doceavo disco del sexteto inglés que tiene precisamente un hálito esperanzador para estos tiempos vertiginosos de ruidos prolongados.
El compositor canadiense Murray Schafer propuso en 1969 el concepto de paisaje sonoro, según el cual el sonido urbano no debería ser solamente aceptable sino que debería ser un ambiente que promoviera reacciones positivas. De ahí que el paisaje sonoro que integra See My Girls (2020) sea una especie de esfera mediante la cual podríamos evadirnos positivamente del escándalo desenfrenado del mundo, ya que esta breve obra, producto de los ruidos del campo, apuesta por una experiencia subjetiva enriquecedora. Son únicamente cuatro temas que condensan en veinte minutos la elegancia de la agrupación, así como su inagotable talento para experimentar osadamente con sus instrumentos. See My Girls es también el nombre de un tema incorporado en su disco anterior, pero claramente desmenuzado en este extended play. El primer track es la versión editada de “See My Girls” en talante sufriente, lo que nos recuerda al Bowie de The Next Day, un tema triste y de letra herida a muerte que da paso al tema instrumental “A Street Walker’s Carol” que está por demás emparentado con la chanson francesa.
La hija de Stuart Staples, Sidonie Osborne, colabora en este EP no sólo con fantásticas ilustraciones que dotan a la obra de una narrativa visual, sino también en el tercer tema “Blood and Bone”, en el que la joven lleva a cabo un delirante y catatónico spoken word durante cinco minutos que parecen una eternidad, un acto poético que ya se ha vuelto característico de esta agrupación. En la audaz declamación destaca el timbre sensual de la interprete y la agudeza de los poemas que quizás hablen de los espejos virtuales que traen consigo las nuevas tecnologías, pues muchas veces debido a esta virtualidad nos vemos reflejados lo busquemos o no: This way I am more like you / And you are more like her / And she is more like him / And he is more like us / And we are more like them, all of them (“De esta manera soy más como tú / Y tú eres más como ella / Y ella es más como él / Y él es más como nosotros / Y nosotros somos más como ellos, todos ellos”). Tal como señalaba el poeta Fernando Pessoa, “las cosas modernas son la evolución de los espejos”; no sólo es el hecho de que nos podamos reflejar en otros, sino que nos buscamos incansablemente en ellos hasta destruirlos o destruir nuestra propia imagen: Without face, without shape, without soul / I am data, I am data, see me, study me / Use me, abuse me, destroy me, dissect me / Rebuild me, better, without face, without shape (“Sin rostro, sin forma, sin alma / Soy datos, soy datos, mírame, estúdiame / Úsame, abusa de mí, destrúyeme, diseccióname / Reconstrúyeme, mejor, sin rostro, sin forma”).
El disco cierra con la versión completamente instrumental de “See My Girls (Le Chain Version)”, la cual está repleta de minucias instrumentales y si escuchamos con atención, notaremos que resalta un insistente vibráfono sobre unas lánguidas cuerdas que contrastan con la estrepitosa vorágine de cualquier ciudad en el mundo.