1. En la calle Privada San José hay una pinta del señor Gabriel Duéñez. La colonia Independencia reconoce al Sonido Duéñez, un emblema que le da notoriedad al lugar más sabio de música colombiana (cumbia y paseo vallenato) en el Estado de Nuevo León. Personas que caminan por la “Colombia Chiquita de Monterrey” ven mi cara desorientada. Me preguntan si busco a Duéñez. Lo afirmo y señalan su hogar. La calle se inclina, dejando ver que en lo alto del cerro de la Loma Larga hay casas rudimentarias. El pavimento a escasos metros se convierte en escalinatas que lo llevan a uno hasta allá, donde la vista desde arriba debe ser esplendorosa. Esa zona es otro mundo regio de clase trabajadora, alejado del clasismo y lo superficial. El número de habitantes roza los 30 mil, siendo uno de los sectores más poblados de la Ciudad de las Montañas.
El panorama de la Independencia, una de las colonias más antiguas de Monterrey que existe desde finales del siglo XIX, es similar al del Peñón de los Baños, un cerro ubicado al oriente de la Ciudad de México, atrapado con sus viejas tradiciones de pueblo en medio del Aeropuerto Internacional y su aduana. Recuerdo mi pasado trabajando en una agencia ubicada ahí. Los viernes, después de la jornada, con compañeros de oficina me emborrachaba en los patios de las tiendas de abarrotes que se acondicionan como cantinas-clandestinas, al compás de sonidos tropicales. Todo se asemeja entre ambas cunas cumbiamberas, porque al llamado “Peñón de los Bailes” de donde son algunos de los sonideros con mayor arraigo entre los chilangos, se sabe que también tiene una apropiación del ritmo sabanero como la Colombia Chiquita de Monterrey.

Fotos: Mariana Treviño
Con una moneda toco la reja de una casa color melón. Doy un paso hacia atrás, bajo mi mirada y leo otra pinta descuidada: “Duéñez”. Quien me recibe es Lalo, nieto del “Sonidero Nacional”, como también se le conoce: lo cantó Blanquito Man en “Cumbia sobre el río”, canción de Celso Piña, el Rebelde del Acordeón, compadre del señor Gabriel. Siento que todo el tiempo personas extrañas visitan a su abuelo, por lo que rápido me invita a pasar al hogar.
Casi son las once de la mañana y un aroma a tortillas de harina, café y algún guiso norteño me despiertan por completo. “Hola, amigo; siéntate”, me dice el señor Gabriel. Lo saludo de mano y le digo buenos días a su hija Gabriela que está en la estufa; ella forma parte de Musas Sonideras, un colectivo de mujeres arraigado en la Ciudad de México pero que cuenta con integrantes en distintas partes del país y los Estados Unidos. Tomo asiento en una silla del comedor y me ofrecen merendar. El carácter del señor Gabriel es relajado. “¿Qué dicen los amigos de México?”, me pregunta, refiriéndose a la tierra de la torta de tamal. Dice eso, porque días antes le marqué por teléfono para explicarle que venía desde el centro del país.
2. Don Gabriel es originario del Estado de Zacatecas, donde nació en 1947. Con once años llegó a Monterrey, junto con su hermano, su mamá y un tío. A inicios de 1960, recuerda que en la cima del cerro de la Loma Larga se escuchaba música colombiana. Sonideros como el de Gámez, Cepeda o Luna Azul ya existían en aquel entonces y ambientaban fiestas. Canciones como “La estereofónica” o “La pollera colorá” retumbaban el área a todo volumen, poniendo a bailar a quien sintiera la sinfonía campesina. “Se oía el canto de Manuel Villanueva y su Orquesta. También de Carmen Rivero y su Conjunto”, recuerda el Sonidero Nacional. Todavía no existían Los Corraleros de Majagual, una agrupación que creó en 1961 Antonio Fuentes López, dueño de Discos Fuentes desde 1934, año en que fundó uno de los sellos discográficos más antiguos de Latinoamérica, el cual encumbró la música criolla y costeña de Colombia, al incorporar instrumentos como el acordeón, la guacharaca, los trombones, el bajo, el cencerro y la caja, entre otros. Los Corraleros se popularizaron por América Latina, Estados Unidos y Europa. El músico Alfredo Gutiérrez, era el líder de la agrupación que creó canciones que siguen sonando en la Colombia Chiquita de Monterrey: “Tamborito de carnaval”, “La sampá”, “La cumbiamberita” y más. De hecho, a la Ciudad de las Montañas siguen acudiendo grupos de aquel país, como el Binomio de Oro. El señor Gabriel, dice que los regios que adoran esos ritmos nunca los han dejado caer.

