No siempre quien está al frente es el más brillante aunque sea el más visto. La historia del rock está plagada de historias en las que los frontmen acaparan los reflectores, mientras otros se encargan del trabajo “sucio”. Durante años Homero Ontiveros, tecladista de Inspector, ha observado un bajo perfil y pocos traen a la memoria que a su talento se debe la música —y en algunos casos también la letra— de algunos de los temas más emblemáticos acuñados por el grupo regiomontano, entre ellos “Amargo adiós”, “Amar o morir”, “Inspiracional” o “Y qué”.

Menos saben que Ontiveros es un alma inquieta que se cuestiona acerca de su devenir y gusta plasmar esas tribulaciones en canciones que no se apegan a lo creado en su grupo nodriza y a las cuales les dio salida anteriormente en un par de álbumes firmados como Homero Ontiveros y la Banda Ancha: Canciones del espejo (2012) y Marea alta (2013).

Al cierre del 2019 comenzó a circular Nada que perdonar, su primera placa en solitario, una colección de diez temas en los cuales habla un compositor maduro, fino, sensible a su realidad y con ganas de encarar no los temas que son del agrado del público, sino las preocupaciones de quien llega a la mediana edad y lo hace con muchas preguntas, situación que no considera exclusivamente suya sino de sus contemporáneos, como lo deja asentado en “Generación X”, la canción que cierra la placa: “Somos la generación de las grandes preguntas y las pocas respuestas”.

Acompañado por Andrés Sáenz (Genitallica) en la batería, Ricardo Vilchez (Toxodeth, Mamíferos Habituales) en el bajo, Fabian Dee (Inspector) en la guitarra y con la colaboración de Fernando Rojas y Renne (coros), las percusiones de Román Foo, la sección de metales de Inspector y la producción de Sáenz y el propio Ontiveros, Nada que perdonar es un álbum que abreva de diversas fuentes sin caer en el eclecticismo; al contrario, es esa diversificación de elementos lo que da al trabajo su robustez.

Si bien la dominante es el rock pop, en “Nada pasó” nos topamos con ecos ligeros de tex mex y en “Hasta encontrarte” aflora el escritor preocupado por su entorno. “Ella baila con su vestido azul / tiene el corazón más roto que nunca / sin embargo, sonríe cuando escucha una canción / que le recuerda a su hijo el mayor” apunta en una pieza compuesta con los ausentes en mente, un llamado ante la indiferencia. La composición ha sido utilizada por diversas asociaciones de familiares de desaparecidos y su autor la presentó en el encuentro del Movimiento Nacional de Familiares de Desaparecidos.

El proceso de composición fue arduo, Ontiveros se hizo muchas preguntas mientras escribía las canciones y algunas de ellas son las respuestas a esas interrogantes. En el disco predomina el escritor de canciones, el songwriter que ha puesto oído a algunos de los principales compositores de Iberoamérica como Fito Páez, Joaquín Sabina, Charly Garcia, Jaime López, pero que no se arredra a marcar su línea divisoria e imponer su propio estilo.

Lo mejor es que en este proceso de parir su debut en solitario nada fue preconcebido, el todo se desarrolló orgánicamente y eso se advierte en la honestidad con la cual es entregado Nada que perdonar. Es un disco fuerte, energético, vital, pero no con una furia arrebatada, sino con la de quien ha vivido y se ha percatado de que hay procesos que toman su tiempo y deben ser respetados.

Los arreglos son finos y esto se aprecia en la sedosa manera en la cual aparecen los instrumentos y en los cambios de tono, tiempo y registro que se dan a lo largo del plato. Además, en el corte que da título al álbum —a título personal, una de las mejores canciones de rock nacional que he escuchado en los últimos cinco años—, Ontiveros ha concentrado una gran cantidad de belleza; pero si uno piensa que ello impedirá disfrutar del resto, se encuentra equivocado, porque la placa, como se señaló al inicio, se abre a la diversidad y en ello radica su riqueza.

Han pasado siete años desde la aparición de Canciones del espejo. No es mucho, pero aquella grabación, promisoria y degustable a mis oídos, ha sido rebasada por el reciente trabajo del tecladista. El salto ha sido enorme, los resultados están ahí, listos para ser disfrutados.