Geografía. ¿Cómo determina el lugar, la latitud, la longitud, la creación musical? Las más de las veces esta pregunta se elude, resulta accesoria; sin embargo, su importancia es vital al momento de configurar el sonido de una agrupación y como muestra, viene a mi mente Círculos de Nada, un quinteto oriundo de Monterrey, Nuevo León, cuya música no imagino surgiendo de otro espacio, no al menos con la espontaneidad y frescura que presenta esta banda.
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Desde 1999, año de su formación, el grupo (actualmente integrado por Jesús Alanís, voz, guitarra, tres, charanga, jarana; Alan Alanís, guitarra, coros; Jalil Rendón, bajo; Na zip Ektenel, flauta, clarinete; y Kike Arévalo, batería, percusiones) se propuso fusionar la música folclórica del continente con otros estilos, entre ellos, el rock, “para recuperar y llevar a nuevas generaciones la esencia de la música mexicana”.
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Desde entonces, el quinteto, que en vivo siempre rebasa su número por los invitados que suelen acompañarlo, ha eslabonado una trayectoria en la que han visto la luz cuatro grabaciones: Círculos de Nada (2000), producido por Tony Hernández (El Gran Silencio); El último llanto del Diablo (2004), Tercer escalón (2009), ambos producidos por el Sr. González; y 2 de noviembre (2013).
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De entrada, el sonido de la agrupación tiende al eclecticismo, lo cual no tiene nada de sorprendente cuando entre sus influencias declaran las siguientes: Caifanes, Ozomatli, La Barranca, Fantomas, Mr. Bungle, El Gran Silencio, Frank Zappa y Buena Vista Social Club, entre otros. No obstante, el eje, la línea que recorre cual columna vertebral a la música de Círculos de Nada está en el folclor.
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Es a partir de esa simiente que se teje su sonido. En 2 de noviembre, su más reciente producción, aparecen las tendencias del folclor del cono sur que se entremezclan con el rock, se envuelven en un juego de armonías vocales, introducen elementos de son y se advierten revitalizadas (“Al lado del diablo”), pero también surgen sonidos de Europa del Este ¾la manera de entregar los coros, por ejemplo¾, que luego tienden la mano a pizcas de cumbia (“Cada mañana”).
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Círculos de Nada es un grupo festivo, pero su forma de encarar la música los convierte en una especie de omnibús sonoro que recoge de aquí y de allá aquellos elementos que más tarde utilizan para decorar su música, porque si bien en ellos la tendencia principal es hacia el folclor, también lo es que de ninguna manera limitan sus miras.

Hay destellos que nos llevan a recordar a grupos como Sanampay o Los Folkloristas, mezclados con algunas inflexiones de jazz (“Invocándote”); melodías contagiosas ensambladas en un inicio con un mínimo de elementos que luego explotan y se tornan carnaval, jolgorio (“La cajita”).

La capacidad de moverse, de no anclarse del todo en el folclor, da a Círculos de Nada un extra a su música. “Dos de noviembre” incorpora ritmos autóctonos, una atmosfera sombría y una parte media en la cual su acercamiento al rock es más bien progresivo, fusionado con el jazz de tintes latinos; mientras “La Catrina”, composición que habla acerca de la muerte y de su inevitabilidad, se despliega completamente por el lado del folclor, como también lo hace “Soledad”.

Música viva, bella, música que hiende en las raíces, pero que se niega a ser una vista de  museo. Círculos de Nada hurga en la tradición de un continente cuya riqueza sonora se ha olvidado, pero están conscientes de que llevar a cabo esas exploraciones sin fundirlas con los nuevos sonidos, los de la calle, la plaza y las viviendas, no tendría sentido. De eso hablan los cinco en 2 de noviembre.