Las armonías de Sudamérica han alegrado a toda la colonia Independencia desde aquel tiempo. Don Gabriel lo escuchaba, lo apreciaba y lo marcó para toda su vida: con trece años ambientó su primera fiesta, en plena calle de la Colombia Chiquita de Monterrey. “Empecé a tener la cosquillita desde muy pequeño y me dije: ‘Voy a tener un sonido bien bonito, que se escuche fuerte’”, explica con melancolía. Para lograr eso y conforme las ganancias de su trabajo se lo permitían, en una mueblería sacó en abonos un tocadiscos de la marca Radson que incluía una trompeta. “También compraba discos, de uno en uno”, recuerda. “Los LP los conseguía aquí en Monterrey, donde había muchas tiendas de viniles; costaban 30 pesos”. Gracias a las ganancias obtenidas con sus propias manos, su adicción por la música colombiana se incrementó; adquiría de once o doce acetatos por cada vez que iba a las tiendas. “Me vino la fiebre de coleccionar música y hasta me llevaba material importado de Discos Fuentes”.
3. Cuando adquirió su tocadiscos y una trompeta, comenzó a ambientar fiestas familiares. Sus vecinos lo buscaban para contratarlo. El señor Gabriel les cobraba 100 pesos y reproducía música durante seis horas. “Íbamos a tocar hasta lo más alto del cerro”, menciona. “Nos subíamos caminando con todo el equipo en nuestras espaldas porque no había caminitos como ahora, todo era vereda. Lo complicado era el regreso en la noche, no estaba alumbrado y si te resbalabas podías descomponer algún aparato”. En sus inicios, él y su hermano Manuel, con quien inició la historia del Sonidero Nacional, se llamaban Sonido Duéñez Hermanos.

La música colombiana se metió hasta la medula de los habitantes de la Independencia. La radio ayudó a eso con estaciones como Radio Melodía. La colonia que también se conocía como Barrio de San Luisito se formó por gente del Estado de México, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Zacatecas. Por esa razón, dice el señor Gabriel que la cumbia y el paseo vallenato se desplazaron en esa zona marginada de Monterrey. Sus habitantes conocían de música. Pero lo más importante, explica, fue que se identificaban con la letra de las melodías que hablaban de amor o que daban a conocer las vivencias de campesinos que migraban a otras partes, en busca de un mejor futuro, como los oyentes de ese canto que indagaban nuevas oportunidades en la principal ciudad industrial de México, en empresas como la Cervecería Cuauhtémoc o la Vidriera Monterrey.
Esa época don Gabriel la recuerda como algo único. “Al principio, en una parte de los años sesenta, se escuchaba el rock & roll de Vianey Valdez y Juan ‘El Matemático’, quienes tuvieron un programa llamado Muévanse todos en la televisión local. Pero lo más fuerte que pegó fue el vallenato, cuando Los Corraleros de Majagual vinieron a promoverse”. La afamada agrupación tocó cerca de la casa del Sonidero Nacional. “Se presentaron en un baile que se hizo en la Avenida Castelar, aquí a la vuelta”, menciona. “Los Corraleros de Majagual eran como veinte músicos. Ellos trajeron la música colombiana a Monterrey en la década de 1960. Sus primeros discos sonaron mucho. Esa época tan bonita duró hasta los años setenta”.
4. La explosión de la música colombiana, nos cuenta, se dio cuando los integrantes originales de Los Corraleros de Majagual se separaron y cada uno hizo su carrera por separado. “Todo lo de Colombia se fue para arriba aquí en la Independencia”, comenta con todo el conocimiento que tiene. “A partir de eso, distintos grupos colombianos empezaron a venir a Monterrey. Traían discos y uno, como sonidero, iba con ellos para surtirse de música”. El Sonido Duéñez se ganaba el cariño de la gente que descubría ritmos para bailar. Incluso, don Gabriel le mostraba música a Celso Piña para que la tocara.
Entre los escuchas comenzaron a identificarse y a denominarse como cholombianos. Sus vestimentas eran floridas y portaban sombreros vueltiao, las piezas artesanales más representativas del país cafetalero y que tiene un origen zenú, una comunidad indígena ubicada en las provincias de Córdoba y Sucre. El atuendo no era exagerado. En reportajes que se han hecho en México y el extranjero, se puede ver a jóvenes vistiendo tenis Converse, anchos pantalones Dickies, camisas floreadas de tallas extra grande, escapularios hechos por ellos mismos y estrafalarias cabelleras relamidas de gel. Muchos de ellos pertenecían por convicción a alguna pandilla. “La diferencia entre la camada inicial que oía música colombiana y los cholombianos es que los primeros sabían mucho de esta música”, explica el Sonidero Nacional. “Los cholombianos se enfocaron más en agrupaciones locales: Celso Piña y Su Ronda Bogotá, Paco Silva y La Tropa Colombiana, Grupo Amaya y hasta hoy día, con Kumbiamberos RS; pero todos bailan la música y la disfrutan por igual”.

