Con una triada compuesta por Brian Eno, Eduardo Galeano y Rodrigo Fresán en los epígrafes, Ya no más canciones de amor (Gato blanco, 2019) abre con un potente riff eléctrico sobre un formato tan inaudible como lo es un libro. Se divide entonces nuestra vida en dos fonéticas partes: “Infancia” y “Lozanía”, como un álbum doble, y entran bandas como Ultravox (“Marcó el pulso al que me movía cuando era joven”) que así parten a entonar “Dancing with Tears in My Eyes” apenas en la página número trece del libro.

Y ya está, a partir de aquí has quedado enganchado, como un caballo dopado, a este dispositivo (sonoro) narrativo que pide redención ante las canciones de amor.

Fotografía: cortesía de Juan Carlos Hidalgo

Que no, que es mentira: un afecto calculado nunca es digno de confianza y las canciones de amor apestan, ¿o no? Cuantas más canciones simultáneamente concurren alrededor del “amor”, tanto menor es éste. Regla general. Y es de ese modo que nos entregamos a la droga de las canciones rudas desde entonces, ¡oh drugos amigos!, y quedamos vinculados por un odio serio a todo lo cursi, sin el desorden del amor. Así, como el Doctor Jekyll, nuestros afectos crecían con el tiempo, como la hiedra, pero no implicaban la menor inclinación por el objeto.

Parece que hay algo de entrañable y natural en el hecho de vincular la música a los libros. Los dos se conforman y se enaltecen con este acercamiento. Se dice que una canción es verdadera, en el alto sentido de la palabra, cuando refleja la autenticidad de la vida y que una vida está lograda cuando por su intensidad alcanza los tonos de la música de rock. Autenticidad e intensidad son grados de la más plena realización estética y sonora. Por ello, nada es más importante que recordar ese anhelo del escritor por unir palabra y música y lo importante que esto ha sido para el lector en determinados momentos de su metahistoria.

Dentro del gusto clasicista que procura instituir un ideal de perfección o estilización de la música en cuanto a lo cursi, la palabra representa el sonido de la belleza. Para Juan Carlos Hidalgo, el sentimiento de lo estético en el rock está íntimamente ligado al sentimiento de la existencia y ambos no podrían ser estimados como distintos, sino que aparecerían como una misma forma de liquidación de la poesía verdadera en la mercadotecnia de la canción. Este límite, lejos de describir una imposibilidad de lo efectivamente sonoro, equivale a una participación en el ser único y perfecto del distribuidor y la payola. De ahí que la música no puede ser para el autor más que una expresión de esta vivencia, expresión de vida reventada por encrespadas bocinas, alcanzada por la imaginación teórica y musical. Tal era la relación fundamental de música y letra y su vínculo con el afecto.

Ya no se trata de la simple unidad de música y literatura, de amor y antipatía, sino de la relación entre la existencia y la palabra creadora, en un orden estético y sensible en el cual no queda de la antigua unidad músico-afectiva más que una cualidad de valor poético.

Es como si la totalidad de los objetivos hubiese naufragado en el mar ignoto de lo insonoro. Queda pues, como meta, averiguar cuál es esta relación entre la música y la palabra, entre el afecto y la realidad; una traza, un estar en el mundo, una situación por la que atraviesan temporalmente el escucha, el músico y el escritor como entes existentes, sin llegar a ser con todo la existencia misma, es decir, el ruido, la música, la poesía y por ende, el afecto. Por tanto, son una posibilidad del ser creativo y del ser sensitivo que se describe como una preocupación por llegar a ser leído, escuchado; de manera inequívoca se impone la interrogación sobre el sentido de la existencia y sobre el colocarse trágicamente, todos los días, al borde de la nada, en donde todo vuelve a ser palabra, en donde todo vuelve a ser literatura.