Para Beatriz Vargas

A los catorce años de edad, Lee Morgan (1938-1972) recibió un regalo. Se trataba de una trompeta. Su escasa biografía impide saber quién le obsequió aquél instrumento musical. Algunos datos refieren que fue su padre. Otros, que lo hizo su hermana. El asunto es que ambos, músico e instrumento, a partir de ese momento sólo podrían separarse por la muerte. De manera que durante los siguientes veinte años perfeccionaría su estilo.

Nació en Philadelphia y a sus cortos quince años Morgan ya dirigía bandas con las cuales tocaba en bailes y en las jam sessions organizadas en la ciudad donde vivía. Incluso, durante esos primeros años, cuando aún no eran famosos, tocó al lado de Benny Golson y John Coltrane.

Durante sus inicios musicales, asistió a talleres impartidos por otros grandes jazzistas. Así fue como a los 18 años, el gran Dizzy Gillespie lo invitó a tocar en su big band. Ahí permaneció durante año y medio, de 1956 a 1958. Sin duda, fue Gillespie quien le dio muchas oportunidades para tocar como solista. Incluso, hay una anécdota que refiere que le regaló una de sus características trompetas curvas. Estos intercambios culturales contribuyeron al desarrollo de su estilo. Además de adquirir buena reputación entre los personajes sobresalientes del gremio.

Dentro de la historia del jazz, Lee Morgan es considerado como un compositor prolífico de hard bop. Era un apasionado. Componía todo el tiempo. Era un músico hábil. En el escenario irradiaba energía durante las piezas que interpretaba en tonalidad menor. Eso era lo que caracterizaba a este sonido bopper.

Le fascinaba mezclar frases cortas —e incisivas— con otras más largas y también con algunas figuras repetidas. Esa habilidad musical lo coloca en la historia del jazz como uno de los mejores en cuanto a un elevado nivel de dominio del instrumento. Ese alto volumen sonoro lo conseguía cuando tocaba con la técnica conocida como semipistón. Atacaba las frases con dobles golpes de lengua, incluso triples. Además, Morgan utilizaba con frecuencia la digitación artificial, es decir, una misma nota la tocaba en dos posiciones diferentes. Y para darle mayor precisión a la continuidad rítmica de sus piezas, utilizaba los slurs o glissandos.

Esa sucesión de técnicas y tonos es lo que reactiva la energía de cada pieza sonora. Desde lo armónico, emplea buena cantidad de citas y arpegios. De esa manera, todas sus fórmulas desembocan en una música ardiente y de gran colorido, de una ejemplar energía, equilibrada y sugerente.

El escritor francés Jean Cocteau decía que los músicos de jazz eran una especie de coloristas de la noche. Esta observación la podríamos hacer respecto a Lee Morgan. Dedicársela sería una especie de tributo.

Sus tonos musicales son brillantes. A partir de ellos resplandece la ejecución veloz de su instrumento. Acompañado, además, de una exuberante personalidad. Morgan toma el valor rítmico de cualquier nota y lo lleva a su punto extremo antes de soltarlo. Sabe en qué momento hacerlo.

A pesar de su corta vida, Morgan es uno de los mayores representantes del hardbop. En 1958, el gran baterista Art Blakey lo invitó a tocar junto a él, con The Jazz Messengers. A partir de ese momento, realizó giras por Europa y Japón. En 1961 salió de aquella banda y regresó a su ciudad natal. Ahí tocó durante dos años en reducidos círculos locales.

En poco tiempo dejaría una marca hasta ahora insuperable. En 1963 regresó a New York y en diciembre de 1964 entró al estudio de grabación de la disquera Blue Note. Se trataba del disco The Sidewinder. Este material contiene el tema del mismo nombre con el que, a poco de su lanzamiento, registró el record de mayor venta nunca logrado por un disco de jazz anterior a él.

Morgan fue prolífico. Entre los años 1966 y 1968, grabó ocho discos con material propio, aunque no todos fueron publicados en esos tiempos. Destacan Delightfulee, The Procrastinator y Caramba! Además del ya mencionado The Sidewinder.

Durante aquellos años, el incremento de músicos y de grandes bandas hacía que los trompetistas se especializaran más. Morgan lo hizo durante los veinte años que duró tocando su instrumento. Desarrollo un registro irremplazable. Influenciado por otro grande, Clifford Brown, fallecido a sus cortos 26 años en un accidente automovilístico.

Así, las exigencias eran que un músico de jazz debía tener un estilo propio. Para lograrlo, tenía que ser expresivo y volcánico en distintos momentos. Debería abarcar todo lo que tocaba desde una posición estilística, sin sobradas extravagancias. De ahí que todo lo que Morgan consideraba sobrentendido lo dejaba fuera.

Esto le daba la salida a todo posible empantanamiento. Su condición como ejecutante le daba ese carácter referencial. En Lee Morgan, la naturaleza del movimiento musical no era un terrible cliché didáctico. Por eso es insuperable y su legado musical permanece y evoluciona a cada nueva interpretación de quienes lo toman como una gran influencia dentro del jazz.

Sin embargo, uno de los trasfondos que hace poderosa a la música de jazz es el estilo de vida frenético de sus músicos y la parte problemática de Lee Morgan estaba en su adicción a la heroína. Además de que su vida estaba por terminar. El 19 febrero de 1972, mientras tocaba en un club nocturno neoyorkino llamado Slug’s, su celosa compañera sentimental, Helen More, le disparó en el pecho con un revólver calibre 32. Morgan tenía 33 años y cayó muerto en el escenario mientras tocaba su última nota.

 

José Rivera Guadarrama