A los cholombianos, jóvenes de bajos recursos y de distintos rincones del estado, la policía y ciertos sectores sociales comenzaron a segregarlos: los catalogaban de peligrosos para la sociedad, aun cuando aportaban una nueva subcultura (el regio vallenato) que era su única forma de salir del molde convencional de las costumbres regias. Tanto ellos como mucha gente de la primera generación que se inclinó por la música colombiana hicieron de esto un estilo de vida; incluso dioeron pie al Festival Vallenato de Monterrey que data de 2007. Gracias a eso, distintos exponentes tuvieron carreras llenas de gloria lejos de su tierra natal, con el respaldo de Radio Nuevo León, emisora en la cual, a lo largo de la década de los noventa, programaban música colombiana. El señor Gabriel, junto con otros sonideros de la Colombia Chiquita de Monterrey, como Rada y Murillo, sin hacer ruido enalteció esa música que a lo largo de los años se escucharía por los barrios populares, en el transporte público y en fiestas de gran parte de la nación. “Aquí la música popular es la norteña, pero algo curioso es que comparte con la colombiana el mismo instrumento musical: el acordeón; eso es algo muy bonito”.
5. La colonia Independencia es querida en otros sitios del mundo (quizá más que en su propio territorio), donde le han dado reconocimiento. Pero la aportación cultural y musical del Sonido Duéñez debería de ser más respetada. Esta leyenda del ambiente sonidero del país me dice que hasta su hogar han llegado personas de otras partes de México, Estados Unidos y Europa. Pasa eso porque una de las contribuciones del Sonidero Nacional fue la cumbia rebajada, originada por el calor regiomontano, un día que el motor de su tocadiscos comenzó a descomponerse e hizo más lentas las melodías que tocaba en los bailes. A las nuevas generaciones les gustó el nuevo sonido.
De un tiempo para acá, el Sonido Duéñez ha tenido una nueva oportunidad para proclamar su legado. Ha recibido discos de oro por parte de sellos importantes, editó en 1981 Los sonideros de Monterrey (LP que realizó con otros sonidos de la región y que editó la disquera ECO).
Pero muchos recuerdan todavía a don Gabriel cuando compraba cassettes en la pulga del Puente del Papa (mercado ubicado sobre el Río Santa Catarina que dejó de existir por el paso de un huracán en 2010). También, el Sonidero Nacional se mantuvo vigente en una de las épocas más duras de los últimos tiempos en Nuevo León, cuando carteles del narcotráfico mexicano se peleaban el territorio y él siguió tocando en la Independencia; no le importó que fuera una de las zonas más peligrosas en todo Nuevo León.
“Los amigos que vinieron de Europa nos contaron que en sus países está sonando fuerte la cumbia rebajada”, dice con mucha alegría. “También he podido ir a Los Angeles, California, a presentarme. No me imaginé que allá me quisieran”. Recientemente, su nieto Lalo se ha encargado de las redes sociales del sonidero, haciendo conexiones con gente que comienza a interesarse por la música colombiana y por todo lo que ha hecho don Gabriel. “En los bailes del Barrio Antiguo a los que voy a tocar se distingue gente de distintas clases sociales, conviviendo en un mismo lugar”, me dice. Una de las personas que lo ha ayudado es el Speedy, de los bares Café Iguana y Salón Morelos, quien ya conocía al Sonido Duéñez y su familia. Él lo motivó para que tocara en sitios donde nunca se había presentado. También el dueño del Nandas le abrió las puertas de su local.

Son casi tres años en los que ha estado poniendo música en diferentes recintos como esos. Afirma don Gabriel que nunca pensó que la música colombiana iba a tener un espacio, ya que existen sitios muy específicos para esos ritmos. También se ha dado un acercamiento con las nuevas generaciones, sobre todo debido a Ya no estoy aquí, una película de 2019 dirigida por Fernando Frías que ha ganado premios cinematográficos en el país y el extranjero, retratando cómo se vive la música colombiana en la colonia Independencia.
El Sonidero Nacional lo reconoce, acepta que el largometraje le ha ayudado en esta nueva etapa. “Los directores de la película me buscaron para que tocara en la presentación oficial”, dice sonriente. “También, con algunos amigos, los orientamos con la ropa correcta de los cholombianos; los llevamos con las personas indicadas para que vieran cómo andaban vestidos”.
En Nuevo León han surgido proyectos musicales que están influenciados por el Sonido Duéñez. Hay una canción llamada “La vieja escuela”, de Kumbia Boruka, la cual rinde homenaje a la trayectoria de don Gabriel. “A ellos les ha ido muy bien”, explica el Sonidero Nacional. “Hicieron un video de esa canción en donde salgo yo y se ve toda la esencia de la colonia Independencia, con su gente humilde”. Por lo pronto, este pilar de la Independencia sigue presentándose en bailes organizados en su barrio y en bares del Barrio Antiguo de Monterrey. Incluso tiene la posibilidad de visitar Colombia y Europa en un futuro. Comenta que los bailes de música colombiana ya no son tan mal vistos. “Ahora ya están mejor organizados, porque lo de hoy es el ambiente familiar”, dice con gusto. “Hay gente que sigue pensando que un baile colombiano es violencia, que es para gente problemática; pero no es así”.
Veo a su familia que lo rodea: su esposa Juanita, su hija Gabriela, su nieto Lalo; incluso Mambo, su amigo de toda la vida, quien llegó con unas caguamas y presumió de haber acompañado a don Gabriel a todos los bailes, desde que los dos eran jóvenes.
Se ha hecho tarde, deben de ir a poner música en la inauguración de una taquería aquí en la Independencia. El Sonidero Nacional, a sus 73 años, continúa impulsando la música colombiana.