En este otoño, dos rockeros canadienses que gozan (o padecen, según quiera verse) del incómodo estatus de legendarios, lanzaron un par de  obras emblemáticas de sus respectivas trayectorias. Robbie Robertson (Toronto, 1943) publicó Sinematic a mediados de septiembre (Universal Music, 2019), mientras que Neil Young (Toronto, 1945) lo hizo a finales de octubre con Colorado (Reprise Records, 2019). La coincidencia generacional y natal de ambos músicos quizás explica las trayectorias de sus historias paralelas, pero hay otros elementos que los unen y los separan. Robertson fundó y dirigió hasta su disolución The Band, uno de los grupos míticos del género que se atrevió a mezclar el rock, el rag, el rockabilly, el folk y el blues, creando un sonido único que inmediatamente atrajo la atención de músicos como Bob Dylan, Eric Clapton, Van Morrison y el propio Neil Young. The Last Waltz (1978), un “rockumental” filmado por un entonces poco conocido Martin Scorsese, se convirtió en un documento fílmico paradigmático para el género, al retratar a fondo el concierto de despedida de The Band y la historia del quinteto. Young, por su parte, quien compartió los mismos aires, aguas y bosques de la provincia de Ontario que Robertson, se concentró en mezclar la música folk, el blues y el rock como el núcleo duro de su obra, iniciando su carrera a finales de los años sesenta con Buffalo Springfield, para luego participar fugazmente en Crosby, Stills, Nash y Young y después mudar hacia una banda de apoyo que le acompañaría intermitentemente a lo largo de los años ochenta,  noventa y las dos primeras décadas del siglo XXI: Crazy Horse.

Sinematic expresa el sentido profundo y sosegado que Robertson ha impreso sistemáticamente a su trayectoria. Luego de sólo cinco discos anteriores publicados como solista entre 1987 y 2011 –entre los cuales destacan Storyville, de 1991, y How to Become Clairvoyant, de 2011–, el ex líder, compositor, guitarrista y vocalista principal de The Band comenzó a trabajar desde el año pasado en torno a una nueva grabación que dibujara en papel carbón el mapa del territorio simbólico –es decir, sentimental y artístico– que define su vida a los 76 años de edad. El resultado son trece canciones centradas en la cadencia del rhytm’n & blues y el blues contemporáneo, gobernadas por la melancolía, el tono triste de las dudas, sombras y decepciones que coexisten con las luces brillantes de los afectos cotidianos, las postales de almas deambulando en calles solitarias o los paseos largos de soledades compartidas. “I Hear You Paint Houses” (que canta a dúo con Van Morrison y que forma parte de la banda sonora de la más reciente obra cinematográfica del mencionado Scorsese: The Irishman), “Once Were Brothers” (un recuerdo sobre sus compañeros de la época de The Band), “Let Love Reign” o “Shanghai Blues” son composiciones que revelan las contradictorias emociones de incertidumbre y certeza que habitan el corazón secreto del reloj creativo del Robertson contemporáneo. Las pinturas al óleo que ilustran el disco son obras del propio Robertson, una serie de cuadros que acompañan cada una de las canciones que desfilan sin pausas pero sin prisas por Sinematic.

Colorado, por su parte, es el disco número 44 en la larga y prolífica producción musical de Young. Antecedido por The Visitor (2017), la nueva grabación del autor contrasta con el clásico Harvest de 1972, los oscuros Zuma o Tonights the Night de 1975, el deslumbrante Ragged Glory de 1990 o el sorprendente Psychedelic Pill de 2012. Las diez canciones contenidas en Colorado continúan con la veta maximalista ecologista/ambientalista que fluye como fuente de inspiración de Young desde hace varios años, pero que hace algunos giros (afortunados) con la veta mundana, costumbrista, que recuerda los buenos momentos de la creatividad del músico canadiense. A sus 74 años, quien grabara su primer disco en solitario en el lejano 1969 nos muestra las huellas intactas de su talento en los largos riffs de guitarra de “She Showed Me Love”, en las líneas tristes de “Help Me Lose My Mind”, los destellos de la esperanza de “Milky Way” (“Vía Láctea”, no la golosina que tal vez el lector se imagine), “Eternity” o “Rainbow of Colors”.

Sinematic y Colorado son obras que tienen múltiples puntos de contacto, más allá de la pertenencia generacional o de la coincidencia del lugar de nacimiento de sus autores, dos cuestiones que suelen ser determinadas por la mano impredecible del azar.    Elaboradas desde el combustible de la experiencia vital y el talento creativo, los discos se unen por una difusa sensación de nostalgia del presente, a través de la hechura de representaciones sonoras de un tiempo confuso, contradictorio, violento, dominado frecuentemente por la perplejidad y el asombro, las dudas y las decepciones.   Robertson y Young son dos intérpretes de realidades contemporáneas, minimalistas, cotidianas, que se niegan a contemplar el mundo desde la comodidad de una mecedora en las salas de sus casas. Son músicos que hacen lo único que saben y que han hecho durante más de medio siglo: componer canciones acompañadas por guitarras, teclados, bajos, violines, baterías, armónicas, coros. Seguramente han aprendido con los años que el ruido y los silencios, las voces y los ecos, la soledad y la compañía, la conversación y las lecturas son buenos acompañantes para tratar de comprender tiempos difíciles.

Pero las obras señaladas añaden un par de impresiones que acaso resulten pertinentes para quienes las escuchen. Una, el cuidado por continuar con la cultura casi artesanal de los discos-objeto en los tiempos dominados inevitable y al parecer irreversiblemente por las plataformas virtuales de Spotify, Instagram o YouTube. Es una señal que honra la tradición de músicos que crecieron tocando, apreciando y disfrutando físicamente los discos. La otra impresión es la capacidad de este par de músicos de adaptarse, en sus propios códigos y bajo sus propias reglas, a un tiempo que, otra vez, parece desvanecerse rápidamente, como lo anotó Young en uno de sus discos emblemáticos de los años setenta (Time Fades Away).   Ambas percepciones configuran la atmósfera que tal vez permita apreciar de mejor modo la composición de Sinematic y Colorado, en un mundo de luces y sombras en donde hoy como ayer flota la incómoda sensación de que todo lo sólido se desvanece en el aire.