Cesária Évora tenía casi cincuenta años cuando el mundo la descubrió. En 1998, había grabado en París el disco La diva aux pieds nus, al que iban a seguir álbumes como Mar azul y Miss perfumado. Después del éxito de este último, que la encumbró a planos internacionales, la originaria de Mindelo se convirtió en la voz universal de Cabo Verde. Una voz que cantaba, según ella misma, “para ahuyentar a la tristeza”. Una tristeza larga, como la de todos los habitantes de aquel sitio que tienen frente a sí el mar: ese mar que les lleva alguna esperanza, pero también la saudade de miles de coterráneos emigrados que han tenido que huir lejos de la enquistada miseria local.

A ella le gustaba mirarlo y cantarle como si fuera una persona: “porque una vez una anciana me dijo que las olas crean una música que nosotros los humanos no entendemos”. Por eso comenzó a hacerlo desde niña y luego de adolescente en los bares de Mindelo, el puerto de la isla de San Vicente donde había nacido en 1941.

Los clientes la llamaban desde las mesas y cantaba a cambio de unas monedas o por un vaso de ron o aguardiente. Ahí se le conocía como “La reina de la morna”. Sus modelos: Amália Rodrigues y Ángela María. Luego se enamoró de un joven compositor y guitarrista que la llevaba con él a cantar en barcos que atracaban en el puerto, cuando Cabo Verde era todavía colonia portuguesa (lo fue hasta 1975).

Así pasó los siguientes treinta años, con todas sus vicisitudes (entre ellas los hijos, el alcohol y los mil modos de sobrevivencia). Hasta que el francés José da Silva la persuadió de ir a París a grabar algunas canciones.

Tras el éxito de Miss perfumado, superó con creces la fugacidad de la moda y tuvo, luego de toda una vida de canto, una sólida carrera. Uno tras otro, cada álbum que aparecía la reafirmaba como una de las estrellas globales de fin de siglo, con un canto tan antiguo como el ser humano mismo.

Con la mejoría en la producción de sus discos, la sombra de su antiguo pianista y arreglista, Paulino Vieira, desapareció y la cantante buscó refrescar lo inamovible. Entró en escena un joven mindelense llamado Jacques Morelenbaum “Bau”, quien además se encargó de las guitarras de seis y doce cuerdas, del violín y del cabaquinho(instrumento de cuatro cuerdas de origen portugués que semeja una pequeña guitarra).

En sus siguientes discos, Évora sorprendió con su acercamiento a lo afrocubano y lo hizo grabando en un estudio de La Habana, con una sección de cuerdas isleña y con la colaboración de algunos de los más destacados músicos del son y el jazz caribeño, hoy desaparecidos: Tata Güines (tumbadoras), Tomás Ramos "El Panga" (percusiones), Emilio del Monte (timbales), Carlos del Puerto (doble bajo), Franck Emilio Flynn (piano), Bárbaro Torres (laúd) y Orlando Valle (flauta), entre otros muchos.

Entonces hubo coladeiras y mornas ligeras, pero también chachachás y habaneras como "Beijo de Longe" o "María Elena". Un giro musical imaginado en mancuerna con José Da Silva (su representante y dueño del sello Lusáfrica que la proyectó), en el cual Cesária continuó enseñando que “el mundo está hecho para vivir y también para morir, para amar y para sufrir”.

Desde que el mundo la descubrió, Évora se ganó su simpatía. De las Antillas a África (desde Senegal a Burkina-Faso), de Abidjan a Dakar, de Brasil a Japón, de Nueva York a México, la cantante conocida como “La diva descalza” (por actuar sin zapatos, cosa que hacía como solidaridad con los desposeídos y contra la discriminación social) se granjeó el afecto de los pueblos. ¿Por qué? Quizá por el sentimiento de exilio y de añoranza que trasmitía; tal vez por su estilo de piano-bar; a lo mejor por sus maneras fulgurantes y sosegadas a la vez, por su naturalidad o porque su fama creció por la vía más confiable: de forma oral, de boca en boca a través de los continentes.

Con cada nueva obra, continuó su efecto magnético sobre los escuchas, por su identificación con esas melodías sin florituras, directas y expresivas, que tocan fibras íntimas. Por sus temas en los que habla del entorno, del mar, del amor, del desamor, de sus más caros valores, de manera lo mismo inocente que militante, tanto que entronca con el universo del blues, el de los orígenes.

Por todo ello, Cesária Évora apareció lo mismo en las noticias del New York Times que en las carteleras de los conciertos de las grandes metrópolis o en las recopilaciones con fines humanitarios (como en la lucha contra el sida que produjo la antología Red Hot & Rio, en la que ella apareció con la canción “É preciso perdoar”, mezclada por Ryuichi Sakamoto).

Hasta su muerte, el 17 de diciembre de 2011, a la edad de setenta años, figuró en la mente de cineastas como Emir Kusturica, quien la requirió para que cantara en el soundtrack de su película Underground, o en la mención estética de artistas de vanguardia como Arto Lindsay, quien dijo que “ella representaba la sencillez y la emoción; una poción mágica a veces amarga, a veces dulzona”. En fin, que la caboverdiana se convirtió por derecho propio en patrimonio de la humanidad.