Rodrigo “Roco” Flores de Camposanto dice que con frecuencia, y gracias su tocayo el escritor Rodrigo Fresán, mira los cables que van de poste a poste por toda la urbe. Es uno de los varios extrañamientos estéticos que le llaman la atención al vagar por Ciudad de México. Otro, igual de peculiar, es la agresividad que existe en la apertura y cierre de puertas del metrobús.

En estos sucesos, que para muchos pasan desapercibidos, él se inspira. Y menciona a Fresán porque uno de sus libros, Mantra, le sirvió para mirar todo con más atención. Además, de ahí sacó el nombre de su banda: El Monstruo son los Otros.

Este grupo antes era de muchos, pero ahora, aunque siguen siendo varios en función, se identifica sólo con Rodrigo; es la voz y un dictador apacible: guía todo lo que se hace en el proyecto. A veces consulta aspectos con los integrantes, pero si algo tiene decidido, no hay quién lo revierta.

Por lo anterior —y otros rasgos venideros en este texto—, Rodrigo es alguien para cuestionar: porque revaloriza y se inspira en lo cotidiano, porque asume su personalidad como herramienta y porque tiene una agrupación difícil de clasificar.

En vez de ahondar en el pasado —y decir que el grupo nació hace más de un lustro al sur de la capital de la república—, nuestro entrevistado empieza contando el futuro de El Monstruo son los Otros a partir de diversos planes. Primero: juntar a su grupo y a otras bandas en un compilado para distribuirlo vía pirata por medio de los vagoneros del metro.

“Los derechos de autor siempre hay que respetarlos, pero en mi caso sería muchísimo mejor que hubiera piratería mía rolando. Pero depende mucho de dónde estás parado; es como la discusión de Spotify: que es una mamada que te pague una centésima de centavo. En el caso de la piratería, claramente está la onda de que no te pagan a ti pero puedes llegar a gente con la que no puedes llegar de otra manera. Supongo que a Ricky Martín le afecta más, aunque creo que al final a quien menos le afecta es al artista sino a la disquera”, dice el vocalista desde una banca del Parque México, en la colonia Condesa.

Fotografías: cortesía El Monstruo son los Otros

Luego quiere hacer una canción sobre albures con Belafonte Sensacional, aunque anteriormente ya intentaron esta colaboración “pero no fluyo. Y no quiero que se entienda que estoy coleccionando estampas, sino que siempre, después de hacer estás canciones, topo más a la gente”.

La mente del vocalista es un motor de ideas, pues otro de sus designios es  “tocar en un lugar que te hiciera reflexionar sobre tu ciudad; hay un mural de Diego Rivera en un museo que no recuerdo, donde se hacen conciertos de música clásica, además está Nahui Ollin pintada. Ese es un lugar. Otro es el Polyforum Siqueiros… Tener esos murales increíbles”.

Esta triada de iniciativas venideras define perfectamente la esencia del ensamble que varios medios y seguidores asocian con jazz, funk y hip hop: parte de conceptos que al principio parecen inverosímiles, pero los trabaja, los clarifica y los vuelve reales.

“Creo que en la música hay una tolerancia a cascarear. O sea, ahorita vemos a unos compas jugando futbol y se la pasan de huevos, porque ninguno de ellos piensa: ‘Voy a ser Messi’”, cuenta el vocalista para explicar su enfoque en cuando a las ambiciones sonoras: no creerse “la última Yoli de Acapulco” y ser consciente de que priorizar lo económico secunda el gozo de crear.

Roco entendió lo anterior después de pasar por una etapa en que se sentía desesperado, porque no salía dinero de los shows y la banda no tenía el impacto que quería. Lo que el vocalista hizo para salir de esa situación fue pasar de una democracia a una dictadura, “porque al final yo era el que hacía más cosas”. Y se relajó.

“O sea, si me muero yo, El Monstruo se muere. Aprecio mucho a la gente con la que estoy trabajando, pero soy el que se mueve más para esto y se volvió mi proyecto. Porque también es distinto cuando estás en un esfuerzo conjunto a cuando estás tocando para cumplir lo que alguien más quiere hacer”.

