A 30 años (y dos meses) de la caída de su simbólico muro, Berlín es hoy una ciudad mítica en multitud de sentidos. No solo porque en su historia se sintetiza en buena parte lo que fue el sufrido pero fascinante siglo veinte, sino también porque en ella se refleja el estado del arte y la cultura de la centuria pasada.

Berlín posee dos auras: la de las dos guerras mundiales, con su violenta cauda de destrucción, y la de la guerra fría, con sus tensiones, su angustia, su grisura, su omnipresencia. En el imaginario colectivo hay una luz de romanticismo en lo berlinés. Lo hay desde las míticas décadas de los veinte y los treinta, esos años anteriores al surgimiento del nazismo que nos hacen pensar lo mismo en el cine expresionista alemán —con directores como Friedrich Murnau, Fritz Lang y Georg Pabst o estrellas legendarias como Peter Lorre y Marlene Dietrich— que en el teatro de Bertold Brecht musicalizado por Kurt Weill (con La ópera de los tres centavos, como magno y magnífico ejemplo).

Pero la que hoy es muy posiblemente la capital artística de Europa, con un florecimiento cultural impresionante, ha tenido mucho que ver, también, con esa expresión multigenérica que es el rock.

Fotografía: University of Minnesota Institute of Advanced Studies en dominio público.

Desde las décadas de los setenta y los ochenta, antes aun de que el muro fuera derribado en noviembre de 1989, Berlín fue motivo de sentidos homenajes por parte de grupos como los Ramones, Depeche Mode y U2 o solistas como David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed (quien de hecho hizo un album completo dedicado a la ciudad: el hoy clásico Berlin, de 1973, considerado por algunos críticos como “uno de los más oscuros discos jamás producidos en la historia del rock”).

En el caso de Bowie, se sabe que vivió en Berlín Occidental a fines de los años setenta, en un apartamento que hoy es un consultorio de dentistas, donde escribió uno de los temas más geniales de su amplísimo repertorio: la canción “Heroes”, pieza central de su álbum homónimo de 1977 y de la trilogía berlinesa del propio músico, compuesta también por los álbumes Low (1977) y Lodger (1979).

“Creo que lo más valioso de haber vivido en Berlín fue el anonimato del que fui capaz de disfrutar. La gente no se fijaba en mí en absoluto. Era muy fácil ser un tipo común y corriente y pasear sin problemas por las calles”, dijo alguna vez el camaleónico londinense.

En Berlín se encuentra uno de los estudios de grabación de mayor importancia histórica para el rock: el Hansa (equivalente para esta urbe de lo que son los estudios Abbey Road para Londres), donde no solo grabó Bowie sino también lo hicieron Iggy Pop (con sus platos The Idiot y Lust for Life, ambos producidos en 1977 precisamente por Bowie), Depeche Mode y U2, este ultimo para dar forma al que quizá sea su mejor trabajo discográfico: Achtung Baby, producido por Brian Eno.

Ya en los noventa y hasta la fecha, Berlín se ha convertido en la capital de la música electrónica y el dance y cada año celebra un rave multitudinario al cual acude gente de todo el mundo, para hacer de aquello una fiesta de absoluto desenfreno musical. Gracias a esto, hay algunos antros que ya gozan de la calidad de legendarios, como el SO 36, en el distrito de Kreuzberg, y el Tresor, verdadero templo para los fanáticos del techno.

Pero fue Pink Floyd (o de manera más clara Roger Waters) quien hizo la más directa referencia al mayor símbolo berlinés, con su album doble The Wall, editado en 1979, obra conceptual en la cual el tema es, precisa, anticipada y a la vez metafóricamente, la caída del muro de Berlín.

La actual capital alemana tiene algo también para los seguidores de la música pop, en especial para aquellos que adoran a Michael Jackson. Fue en el lujosísimo hotel Adlon de esa ciudad donde, una tarde de noviembre de 2002, el recientemente fallecido cantante y bailarín tuvo la ocurrencia de tomar en brazos a su bebé y asomarlo por la ventana de un alto piso, lo que puso en riesgo la vida del pequeño. Una imagen que ahí quedó, como parte del neofolclor berlinés (tanto, que hoy día algunas agencias de viajes incluyen una visita al hotel Adlon como parte de sus cotidianos itinerarios turísticos).

 

 

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