Florian Schneider y la inmortalidad de Kraftwerk

1977. Suena “Metal on Metal”, una mezcla  de sonidos sintéticos con una percusión metálica. El tema aparece en Trans-Europe Express, álbum de Kraftwerk cuyo sonido, años después, retomarían los británicos de Depeche Mode en “Pipeline”, incluido en su disco Construction Time Again. Era el futuro, aunque para  los oriundos de Düsseldorf, Alemania, ya era agua pasada.

1982. Afrika Bambaataa y su Soulsonic Force soliviantan el Bronx con “Planet Rock”, tema bailable, pegajoso, que incluye un sampler de “Trans-Europe Express” y una base rítmica tomada de “Numbers”, ambas composiciones de Kraftwerk.

Un año después, Herbie Hancock deja de manera momentánea las aguas del jazz y se adentra en los pliegues de la electrónica con “Rockit”, una melodía firmada por él en colaboración con Bill Laswell, Michael Beinhorn y bajo la producción de Arthur Baker. Dice el último: “Fue cuando me convertí en DJ que descubrí a Kraftwerk, porque era posible bailarlo. Bambaataa también amaba eso” (Pascal Bussy, Machine, Man and Music, p. 123).

La historia del rock teutón habla de Organisation, un cuarteto que en realidad creció a partir de la confluencia de un par de amigos: Ralf Hütter y Florian Schneider. Al despuntar los setenta, lanzaron un álbum llamado Tone Float, en el cual predomina la experimentación. La aventura no tuvo consecuencias y ambos, con la ayuda de un par de baterías, entre ellas la de Klaus Dinger (Neü!), incubaron el primer disco de una saga que el tiempo revelaría exitosa.

El debut de Kraftwerk en 1970, seguido por un segundo volumen al año siguiente —los dos con una portada austera, un cono de tráfico, rojiblanco y verdiblanco, respectivamente—, muestra al grupo inserto totalmente en el krautrock.

Fotografía: Raph_PH bajo licencia de Creative Commons.

Es el punto de quiebre. Los fanáticos del grupo se escinden; algunos glorifican este par de producciones por su carácter audaz y experimental; para otros, incluidos Hütter y Schneider, se trata de obras con errores y les gustaría borrarlas, al grado de que de la totalidad de su obra, estos dos no han sido reeditados. Un disco más, Ralf & Florian (1973), marca una transición, pero también es menospreciado por la dupla.

Hütter y Schneider reconfiguran sus metas. Para ellos, la música alemana debe tener otro matiz y no ser una versión cercana al hippismo. Inician la construcción de su propio estudio, el cual habrá de ser fundamental en la consecución de sus planes. El par gesta Kling Klang, laboratorio sonoro, reducto secreto al que pocos han tenido acceso en el tiempo y en donde la mística es la del trabajo de oficina. Diariamente ambos, más Wolfang Flür y Karl Bartos, quienes se unirán en el futuro, trabajan primero en el diseño y equipamiento del estudio; luego lo harán en la búsqueda de esos sonidos que los volverán muy influyentes para la escena musical y comienzan con la aparición de Autobähn (1974), el disco con el llega el reconocimiento.

Wolfgang Flür: “¿Cuál es la historia detrás de Autobähn? Básicamente es la descripción musical de un viaje en automóvil de Düsseldorf a Hamburgo. Si conoces la ruta, reconocerás los sonidos. Los sonidos metálicos representan el valle industrial del Ruhr, los centros mineros de Bottrop y Castrop-Rauxel. Luego tienes el largo estrecho a través de la Münsterland rural, donde el aspecto campestre está simbolizado por la flauta y la canción es completamente diferente en sentimiento. En corto: VW y Daimler, Thyssen y Krupp, hermosos paisajes y en medio la larga y sinuosa autobähn, una historia clásica alemana” (Rudi Esch, Electri-City, p. 90).

Este disco también les da autonomía. Dice Karl Bartos: “El equipo nunca fue un problema, comprar un nuevo sintetizador o lo que fuera. Lo bueno de ser rico es que te hace independiente, no tienes que ser parte del negocio de la música donde todos viven de ti. Tú sólo entregas una cinta cuando quieras” (Pascal Bussy, Kraftwerk, Man, Machine and Music, p. 68).

Kraftwerk empieza a ser noticia y a diseminar su influencia. A sus preocupaciones por los medios de transporte, también reflejadas en Trans-Europe Express y tardíamente en Tour de France (2003), se añade su interés por la tecnología y los efectos de la misma, las cuales aparecerán en obras cono The Man Machine (1978) y Computer World (1981). Es también el punto en el que la separación con la experimentación se hace más clara para entrar en los dominios del pop.

Kraftwerk es una banda icónica no sólo por su música, sino por los conceptos que pone en boga. La imagen hippie de sus primeros álbumes es abandonada para dar paso a una más controlada, más estética, minimalista y lejana a los estereotipos del rock. Asimismo, poco a poco se distancia de las presentaciones en público para concentrarse en actuaciones en museos u otros lugares (la gira recopilada en la caja de ocho discos Kraftwerk. The Catalogue 3-D (2009), agrupa directos en lugares atípicos para una banda de rock: el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la Neue National Galerie de Berlín, el Museo Guggenheim de Bilbao, entre otros).

La cuarteta se ha transformado con el tiempo. De su alineación original solamente se mantiene Hütter, luego de la partida de Schneider, en 2008, quien oficialmente se desvinculó de la entidad por cansancio y pocas ganas de participar en los conciertos y otras actividades promocionales y si bien no han grabado nada desde 2003, su influencia es innegable. Cuenta Patrick Codenys, de Front 242: “Cuando compré Autobähn, tuve la sensación de que estaba hecho por una sola persona. Esto me llevó a pensar: ¿por qué no puedo hacer yo solo mi música? En ese momento, Kraftwerk representaba el siguiente paso después de Can, Tangerine Dream y Neü!, al hacer algo más preciso. Fueron el primer grupo en expresar una disciplina, un proceso” (Pascal Bussy, Ibid., p. 59).

Es una influencia cuyo influjo modificó la música en los ochenta y décadas subsecuentes. De manera temprana, Inglaterra fue una de las mecas que primero asimiló las ideas industriales pregonadas por Kraftwerk y esta absorción se hizo patente en bandas como Throbbing Gristle y Cabaret Voltaire, mientras en Estados Unidos Suicide hacía lo propio.

¿Hay futuro para Hütter y compañía? En 1992, Karl Bartos, un tanto fastidiado por la poca productividad del grupo, hacía esta observación: “Todas las oportunidades estuvieron allí y todas fueron declinadas. Recuerdo haberle dicho a Ralf: ‘Es como si tuvieras un Jumbo en el jardín y nunca despegara’ […] En este negocio, si necesitas cinco años para sacar un disco, la gente se olvida de ti. OK, es agradable ser homenajeado y tener una buena reputación, ser mencionado como una influencia en todos estos grupos, pero…” (Pascal Bussy, Ibid., p. 153).

En otro momento, ese mismo año, Hütter hacía una declaración que se ha hecho realidad: “Kraftwerk es permanente. La durabilidad es un concepto central en el arte. Nuestros sonidos y programas son inmortales. Gracias a la computadora, alguien más será capaz de continuar lo que hemos hecho.” (Pascal Bussy, Ibid., p. 163).

Florian Schneider ha partido (falleció de cáncer el pasado 21 de abril, a los 73 años de edad), pero lo que hizo, con las mismas palabras de su compañero de muchos años, “es permanente”.

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Publicado en: Reportajes