Además, una recomendación de uno de sus mentores, Alonso Arreola, también le ayudó a dejar de lado la ambición monetaria: el libro Free Play, de Stephen Nachmanovitch, donde encontró “el valor en el concepto del juego, una forma de darle sentido a tu vida; en vez de caminar derecho, es no ir pisando sólo las líneas o no pisarlas. Ese goce que se genera de no ser pragmático”.

Porque hasta ahora ha valido la pena, pero Rodrigo sabe que al camino que ya compartió con otros talentos como Jessy Bulbo, Decibel, Ampersan y Luisa Almaguer, en foros como el Multiforo Alicia, Centro Cultural España y la Plaza de Santa Domingo, aún le queda un buen trecho.

La premisa de que la música “tiene que ser un pedo más social”, además de darle importancia al aspecto estético, llevó a El Monstruo a crear una épica ficticia: el auge y la caída de su ciudad de origen, la Nueva Tenochtitlan.

“Somos los últimos sobrevivientes de la Nueva Tenochtitlan y estamos hablando de su historia. Es una ciudad que fue destruida por un gran terremoto, pero nosotros escapamos y llegamos a esta dimensión que curiosamente es similar”, cuenta Roco.

La historia de la Nueva Tenochtitlan comenzó a relatarse en 2017, con el disco El ave de los 400 claxons y concluyó en 2019 con un cuarto EP titulado La noche de lxs 400 muertxs.

El joven fanático de la banda Primus y de la saga cinematográfica Star Wars define esta línea conceptual como “pequeños cuentos, en el sentido que no hay una unidad de tono, una unidad de género, no hay una unidad más allá de la ciudad. Musicalmente es muy variado porque afortunadamente estoy en contacto con gente muy versátil”.

Lo vital para El Monstruo es ofrecer una experiencia heterogénea. “El show es un concierto narrativo… Si te lo cuento así suena de ‘Chale, qué bajón de concierto’, pero creo que los temas son lo suficientemente interesantes para atraer a la gente. De repente terminan los conciertos y la gente es de: ‘Nunca había estado en una tocada en la que contaran una historia’. Y no es que haya encontrado el hilo negro, sólo que no es tan común”, afirma el artista.

“Hacer música es una forma de vincularme, de compartir con gente que me parece interesante, que admiro”, asevera Rodrigo.

Pero en ese enramado de conexiones, a veces sinceras, a veces banales, resultaría fácil ir perdiendo el piso. Por eso tiene como premisa “no perderme en mi ego”; su forma de aterrizarse es convivir con personas equilibradas.

“No juntarme con rockstarcillos que dicen ‘Soy una pinche verga voladora’. Cuando me topo con gente que tiene exacerbación de su chidez, trato de generar una advertencia mental de ‘aguas con eso’. Al final, creo que admiro más a la gente como Yoda, a quien ves como un muppet pero de repente es el jedi cabrón. No marearse en un ladrillo. Hay que saber lo que uno es”.

Entonces, ¿qué es Rodrigo? “Soy un güey bien testarudo, esa es una virtud que tengo. Otra es que soy un güey creativo, se me ocurren un buen de mamadas. O sea, ahorita venía en el metrobús y pensé: ‘Está letra esta chida’, entonces empecé a hacer notas de eso. También me considero una persona sensible”.

Además de sensible, dice que es un tipo pedestre, necio, taciturno y tantos otros adjetivos que lo hacen afirmar que en lo individual somos un colectivo: “Todos somos muchas personas”. Todos somos monstruos pero también somos los otros.

Y de todas las personas que Rodrigo es, la que más le gusta es la que domina a El Monstruo, porque “cuando estoy en un buen día, en un concierto, como diría mi querido Alonso Arreola: ‘Cuando estás en el escenario, estás tomando una taza de té con Dios’. En ese sentido, me da una personalidad muy particular: en el escenario soy más protagónico, porque soy un güey que tiende a no estar. Tocando es cuando me siento más dueño de mi cuerpo”.

 

Yair Hernández
Twitter: @YairHernandezC