Es un error frecuente pensar que los músicos de jazz están llenos de anécdotas de vida extravagantes. Una suerte de relación entre lo ideológico y la acción performática entre ellos. Pero hay otros casos que podríamos considerar como una distancia irónica o de absoluta sobriedad en cuando a experiencias de vida fuera de los escenarios.

Es el caso del trompetista Kenny Dorham (1924-1972), un texano con poca biografía, escasos temas o asuntos relacionados con su vida privada. Lo único y más sobresaliente de él es la interpretación de temas de jazz, cargados, por supuesto,  de una panoplia de recursos estilísticos.

Este jazzman expone un continuo y reiterado estallido polifónico musical que obtiene, sin duda, del efecto bien ejecutado de su instrumento. Es por eso que sus aportaciones dentro de las piezas adquieren máxima expresividad sonora, al colocarse al final de sus intervenciones. Con esto, además, consigue incendiar al solista al acentuar las partes débiles del compás anterior a una nueva sección.

Fotografía: Al Webster bajo licencia de Creative Commons.

Como buen músico, Dorham posee un estilo construido a partir de sus limitaciones y virtudes. No hay indicios de erráticas pretensiones. Tampoco intenta elevar las anomalías a la categoría de estilos musicales. Su combinación es apasionante, junto con los sonidos bien articulados que logra sacar a su instrumento.

Esta sobriedad no le impidió tocar con los grandes de su tiempo. Y cuando decimos que no tiene grandes anécdotas de vida fuera de los escenarios, nos referimos a que no se metía en problemas con la justicia o con sustancias ilegales. Él tocaba. Amaba tocar. Lo transmitía siempre en las sesiones en vivo.

Así, en los años cuarenta del siglo pasado, tocó al lado de Dizzy Gillespie y Billy Eckstine. Incluso, entre 1948 y 1949, fue parte del quinteto de Charlie Parker. Por si esto fuera poco, Art Blakey lo llamó para formar parte de los Jazz Messengers. Además, grabó y dio sesiones en vio con el quinteto de Max Roach. También formó un pequeño grupo, llamado The Jazz Prophets, aunque duraron poco tiempo tocando juntos.

Su fallecimiento fue similar a su forma de vida. Murió en Nueva York. Tenía 48 años. Dejó de respirar a causa de una enfermedad de riñón que padeció durante sus últimos años de vida. Hasta ahí su vida privada. De eso, como se ve, no hay demasiado que buscar.

El verdadero disfrute está en sus líneas melódicas. Éstas poseen un carácter flotante que resiste la fuerza gravitatoria de la sección rítmica. Pese a esa actitud de distanciamiento, casi de desconcierto, la música de Dorham mantiene un pulso animado y ligero que preserva la pieza anclada a un ritmo de baile. Sus creaciones destacan, sin duda, por sus motivos musicales. Él no estaba para dotarlas de un gran sentido espectacular. Era sobrio pero bienintencionado.

Por lo tanto, el talento natural de este jazzista se encontraba expresado en otros ámbitos. Para él, el entusiasmo era la norma y no perdió nunca la pasión de tocar con esa parsimonia tan suya describiendo las tonalidades y figuras rítmicas de su instrumento.

Su fraseo es tan flexible que algunas veces se le ha reprochado cierta falta de virtuosismo. Pero lo cierto es que hay en sus piezas una gran intensidad melódica. Ésta no se pierde en ningún momento. Al contrario, mantiene siempre la intensión tonal de lo que quiere transmitir.

Es por eso que en Dorham resaltan los tres elementos importantes del jazz: la relación del tiempo o swing, la espontaneidad y vitalidad de la producción musical en que la improvisación desempeña un papel importante, además de una sonoridad y manera de frasear que reflejan su individualidad respecto a los otros ejecutantes.

Dorham y el hardbop de aquel tiempo eran estilos aún no cartografiados. Su principal guía musical era el afán de lograr, ante todo, la claridad en la expresión musical o la consecución de un sonido de pureza arcádica. No incursionó, tampoco, en los diversos efectos instrumentales como la sordina, los vibratos o la acrobacias al momento de doblar u octavar las notas. Al contrario, pulió un sonido limpio y ligero, con el que transmitía una sensación casi novelesca.

Kenny Dorham representó una alternativa al estilo de orientación armónica. Sus líneas estaban menos basadas en la descomposición de acordes y la interpolación de progresiones. Tenían un movimiento etéreo formado a partir de variedades melódicas aligeradas mediante intervalos inesperados. Contenían solos incisivos que dejaban pocas dudas de su dominio técnico del instrumento, demostrando una facilidad que pocos de sus contemporáneos igualaban.