Un dato que pocos conocen es que a pesar de ser una de las agrupaciones más antiguas de la historia del rock, The Who ha grabado en total solamente una docena de discos de estudio.

En efecto, desde 1965, cuando apareció su álbum debut The Who Sings My Generation, hasta diciembre de 2019 en que llega casi inesperadamente su más reciente trabajo discográfico, el cuarteto británico conformado hoy día por los eternos Pete Townshend y Roger Daltrey, con el apoyo de Pino Palladino en el bajo y Zak Starkey (hijo de Ringo Starr) en la batería, sólo ha producido doce discos en 54 años de existencia. Ocho de ellos, los mejores, se concentran en el periodo que va de 1965 a 1978. Luego, tras la muerte de Keith Moon, todo se fue haciendo más esporádico y al terminar el siglo XX, únicamente habían hecho dos larga duración más. Ya en la centuria actual, tan sólo tienen un par: el aceptable Endless Wire (2006) y el sorpresivo y estupendo Who, puesto en circulación apenas este 12 de diciembre.

¿Qué es lo que pueden ofrecer musicalmente Townshend y Daltrey a sus respectivos 74 y 75 años de edad? La respuesta es clara y contundente y la dan ellos mismos en los hechos y con su nueva obra: pueden ofrecer muchísimo.

En un medio musical como el actual, tan mediatizado y comercializado, en el que los avances tecnológicos permiten grabar con una enorme cantidad de trucos de estudio y encumbrar a cualquier mozalbete o mozalbeta hasta las más efímeras y artificiosas alturas, llegan estos dos tipos nacidos en Londres, dos septuagenarios rasposos y sardónicos, obsoletos para un mundo tan millennial, y nos abofetean la cara con un trabajo soberbio en todos los sentidos del término.

No, no diré que es un álbum a la altura de joyas como The Who Sell Out (1967), Tommy (1968), Quadrophenia (1973) o ese disco entre los discos, esa obra maestra absoluta y perfecta que es el Who’s Next de 1971. Pero sí está a la par de un A Quick One (1966), un The Who by Numbers (1975) o un Who Are You (1978) y por encima de platos como Face Dances (1981) o It’s Hard (1982).

Who (Interscope, 2019) es para muchos el último disco en la carrera de The Who (aunque lo mismo se dijo cuando apareció Endless Wire, hace trece años. Pero claro, si los londinenses se tardaran otra trecena de años en sacar su siguiente placa (por allá de 2032), ya serían unos venerables ancianos de 87 y 88 años. Sería difícil. Pero otro elepé en dos o tres diciembres, tampoco suena a locura (digo, están a punto de emprender una larga gira por varios países del mundo; la energía sigue ahí, aunque Pete Townshend confesó hace poco que si hay algo que odia son las giras).

“All This Music Must Fade” es el tema que abre el flamante álbum, una composición a la altura de las grandes piezas de Townshend, con una letra que es algo así como un canto a la inutilidad de la música –o de buena parte de ella al menos. Sardónico como acostumbra serlo, el guitarrista y compositor deja que Daltrey interprete el tema y lo haga suyo, como sucederá con prácticamente todos los cortes del disco.

Hay otras grandes canciones, como “I Don’t Wanna Get Wise” (no quiero volverme sabio, genial), “Detour”, “Hero Ground Zero”, “Street Song”, “Rockin in Rage” o la preciosa “I’ll Be Back” (único tema cantado por Pete Townshend y en el que una finísima armónica –¿tocada por Daltrey?– hace un contrapunto cercano al jazz-bossa nova) y hasta incursiones en la canción de protesta, caso de la desgarrada y rubicunda “Ball and Chain” (una crítica a la prisión estadounidense de Guantánamo, en Cuba). En dos tracks, el buen Pete compartió créditos con otro compositor: en “Beads on One String”, con Josh Hunsacker, y en la espléndida y de toques folks “Break the News”, con su hermano Simon Townshend.

De pronto asoman reminiscencias del Who’s Next, de Quadrophenia o del By Numbers. Porque el sonido clásico de los Who está siempre ahí, como un sello, como un estilo que ha trascendido el tiempo y resulta perfectamente reconocible. Cabe decir que tanto el bajo de Palladino como la batería de Starkey no desmerecen ante el legado inmortal de los inolvidables John Entwistle y Keith Moon.

En la edición de lujo de Who hay tres cortes extras que no desentonan con el resto del disco, sobre todo “This Gun Will Misfire” y la tierna “Danny and My Ponies” (otra vez la voz principal es la de Townshend). En el caso de “Got Nothing to Prove”, el sonido es como el de otro grupo y recuerda al que tenían en la era pre-Who, cuando eran los Detours, a principios de los años sesenta.

Aparecido cuando casi todas las listas de lo mejor del año habían sido publicadas en el mundo, Who no aparecerá en casi ninguna. Es una lástima, porque muchos lo habríamos puesto como el número uno, como el mejor disco de rock de 2019.

Sin la menor duda.