“Nadie muere de tristeza;
por tristeza se continúa viviendo”.
—Elias Canetti, El libro contra la muerte

En su Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke narra en primera persona los diferentes tipos de cansancio que suelen irrumpir en la vida de los individuos. Según sean las circunstancias y contextos, diversos tipos específicos de cansancio representan las emociones y razones de la vida cotidiana de hombres y mujeres. El cansancio de la soledad, el cansancio del insomnio, el cansancio de la violencia, de la fatiga amorosa, del trabajo, el cansancio de la multitud. La música del cansancio acompaña esas experiencias con mayor o menor intensidad. El cansancio de la muerte, o el del dolor, suelen ser sensaciones físicas pero también morales, mentales a la vez que metafísicas. “La música del cansancio” —escribe Handke— “tiene el oído fino”.

Ese oído fino sólo lo suelen poseer los poetas y los músicos. Es un sonido que en ocasiones sirve de combustible para la creatividad artística, capaz de traducir emociones, intuiciones o pensamientos en palabras y sonidos. Son relámpagos que iluminan de pronto y fugazmente la oscuridad del cansancio mismo. Se trata siempre de un descubrimiento súbito, el reconocimiento de la fragilidad de las cosas mundanas o espirituales que aparece frente a los ojos cansados de individuos que son capaces de mirar las sombras del orden cotidiano a través de la “clarividencia del silencio”, como narra pausadamente el propio Handke.

Nick Cave y Leonard Cohen han experimentado esos relámpagos de lucidez que iluminan el cansancio. El dolor y la muerte son experiencias que explican sus más recientes obras. Ghosteen (Awal Recordings, 2019) y Thanks for the Dance (Sony Music, 2019), respectivamente, son discos cuya hechura descansa en una mezcla de agotamiento emocional, intuición intelectual e imaginación poética. La muerte accidental del joven hijo de Cave (Arthur, 15 años) en 2015 y la certeza de la muerte que se acercaba con rapidez a principios de 2016 al propio Cohen fueron quizá los detonantes de la creatividad que explica el perfil y los contenidos de sus obras más recientes.

Thanks for the Dance es el disco póstumo de Cohen, fallecido en noviembre de 2016. Es una colección de nueve canciones breves, apuntes hechos desde la conciencia de la cercanía de la muerte. Un grupo de amigos y familiares coordinado por Adam, uno de los hijos de Cohen, se encargó de realizar las grabaciones de la propia voz del músico canadiense y de elaborar la música que caracterizó el “estilo tardío” de los últimos discos del autor de canciones célebres del panteón rockero de los años setenta como “Hallelujah” y “Bird on the Wire”. Suaves coros, guitarras españolas, mandolinas, piano, bajos, tambores, timbales, configuran la atmósfera que envuelve la voz envolvente, cálida y apagada de Cohen. El resultado es un homenaje luminoso a la estética del cansancio, la base firme de una vida nómada y múltiple, alimentada de las experiencias espirituales, sentimentales y políticas de un músico excepcional. 

En “Happens to the Heart”, Cohen escribe: “Fui persistente / Pero no lo llamé arte / Puse toda mi mierda junta / Reuniendo a Cristo y leyendo a Marx”. Ese distanciamiento irónico con su propia obra muestra el ánimo de balance y corte de caja que Cohen elaboró en el último año de su vida. Pero el ejercicio es también un saludo a sus intensidades y pasiones vitales, las cuales compartió generosamente con muchas mujeres. En “Thanks for the Dance”, por ejemplo: “Fue sutil, fue rápido / Fuimos los primeros y los últimos / En la fila del Templo del Placer (…) Fui yo / Y tú eras como yo / La crisis era ligera / Como una pluma”.

El umbral de la muerte fue percibido por Cohen con la claridad del moribundo, iluminado por el cansancio, con ánimo de epitafio: “No puedo salir de casa / O contestar el teléfono / Estoy hundiéndome otra vez / Pero no estoy solo / Ordenando al fin / Las cuentas del alma / Esto va a la basura / El pago está completo”. (“The Goal”). “Navego como un cisne / Me hundo como una roca / Pero el tiempo está agotado / El pasado es mi hazmerreír (…) El sistema está activado / Vivo sobre almohadas” (“The Hills”).

En el caso de Cave, el cansancio del sufrimiento, del dolor, parece explicar la tonalidad de Ghosteen, donde la pérdida es la brújula emocional de una exploración imaginaria. Pero las pérdidas nunca se superan y siempre reaparecen bajo la forma de fantasmas, nostalgias y melancolías. Si en Skeleton Tree (2016) se reconoce la factura de una obra fúnebre, en la que Cave escribió canciones lúgubres como exorcismos contra los demonios del duelo tras la muerte de su hijo, en Ghosteen el músico australiano trata de invocar/inventar a los ángeles de la esperanza. Atrás quedó definitivamente el ciclo pospunk de Cave, la experimentación post-rockera de los años noventa y el acercamiento a nuevas fórmulas creativas de la primera década del siglo XXI. Hoy, Cave exhibe, con la templanza del cansancio, la exploración sobre paraísos perdidos, las ilusiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, el reconocimiento, a pesar de todo, de la belleza del mundo, donde “las estrellas son tus ojos” y desfilan “jóvenes fantasmas bailando en mi mano / girando y brillando a mi alrededor”.

Cierta tonalidad ecléctica domina la larga trayectoria creativa de Cave, en la que la fe y la razón, la religión y el ateísmo coexisten sin fracturas visibles. Pero en el nuevo disco esa tonalidad es desplazada por la búsqueda de un lugar imaginario iluminado por luciérnagas, habitado por voces y figuras cercanas a la esperanza (“No podemos dormir y temer a nuestros sueños / Ahí no hay orden, nada puede ser planeado”, canta Cave en “Fireflies”). A lo largo de once canciones distribuidas en dos discos, Cave y Warren Ellis, su amigo, socio y cómplice desde hace varios años, junto con su banda de siempre (The Bad Seeds) elaboran un mapa sonoro complejo, exquisito, donde la polifonía y la policromía dominan la cuidadosa hechura de sus propios cansancios.

Vibráfonos, guitarras, pianos, flautas, violines, chelos y sintetizadores configuran la atmósfera sonora que acompaña las voces multifrontales de Cave y Ellis (“Hollywood”, “Ghosteen Speaks”). Cierta nostalgia por la edad de la inocencia, el llamado a retornos imposibles, la certeza de los afectos perdidos, son algunas de las imágenes que laten en el corazón secreto de canciones como “Bright Horses”, “Waiting for You” o “Night Raid”. “Somos fotones lanzados desde una estrella moribunda (…) donde todos perdemos algo (…) esperando alguna paz por venir”.

Cohen y Cave, cada uno a su modo, ofrecen registros cuidadosamente elaborados desde los patios interiores de sus propios cansancios. La plasticidad del cansancio a la que se refiere Handke aparece aquí en toda su complejidad creativa. No es el cansancio del hastío y de la desesperación, de la decepción o la desesperanza. Es un cansancio largamente acumulado, macerado lentamente por el insomnio, la tristeza y la intensidad vital, el resultado de la experiencia de la vida y de la muerte, el residuo de trayectorias marcadas por la ansiedad y la certeza, por las ilusiones, las pérdidas y la imaginación. Son los cantos que representan, con la claridad de las penumbras, la épica del cansancio.

 

Adrián Acosta Silva
Sociólogo. Profesor-investigador del CUCEA-U. de G. Su último libro es Superficie de imágenes. Universidad, política y cultura en la era de la incertidumbre (EDUG, 2019).