Cuando lo escuché y lo vi tocar en vivo con su banda, hace medio siglo, yo creí que el nombre del grupo era ese: Bodo Molitor. Pensé que era un nombre éxótico, algo así como Procol Harum o Lynyrd Skynyrd. Y en cierta forma así lo fue. Pero muchos años después me he venido a enterar de que en realidad ese es el nombre de quien integró ese conjunto musical que me dejó más que asombrado por la pulcritud de su rock.

Así resulta que Bodo Molitor es todo un rockero excéntrico y un excéntrico rockero. Una rareza extrema, un monstruo legítimo. Lo suyo da como resultado un buen rock perdurable. Rock mexicano y rock sin fronteras, rock contradictorio, subversivo, internacionalista. Rock de garage y punk, psicodélico y pesado, transblusero, apasionado.

Y si las etiquetas dicen algo, también es “kraut rock neandertal”, porque Bodo Molitor es alemán de nacimiento. Pero ya en tal caso, Bodo Molitor es internacional y cosmopolita, pues se supone que hoy día vive feliz y contento en El Cairo, Egipto, donde sigue haciendo muy buen rock perdurable.

Se sabe que este personaje vino a nuestro país por motivos de estudio y vivió en la ciudad de México entre 1966 y 1970. De volada formó un grupo de rock y lo llevó a Discos Orfeón Dimsa, donde graban un LP, Hits Internacionales, que permanecerá enlatado hasta 1969 y del que se editarán en definitiva muy pocos ejemplares. Aunque los del grupo se presentaron en la televisión y los tocaron en algunas estaciones de radio, pasaron literalmente desapercibidos por completo. Sin embargo, sus tocadas fueron ganando un público rockero fiel y constante, eran toda una leyenda del subterráneo rockero y jipiteca de la gran capital de México. Todo por la pasión excéntrica con que Bodo Molitor se tomó el rock, el funk, el blues y la psicodelia.

Como es de suponer, el disco, que ha sido editado en CD y se puede encontrar ahora en YouTube, no transmite toda la energía que la banda tenía en vivo. Producido por Porfirio Reyna, el conjunto de dieciséis canciones, en su mayoría covers y cuatro rolas de la autoría de Molitor, tiene un punto de apoyo excepcional en el trabajo de Jorge René González con el órgano eléctrico y de Juan García y Bodo mismo en las guitarras eléctricas; los demás participantes en estas grabaciones fueron rockeros mexicanos sólo conocidos como “El Chapala”, en el bajo, “La Gaviota”, en la batería, y “El Zorro”, en el piano. La verdad es que suenan bastante bien para ese momento de nuestro rock y las condiciones tan deficientes de la grabación. La energía de Bodo Molitor, perfectamente engranada con la buena armonía de su banda, nos comunica un rock pesado de garage, razón por la cual se ha convertido en una grabación de culto, una muestra de que el rock en México participa al cien por ciento de la rebelión rockera internacional, un estallido crítico del sueño americano, el “despertar” de que hablara John Lennon.

Todas las canciones tienen letra en lengua inglesa. Sobresalen las versiones de “Sookie Sookie”, de Steppenwolf, e “In the Midnight Hour”, de Wilson Pickett. Asombra la temeridad de interpretar “She’s a Woman” de los Beatles y la certera humildad con que interpretan “Real, Real” de Nina Simone. La voz de Molitor cubre con estilo todo lo que canta, nunca suena en falso o descuadrada, sin dejar de sonar rasposa y bluesera.   Sus propias composiciones para nada desmerecen dentro de la colección, son rock del bueno y completo; digamos que son como las de Noel Redding dentro de los discos de The Jimi Hendrix Experience o como la de George Harrison en el álbum del adiós de Cream. Hay una de sus canciones que resulta pegajosa y agradable como rock para cantar y bailar: “Try, Minnie, Try”. Quizá donde a todos los de esta efímera banda les falta algo de vitamina sea en la interpretación del blues “St. James Infirmary”. Pero demuestran su fuerza punketa en la versión que nos dan de “Hello, I Love You” de los Doors de Jim Morrison.

En fin, esta grabación excéntrica del excéntrico Bodo Molitor nos sirve para pensar y seguir pensando en lo que significa el rock como proceso sociocultural ambiguo dentro de la producción del espectáculo del dólar. Muy en especial este rock de los años sesenta y setenta del siglo pasado, ya que por el lado mercantil institucional, el efecto de ese rock operó y opera globalmente como rito de pasaje domesticador, iguala en abstracto, en la mera apariencia, mientras que por el lado subterráneo contracultural, ese mismo rock funciona para criticar esa fácil domesticación sin alma e invita a la rebeldía personal y la autonomía de la conciencia. Ser y pensar de otra manera, con menos egoísmo y menos violencia, con menos engaño dualista que todo lo quiere escindir entre la mercancía-siervo-hembra y el dinero-amo-macho. De modo que el mismo proceso del rock impone la homogeneidad bovina de la gran masa proletaria globalizada, pero también ese mismo rock rompe esa dócil homogeneidad por su forma impredecible de generar excentricidades, un punto donde este disco de Bodo Molitor efectivamente resulta más que ejemplar.