Por muchos es sabido que Charles Bukowski pasó muchos años de su vida trabajando como cartero. Era un trabajo rutinario que bien puede ser absolutamente aburrido, pero que pese a sus demandas físicas abre la puerta para que un atento observador pueda hacer suyas lecciones que la vida imparte por las calles del mundo.

John Martin le ofreció cien dólares mensuales de por vida para que dejara ese trabajo y escribiera. Buk aceptó y Cartero, su primera novela, fue escrita en un mes. En ella da cuenta de sus jornadas aplanando pavimento y entregando misivas, sus ratos como apostador en la carreras de caballo y sus largas sesiones de bebedor frecuente.

El cartero toca dos veces

A la larga, debe tratarse de un empleo agotador pero que al menos te relaciona sin limaduras con el mundo real. Así le ha ocurrido a Simon Rivers, un inglés que a lo largo de tres décadas ha mantenido una carrera musical que no le ha permitido vivir de ello —se mantiene como cartero—, pero que no obsta para que se le considere uno de los mejores letristas británicos de la actualidad.

Primero con Last Party y más tarde con The Bitter Springs, Rivers es un tipo testarudo que está convencido de lo que la música lleva a su vida y de lo que puede ofrecer al entorno público por medio de canciones de una evidente esencia narrativa; son historias barriales acompañadas por música por las que desfilan temas neurálgicos para la clase trabajadora: salarios de mierda, mal sexo, calles malolientes, casas deterioradas, comida de mala calidad, compra de pañales y otros insumos, cerveza aguada en el pub, mala actitud ante los migrantes y otras lindezas.

Aunque a ellos no les venga bien, representan al modo de sentir y pensar de muchísimos ingleses. No son políticamente correctos, así que sus crónicas descarnadas de los suburbios ingleses no les caen bien a los que pretenden vender una imagen hermosa de progreso, bienestar e integración social. Tampoco han reparado en señalar que Blur nada sabe a la hora de hablar de la clase trabajadora. Les parecen niños fresas que tratan de mostrar que conocen lo que ocurre en los barrios. Así que nada que ver con el britpop.

Especialista en miserias sentimentales

Para construir un árbol genealógico de esta longeva agrupación, hay que pasar por The Kinks, The Fall,  Ian Dury & The Blockheads, The Pogues, Billy Bragg, The Go-Betweens y especialmente dos grupos: Madness, por sus retratos de las clases populares (aunque Rivers y los suyos no tocan ska) y Dexy’s Midnight Runners, de quienes son rotundos admiradores.

The Bitter Springs editó en 2013 su séptimo opus. Un muy ambicioso disco doble titulado Everyone’s Cup of Tea (Harvey/Acuarela 2013), en el que volcaron toda su capacidad interpretativa (dos años después vendría Cuttlefish And Love’s Remains). Sin ceñirse a un estilo en específico, en el álbum recurren a una amplia paleta sonora a lo largo de los veintiséis temas que la conforman, empezando por “Cruel Britannia”, un himno tabernario que nos lleva al legado de Gary Glitter y T. Rex. Su punto de vista apesadumbrado los convierte en una piedra en el zapato para los políticos y otros poderosos.

Pero no se quedan allí y en otro momento nos sorprenden acercándose al sonido que hiciera famoso a Abba. “And Even Now” es toda ella fiesta discotequera, llevada por los juegos de teclado. Tanto esta canción como la maravillosa “Don’t Write a Song” lo emparentan con Jarvis Cocker, el hombre fuerte de Pulp, especialista en las miserias sentimentales y en describir las maneras en que la vida se va destiñendo y alejándonos de la felicidad. Alguien tiene que plantearle la cara a la derrota y cómo no lograrlo con canciones como “My  Life As a Dog in a Pigsty”, en la que Rivers saca algo del crooner que lleva dentro. Precisamente ese halo de figura de trasnoche es lo que le permite hacer una versión de un éxito de Bobby Wommack: “Harry Hippie”, el único cover del disco.

El secreto mejor guardado

Un trabajo tan vasto requería de un productor de prosapia, así que contactaron con Terry Edwars, quien tiene a figuras como Spiritualized y Nick Cave entre su cartera de clientes; al final, terminó incluso tocando el sax en algunos de los temas, sumándose a una decena más de invitados, entre los que se cuenta la cantante Kim Ashford. Tomando en cuenta que al grupo lo conforman seis músicos, el sonido ya era casi un asunto de orquesta.

No cuesta creer por qué aparecen temas como “Gary Glitter Fan Convention”, “TV Tears” o “Our Ghosts”. La cotidianidad en barrios populares no deja de arrojarle capítulos y anécdotas a la cara. Lo que cuesta creer es que este tipo de grupo no alcance una difusión más amplia. No es fácil aceptarlo, pero The Bitter Springs seguirá siendo el secreto mejor guardado de la música británica de los últimos treinta años.

 

 

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